El arte “perverso”

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El arte
Juan Laguna
Colaborador de Fundación Emprendedores.

Se atribuye al icono del “pop” Andy Warhol la frase: “Arte es todo aquello que los artistas decimos que es arte”. Y se quedó tan tranquilo. Arte, es pues todo lo que unos supuestos artistas deciden que es arte, sin importarles ser parciales y ególatras en dicha actitud. Pero el Sr. Warhol se equivocaba, quien decide lo que es arte, es un conjunto de “entendidos” o “connaisseurs” que ejercen el oficio de orientadores sociales para decidir qué es arte y que no lo es. Después el “mercado” se ocupará de ratificar tales opiniones con sus precios, las instituciones públicas se adaptarán a ello y, finalmente, los artistas serán consagrados sea cual sea la calidad de su producción.

James Gardner, crítico de arte de la “National Review” tiene un magnífico libro que titula “¿Cultura o basura?” refiriéndose al proceloso mundo del arte actual, destacando como esa alianza de expertos, críticos, galeristas, marchantes, museos, comisarios, fundaciones y coleccionistas que forman ese conjunto llamado “mundo del arte”, deciden en virtud de sus intereses, gustos o simples opiniones personales, lo que debe pasar a la historia del Arte y lo que debe ser rechazado.

Por su parte, Anthony Haden-Guest, también crítico de arte de publicaciones como “The New Yorker”, “Vanity Fair” o “The Times”, se refiere en su libro “Al natural. La verdadera historia del mudo del arte”, a esa conjunción y confusión de arte y dinero, talento y fama que, las modas artísticas o los medios de comunicación, van imponiendo en cada momento, viniendo a coincidir con lo que el escritor Tom Wolfe, en su libro “La palabra pintada” denuncia sobre la prevalencia de la opinión de los supuestos “gurúes” artísticos como Greenberg, Rosenberg o Steinberg, en el desarrollo de modas artísticas contemporáneas, donde era más importante en el mundo del arte la existencia de una “teoría convincente” (la palabra) que la propia obra de arte “con el fin de aunar en nosotros el conocimiento de las obras aisladas y la comprensión de sus valores inmanentes” (según Hilton Kramer, director de la sección de Arte del “Times”). Una palabrería muy del gusto de quien no entiende, pero que resulta “epatante”.

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Con esos mimbres se ha ido construyendo la historia del arte contemporáneo, donde es “arte” todo aquello que queda ungido por los dogmas y opiniones de unos cuantos, por las ferias, bienales e inauguraciones bien engrasadas con el dinero público en forma directa o indirecta; donde el público, la sociedad normal, queda automáticamente excluida, a menos que se hayan adoctrinado antes convenientemente con las palabras de los que sí saben, sí conocen.

Todo tipo de manifestaciones y aberraciones artísticas han tenido cabida en ese mundo del arte que, en teoría, está representando las tendencias, gustos y modas de cada momento. El “progreso”, como una gigantesca máquina que lo arrasa todo, se lleva por delante lo anterior y lo menosprecia (a menos que las cifras del mercado lo santifiquen). Un movimiento sigue al anterior y cada creador pretende ser original y provocar revuelo en cuanto a su trabajo. Unos lo hacen volcando escombros en una sala de cualquier “bienal”, otros con la agresión más o menos gratuita a iconos o imágenes religiosas, otros con la instalación “artística” de un urinario en la galería que se preste a ello, otros con la agresión física de su propio cuerpo, otros con la “apropiación” del paisaje, otros con sus excrementos enlatados y vendidos como joyas artísticas, otros con la exhibición obscena de actos y perversiones sexuales, otros con el sacrificio, mutilación o tortura de animales, otros aprovechando para quitarse del estudio o de su casa todo aquello que debía ir al reciclaje o a la basura… Todo es “arte” porque así nos lo dicen y porque está mal visto no reconocerlo como tal. La mentira, el engaño, la estafa y la “mitología artística” se perpetúa, se mantiene pretendiendo que aporta “frescura” (y mucha a veces) al caduco arte anterior.

Estos días son noticia unas controvertidas “obras de arte” de la exposición “Art and China after 1989. Theater of the World” en el Guggenheim de Bilbao, que han vuelto a provocar polémica y rechazo en sectores sociales. En Nueva York tuvieron que ser retiradas, pero en Bilbao se han expuesto con el consiguiente revuelo. Un revuelo que también viene bien (no lo olvidemos) como reclamo para la visita a la exposición. Una exposición que quizás no se produciría si como ocurre, China no se hubiera convertido en una potencia económica y que cuestiona de nuevo las razones de apoyar (o no) lo que se supone es “arte” de acuerdo con los criterios de los comisarios de la misma (un “terrario” con animales vivos es sólo eso: una manipulación de la Naturaleza).

Anoche, otro tipo de manifestación artístico-musical como el concurso de Eurovisión, venía a demostrar la “trastienda” de cualquier actividad cultural, manipulada y organizada siempre por intereses ajenos al arte o a la música. Intereses que se tratan de enmascarar, pero que empiezan por la “nominación” previa de quien se llevará el concurso. Más o menos lo que ocurre cuando la convocatoria de un cargo en las AA.PP. ya tiene nombre. Más o menos lo que ocurre en el mundo del deporte donde se promocionan clubs, personajes y deportistas y donde tampoco ganan siempre los mejores.

Todo ello no tendría importancia si, por muy “rebeldes” que se proclamen los artistas, estuvieran solamente a expensas de su aceptación social (traducida en venta directa al público de sus obras) en lugar de ir mamando de las ubres de los presupuestos públicos (adquisición de obras, organización de exposiciones y bienales, subvenciones, etc.) o de los privados, como en el caso de fundaciones y coleccionistas que dedican parte de sus fondos al “arte”, en unas formas muy parecidas a las institucionales y que, por cierto, también tienen repercusión en la Hacienda Pública en forma de exenciones fiscales.

El arte “perverso” —o lo que algunos tratan de presentar como tal— es simple mercado de arte y, por ello, tiene puesta la vista no en el mensaje artístico (que encaje en lo correcto del momento), no en la forma o técnica de expresión, menos aún en la calidad de las obras, sino en los dígitos que pueden alcanzar los precios en el mundo especulativo de los intereses de cada uno. Del artista por mucha pertenencia a los “Young British Artist” de la década de los noventa o de estos otros pretendidos “provocadores” más recientes; de quienes los promocionan y les prestan ayuda institucional (nunca con dinero propio); de quienes viven de tratar de “explicar” lo inexplicable en textos crípticos que pretenden ser “críticos”; de quienes mueven servicios relacionados con exposiciones, transportes, seguros, etc. Todo ello es legítimo y así se lo puede reconocer. Lo que no lo es tanto, es el intento de manipular la inteligencia de las personas con la promoción de lo que, por mucho que diga el mundo del arte, simplemente no es arte.


FOTO: GUGGENHEIM BILBAO | “Theater of the World”, obra de Huang Yong Ping

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