Carne sintética

Carne sintética
Juan Laguna
Promotor y fundador de Tiempo Liberal con actividad política desde la Transición. Funcionario jubilado. Empresario. Productor y dramaturgo. Conservador de Bienes Culturales.
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“En nuestros días, el predador más implacable debe presentarse como un filántropo”

J.K.Galbraith: “La era de la incertidumbre”

Hace unos días salta la noticia a los medios de comunicación. Un titular decía: Bill Gates exige a las naciones ricas que coman carne sintética y apuesta por forzar su consumo”. Como aclaración se dice que “es un gran inversor de empresas de carne artificial y afirma que presionará a los gobiernos para que regulen el mercado”.

Los multimillonarios tienden a aburrirse y cuando deciden hacer algo suele salir alguna “ocurrencia” de este tipo, ya que aunque estén rodeados de científicos, estos tienden a aplaudir los disparates de quien les da de comer. Es el precio de la servidumbre actual de la Ciencia.

Desde luego no vamos a criticar el derecho legítimo de cualquier ciudadano (y el Sr. Gates es uno más) a expresar lo que le parezca oportuno ¡faltaría más! De la misma forma tampoco vamos a hacerlo en el derecho de cualquier ciudadano a criticar las expresiones u opiniones de otro (y el Sr. Gates es uno más). Lo que sí es criticable desde todos los puntos de vista es que se alardee públicamente de poder “exigir a las naciones ricas” a través de “presionar a sus gobiernos” para defender sus intereses económicos particulares (habría que saber qué entiende por “naciones ricas” cuando casi todas las supuestas están endeudadas hasta las cejas). Eso es cosa de “freekes”.

Algo de eso debe haber ocurrido cuando la noticia siguiente es que nuestro gobierno, a través del Ministerio de Investigación, ha donado o subvencionado al Sr. Gates (inversor en empresas de este tipo) 3,4 millones de euros para investigar en este sentido donde aparece -como es lógico- un objetivo de beneficio a la Humanidad amenazada por el mantra de la “lucha contra el cambio climático” (sobre lo que no voy a abundar ya que lo he hecho en estas mismas páginas).

No es la primera vez que el Sr. Gates (cuya fortuna es incalculable) se aprovecha de las supuestas “izquierdas” para sacar tajada de los gobiernos a los que “presiona”. El pasado año, con el justificante de la investigación de la Fundación Gates sobre vacunas para el SARS CoV-2 (no olvidar que -al parecer- hubo un SARS CoV-1 ya en el año 2003), el Estado Español sin consultar a la soberanía nacional, en plena crisis de necesidad para sus ciudadanos, entregó a dicha fundación (según la propia Sra. Gates) 125 millones de euros. Eso sí, mientras tanto nuestros propios laboratorios como el Centro de Biotecnología del CSIC, decían carecer de presupuesto para investigación sobre el mismo tema.

Y es que, como ya decía el economista John Kennet Galbraith “la corporación moderna ejerce también poder en y por medio del gobierno” ya que “existe entre ellos una relación simbiótica fundada en el poder compartido y la recompensa compartida”. Es decir, el poder económico entra en connivencia con el poder político (o simplemente lo promueve) para conseguir objetivos cuya necesidad real es muy cuestionable.

Tampoco la elaboración de carne “artificial” o sintética es una señal de “progreso” científico que precise de ayudas a la investigación, ya que el propio Sr. Gates suponemos que conoce (los gobiernos -al parecer- no), la historia de James Ballantyne Glow, que allá por el año 1871 (finales del XIX, para quienes crean que no existe más que el siglo actual),abrió una carnicería en el South Side de la ciudad, dedicándose a “curar jamones y hacer morcillas” hasta conseguir un próspero negocio de conservas cárnicas. A finales de siglo el apellido del audaz emprendedor estaba entre los más grandes del sector.

Parece que, entre los industriales de la carne -según se decía en Chicago- “se utilizaban todas las partes del cerdo, menos los chillidos”. En el caso de Glow lo hizo aún mejor: “se emplearon ingredientes que nada tenían que ver con el cerdo”. Sus morcillas “Glow” fueron conocidas como “lombrices Glow” y durante la guerra con España, se decía que “cayeron más soldados americanos por efecto del buey embalsamado que por las balas españolas”. El descubrimiento de productos vegetales baratos convenientemente disfrazados, elaborados y sazonados “podía venderse como carne o morcillas en conserva”. Como vemos nada nuevo bajo el sol del supuesto “progreso” (como suele suceder), sino un hábil aprovechamiento de la ignorancia y de la infracultura que durante muchos años viene imperando.

El señor Glow encontró su propia fórmula: “aceites vegetales, harina de avena, harina de maiz, aceite de semillas de algodón, salvado de trigo y -al parecer- serrín de madera”. Con ella se produjeron alimentos para el desayuno (“Corn Husk” y “Flaked Barley” ) junto a comida para perros, adhesivos, drogas y laxantes. Más tarde la diversificación empresarial y corporativa haría crecer la compañía y ya en la 2ª Guerra Mundial el ejército de EE.UU. se alimentaba de raciones de “Glow Food and Beverage”. Desde entonces hasta la actualidad se ha convertido en una de las mayores corporaciones, tras pasar por diferentes cambios en la dirección y en el nombre, figurando entre las mayores industrias de EE.UU.

Pero habíamos dicho que el interés filantrópico se justificaba por la salvación del planeta. Parece ser que las especies animales producen (o mejor dicho producimos) gases nocivos a través del aire que expulsamos: dióxido de carbono (CO2) por la nariz a consecuencia de nuestra respiración y metano (CH4) por la digestión en el mundo animal (flatulencias). Y ahí parecen encajar las propuestas de “carne sintética”: suprimir en primer lugar la ganadería origen de dicho metano y de la carne que comemos, logrando al mismo tiempo que nuestras digestiones exhalen agua de rosas. En todo caso parece que hay 220 veces más cantidad de CO2 (que facilita la función clorofílica de las plantas y aumenta la masa vegetal) que de CH4 en la atmósfera.

No se dice nada del resto del mundo animal o de las especies existentes a lo largo y ancho del planeta que, como es natural, expulsan los mismos gases tóxicos y que, según la teoría aducida, habría que sacrificar en su totalidad para dejar una atmósfera limpia e impoluta (bueno, salvo la actividad volcánica, los vientos que arrastran residuos contaminantes o simple polvo y otras cosas sin importancia como la meteorología, los huracanes, ciclones, etc.). Posiblemente haya otra “ocurrencia” para controlar a las fuerzas de la Naturaleza y al sistema planetario en que vivimos (por ahora). Entre ellas parece estar la de crear nubes artificiales para evitar las radiaciones solares. Luego nos sorprenderá una simple nevada.

Todo ello no hace sino constatar la realidad de la filantropía interesada (una especie de sistema de inversiones que revertirán rentabilidades muy superiores a lo invertido). . ¡Con lo fácil que es dedicar el dinero a causas que no tengan el retruécano financiero de la rentablidad personal! Sentirse como Dios es una cosa, serlo de verdad es más difícil. Y el señor Gates no es más que un ciudadano del planeta por muchas ocurrencias que tenga.

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