
Los riesgos de intentar “adaptar” textos dramáticos o novelas al mundo de la cinematografía o, lo que es peor, al mundo de la televisión, es que pocas veces pueden responder al contexto de una dramaturgia sincera (la del autor) o al sentido escénico de la representación teatral.
Una muestra de ello es la película realizada con el mismo título que, en el año 1986, llevó a la pantalla el director José Luis García Sánchez, contando con la interpretación magistral de dos damas del teatro: Amparo Rivelles y Amparo Soler Leal, en los respectivos papeles de las hermanas Laura y Ana, encargadas de llevar a cabo el reparto de los bienes y la casa familiar.
La obra tuvo siempre la magia de la conexión a través de la cuarta pared de la escena con el público en el mundo del teatro, lo que hizo que se representara en diferentes espacios escénicos, como -a título de ejemplo- el teatro Principal de Valencia (1985), con Amparo Rivelles y Lola Cardona o en el teatro Tabaris de Buenos Ares con Charo López y Thelma Biral (1988) o, en un alarde de modernidad, la representación de la misma con dos intérpretes masculinos: Ramón Langa y Andoni Ferreño en el teatro Muñoz Seca madrileño (2014) con un rotundo fracaso artístico. Una equivocación que comentamos al final de la representación.
Por mi parte tuve el placer de montarla y dirigirla en varias ocasiones con diversas intérpretes femeninas, tomando conciencia de su gran importancia en la sociedad y el mundo de nuestros días que da vida al argumento: el reparto de los bienes familiares en el momento de acordar el mismo, que Junyent lleva al encuentro de las hermanas que, después de largos años sin contacto, se ven obligadas a “deshacer la casa” familiar.
A lo largo del mismo, los recuerdos se amontonan y forman junto con los dos personajes principales (Ana y Laura) una atmósfera cerrada y asfixiante, donde fluyen desde el tercer personaje (el padre), permanente en escena a través de un retrato (en la película una escultura), para ir poco a poco descubriendo cómo la felicidad no está en la vida de Ana, rebelde pero cobarde si se trata de perder a su marido, ni en la de su hermana Laura, tradicional y adaptable al desprecio del suyo.
Desde la escena a oscuras con que comienza el drama a la llegada de Ana y el encuentro con su hermana Laura, hay un ambiente opresivo, tenso (y a veces divertido) que se adueña de la secuencia dramática y lleva al público al enfrentamiento de las situaciones escénicas como propias, removiendo viejos o nuevos sentimientos, hasta ese final en que ambas asumen el papel asignado por sus respectivas parejas. El interés por el dinero de la pareja “progre” y el intento de reparto amañado del marido de Laura.
Pues bien, he tenido ocasión de ver la versión cinematográfica y comprobar el mucho daño que se puede hacer a una obra maestra del teatro, al intentar una “genialidad” que resulta un engendro en sus aspectos generales, salvado sólo por la interpretación magnífica de las protagonistas, que se ve interrumpida en su hilo conductor con una secuela de escenas y acciones totalmente ajenas al texto y al contexto dramático, donde buenos actores quedan obligados a hacer cosas ridículas, forzadas e impostadas que, probablemente, les avergonzaría en su momento y que pervierten la obra original.
Desde la primera secuencia hasta la última, la película está llena de despropósitos (quizás por la necesidad de su manipulación ideológica o de alardes de supuesta genialidad), que sólo salvan los primeros planos expresivos y brillantes de las intérpretes, en el que sobran el resto del “relleno” secuencial y los personajes integrados en el mismo, donde se cruzan imágenes que pretenden ser profanas en relación con Semana Santa o cuestiones sexuales sacadas de la manga, que rompen la magia interpretativa y dramática de la obra teatral.
La modernidad parece consistir en la destrucción de lo importante, por quienes son incapaces de crear por sí mismos algo semejante. Sólo hace falta comprobar las carteleras teatrales, los guiones cinematográficos, los de televisión o las composiciones musicales, para darse cuenta de la enorme carencia de talento real y de escaso respeto en el mundo institucional al patrimonio escénico-histórico en el que lo importante parece ser hacer algo diferentes e iconoclasta cuando, en realidad, hay una copia de mediocridad en casi todos los casos.













