¿Dónde están los límites?

¿Dónde están los límites?
Juan Laguna
Promotor y fundador de Tiempo Liberal con actividad política desde la Transición. Funcionario jubilado. Empresario. Productor y dramaturgo. Conservador de Bienes Culturales.
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En nuestro supuestamente beatífico y paradisíaco “estado de bienestar” se están colando demasiados asuntos que son verdaderos cañonazos en su línea de flotación. Las “crisis” van sucediéndose una tras otra, sin que tengamos tiempo ni capacidad para controlar sus des devastadores efectos. Al contrario, parece que las entendemos como una señal de “modernidad” (falsa desde luego).

La mayor parte de ellas están producidas (bien accidentalmente, bien expresamente), por agentes que escapan a nuestro control. Se diría que, cuantas más medidas reguladoras del mismo, más ocasiones se presentan para las crisis. De nada sirven textos legislativos de cientos de artículos, cuando la mayor parte de ellos están como el queso de “Gruyére” o cuando han sido inspirados o promovidos por quienes se pretende controlar.

Un caso paradigmático está resultando la crisis sanitaria del SARS CoV-2 (hay que recordar que -al parecer- hubo un SARS CoV-1 en el año 2003, de origen natural y actividad restringida y un resultado de 8.000 muertes en total) donde, tras las fuertes críticas a quienes creyeron que se trataba de una manipulación genética realizada artificialmente (lo que ha sido desmentido por la propia OMS), ahora parece que empieza a considerarse como posible.

El primero que ha lanzado un requerimiento a los servicios de inteligencia de EE.UU. para que en un plazo perentorio averigüen todo lo ocurrido, ha sido el actual presidente Biden, si bien tales servicios de inteligencia junto a los de otros países como Canadá, Gran Bretaña, Nueva Zelanda y Australia, cuando era Trump presidente, ya advirtieron y señalaron algo al respecto.

Recientemente un trabajo de Josh Boswell para el periódico británico “Daily Mail”, daba a conocer un estudio del oncólogo Angus Dalgleish y el virólogo noruego Birger Sorensen para la revista “Quarterly Review of Biophysics Discovery” en el que se determina el origen del virus por manipulación en laboratorio, en una investigación conocida como “ganancia de función” que consiste en alterar virus naturales para hacerlos más infecciosos y estudiar su efecto en los seres humanos.

Un poco antes el Sr. Gates patrocinaba experimentos sobre la Naturaleza para crear nubes artificiales o carne sintética a los que ya me he referido en artículos anteriores.

Todo esto me lleva a la pregunta del título: ¿dónde están los límites? o también ¿quién debe imponerlos?

El mundo de la investigación científica parece sagrado y todo parece poder hacerse en aras del conocimiento y la Ciencia. Otra cuestión es cuando se están atravesando líneas rojas de extrema gravedad por las consecuencias para los seres humanos, dándose incluso la paradoja que por intentar ayudar a salvar la Humanidad o el Planeta (como pretenden algunos), acaben por destruir de forma grave e irreversible culturas, historia y civilizaciones o provoquen un daño mayor en la Naturaleza. Otra cosa cuestionable es cuando las supuestas investigaciones sólo están encubriendo una forma de vida particular sin ningún interés colectivo. Que de todo hay.

Lo ocurrido en Wuhan tiene como es lógico un hilo conductor que nos lleva a quienes idean el proyecto, quienes lo encargan, quienes lo financian y con qué objetivos, bajo qué condiciones de seguridad y seguimiento se realiza y, en su caso -como ocurre siempre- quienes son los directamente beneficiados. En fin, una investigación seria y rigurosa que debía asumirse tanto por los servicios de Seguridad como de Inteligencia de todo el mundo y que debería llevar ante los tribunales a los responsables de sus resultados.

Pero también es un aviso a quienes pretendan alterar sustancialmente el equilibrio natural del Planeta, de sus habitantes y de cualquiera de sus elementos. No se puede poner en peligro o riesgo las vidas de quienes confían precisamente en la Ciencia para dar respuesta a problemas reales, en lugar de crear problemas artificiales. Menos aún subvencionar con dineros públicos experimentos para beneficio privado, provocando una complicidad manifiesta en los resultados. La Ciencia -no lo olvidemos- está al servicio de la Humanidad y deja de serlo cuando se pervierte tal relación.

“Los experimentos, con gaseosa…” dijo en su momento alguien. Es verdad. Hay que poner límites y control real, porque nos va el futuro y la vida de generaciones en ello. Veremos lo que le cuentan a Biden.

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