El sueño de Toledo

El sueño de Toledo
Miguel Manrique
Periodista y escritor.

Es cuando la célebre frase… sin palabras se queda, a su vez, sin palabras. También los adjetivos magnífico, grandioso, espectacular, precioso… Un despliegue de más de 200 artistas entre jinetes y otros actores, músicos y bailarines, encarnan a más de 2.000 personajes, para representar una parte de la historia de España; desde el rey visigodo Recaredo, hasta la Modernidad con el ferrocarril y una sana pincelada sobre la Guerra Civil.

Para ello, la empresa francesa Puy de Fou (algo así como La Colina del Loco, en la lengua de Voltaire) construyó, en un desértico paraje de la provincia de Toledo, un conjunto de edificios que representan a todos los estilos arquitectónicos de la Ciudad Imperial. Nada de cartón-piedra; sólo esto último, de lo mucho que hay en los alrededores. Así, desde el amurallado con la que dotara el también visigodo rey Wamba; pasando por el románico y la comunión de éste con lo musulmán para crear el mudéjar; el gótico, lo renacentista y barroco, etc., aplastan espectacularmente al espectador. Porque te sientes maravillosamente invadido de grandiosidad artística, aprovechando las 5 hectáreas de escenario y los 3.900 m2 de decorado.

El Sueño de Toledo cumple a la perfección la misión que tiene el arte en la vida de los seres humanos: emocionar, ilusionar, impresionar, enamorar. Nada más. El arte no tiene porque erigirse en enseñanzas de tipo histórico, como sería el caso de esta producción; tampoco servir para solucionar los problemas sociales, como desgraciadamente sucede con el teatro de nuestros días; ni, muchísimo menos, convertirse en arma para el adoctrinamiento político, como el cine español de estas últimas décadas. La historia —toda la historia de la humanidad— se ha hecho a base de sangre, guerras, invasiones, colonizaciones, saqueos, genocidios, violaciones, rapiñas; lo que no está reñido para que, desde el arte, se presente de una forma amable.

A través de 70 minutos, un azacán (aguador, en árabe hispánico) le cuenta 1.500 años de la historia de España a una lavandera llamada María. Los cuales van siendo recreados ¡mágicamente! Porque parece cosa de sortilegio, que salgan del Tajo el palacio de cristal del rey Al-Mamún o la carabela Niña con la que regresó Cristóbal Colón; río artificial, un estanque que lo simula perfectamente. Al fondo, la ciudad se incendia cundo lo es por un ejército enemigo o se viste de gala para recibir a un gran dignatario o se convierte, toda ella, en un teatro para representar música y bailes medievales, renacentistas, barrocos, zarzueleros y hasta una pincelada belle epoque, procedente del país de la empresa.

A propósito de lo francés, Puy de Fou hace un poco lo que haría si fuera española, tratando la conquista de América: los malos son los propios. Es decir, cuando Napoleón invade España a principios del XIX, el país es una especie de Arcadia Feliz, mancillada por el ogro extranjero. No sé si la empresa se ha contagiado (sólo en este caso) del falso progresismo español para tratar su historia o ha querido huir del chauvinismo, con el que generalmente se moteja a los franceses. En fin…

Lo impresionante, emocionante, ilusionante y enamorador de lo dramático, musical y coreográfico, viene sevido a través de 28 videoproyectores Full HD (alta definición) y 800 proyectores y surtidores de agua, para que brillen en todo su esplendor los 1.700 trajes de todas la épocas. Lo que sirvió en la noche del 17 de julio de homenaje a los sanitarios que atienden a los enfermos de la maldita pandemia que nos azota. La empresa toma las medidas de seguridad reglamentarias, con mascarillas propias para cada espectador, dispensadores de gel hidroalcóholico  tan de moda, para que los 4.000 espectadores del aforo estén seguros. No sé cuántos éramos ese viernes, pero sí que la totalidad del recinto no se llenó; imagino que como medida de seguridad. El espectáculo estará en cartel hasta últimos de octubre.

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