Hospital Isabel Zendal

Hospital Isabel Zendal
Juan Laguna
Promotor y fundador de Tiempo Liberal con actividad política desde la Transición. Funcionario jubilado. Empresario. Productor y dramaturgo. Conservador de Bienes Culturales.

La importante iniciativa de la Comunidad de Madrid de dedicar un hospital especializado a la lucha contra el SARS CoV-2 (alias “Covid 19”), llega tarde en este mundo complejo competencial de la Sanidad Pública Española, donde nunca se sabe quienes son responsables reales de cada situación y todo se ha ido conociendo a través de un “mascarón de proa” de nombre Fernando Simón, cuyas excentricidades comunicativas más que su dignidad profesional, han ido mostrando los muchos agujeros del sistema. Eso sí, con el respaldo supuesto de quien es ministro del tema sin tener noción alguna del mismo. Paradojas de nuestra “España diferente”.

Pero nunca es tarde si el resultado final es el adecuado y el sentido común aconsejaba la absoluta necesidad de disponer cuanto antes de un centro dedicado íntegramente (en sus aspectos asistenciales y de investigación directa del problema) al virus de origen desconocido todavía a estas alturas, lo que, como es lógico, repercutiría en varias cuestiones positivas.

La primera de ellas es la recuperación normal de la asistencia sanitaria en la Comunidad de Madrid (debería ser en todo el Estado si éste existiese de verdad), permitiendo la atención al resto de patologías no infecciosas en el resto del sistema público sanitario. Hasta este momento, la existencia de posibles infecciones del SARS Cov-2 se han mezclado en el espacio y en el tiempo en todo el sistema, impidiendo la concentración necesaria del trabajo en los profesionales e impidiendo la atención normal a otras patologías (lo de las consultas telefónicas en atención primaria es un sarcasmo).

En segundo lugar se trataría de evitar el pánico, terror o miedo que, tanto en el mundo de los profesionales sanitarios, como en el mundo del entorno social de los pacientes, el simple alias del “Covid 19” producía. El impacto psicológico en todas las personas del mundo de la Sanidad, tiene sus razones en el absoluto desconocimiento que -al parecer- existía sobre el virus, cuando llevamos miles de años en un ecosistema natural vírico del que, a estas alturas, deberíamos tener los suficientes datos para las alertas, prevención a tiempo y tratamiento. Una sociedad aterrorizada deja de ser una sociedad y se resiente por ello. La seguridad (que no absoluta garantía) de que el SARS CoV-2 queda aislado del resto del sistema sanitario, puede ayudar a devolver la calma y la confianza a pacientes y profesionales.

En tercer lugar (y no por ello menos importante), la existencia de un centro de verdad especializado en este tema, permite reunir en el mismo, tanto a los verdaderos especialistas y expertos, como todo un amplio espectro de investigadores relacionados con la gestión de alertas sanitarias y su prevención (algo en que el dirigido por el Dr. Simón, ha demostrado su fracaso absoluto).  

En cuarto lugar (y esto también es positivo) debe servir para auscultar al propio sistema sanitario y su funcionamiento, tal como está concebido actualmente. La salud es la ausencia de enfermedad y el sistema sanitario la forma de control y tratamiento de cualquier patología. Esto implica de entrada conocer la realidad de los orígenes de tales enfermedades, qué elementos de la vida cotidiana las producen o las agravan y qué circunstancias ayudan al sistema inmunológico a afrontar los problemas. “No hay enfermedades, sino enfermos” (dice un conocido axioma profesional), lo que nos llevaría a la necesaria individualización de la atención sanitaria en sus niveles más básicos. La atención primaria no sólo debe resolverse en centros de consulta por profesionales cualificados, sino que en su mayor parte, debería quedar resuelta con la visita domiciliaria a los pacientes en su fase más elemental, realizada como una práctica obligatoria para los nuevos licenciados acompañados de auxiliares con experiencia. Esto serviría para descongestionar las consultas de atención a patologías más complejas en los centros hospitalarios, pero al mismo tiempo serviría para conocer en profundidad y en directo todas aquellas circunstancias familiares, medioambientales o personales de cada enfermo, lo que es un principio básico de la Medicina. Todo lo contrario a un sistema cuantitativo de consultas con tiempo tasado.

La dedicación profesional a la salud o a la sanidad es algo que requiere no la existencia de muchos “titulados”, sino de verdaderas vocaciones de servicio a los demás donde -como se demuestra en situaciones excepcionales- el que es de verdad un profesional no tiene en cuenta los protocolos, los trámites burocráticos, los convenios o las jornadas de trabajo, sino su responsabilidad en la vida de las personas que confían en su preparación sólida, su experiencia y su humanidad (no hace falta ir a Hipócrates).

Esto nos lleva a reflexionar sobre los enfermos. Cuando una persona ha vivido sin tener que afrontar más allá de una pequeña indisposición, la aparición de una patología cualquiera desconocida sirve para que, en alguna forma, su mundo anterior se desplome y precise la ayuda de su entorno familiar próximo. En sociedades donde éste entorno es cada vez más pequeño o inexistente, la ausencia de personas cercanas mientras se lucha con la enfermedad, puede ser un elemento que contribuya a agravarla psicológicamente. La somatización de emociones hace necesario que éstas sean positivas y el simple hecho de sentirse acompañado física y moralmente en esos momentos de total incertidumbre, junto a la atención sanitaria apropiada, son elementos decisivos para ayudar a la superación de cualquier enfermedad. Bienvenido sea el nuevo Hospital Isabel Zenda en la Comunidad de Madrid y ojalá cunda el ejemplo en el resto de España a pesar de las inevitables protestas políticas que el mundo sindical (absolutamente inoperante en la defensa de los trabajadores), está produciendo. Cuando la vida de las personas está en juego, resulta poco prudente (por no añadir otro calificativo), provocar problemas sin otro carácter que el meramente político. Bien está que el mundo profesional se sienta cómodo en sus funciones respectivas y en las retribuciones que percibe de la sociedad, pero hay otros espacios y foros para plantear estas cuestiones: el Parlamento de la Nación y sus presupuestos.

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