Vox y el síntoma oculto

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Vox y el síntoma oculto
José Luis Heras Celemín
José Luis Heras Celemín es autor del libro “El Caso Bankia y algo más… o menos” y Director de Comunicación de la Fundación Emprendedores.

Vox es noticia. Con 12 escaños en las elecciones andaluzas, Vox ha saltado a la primera línea de la actualidad política. Voto repartido. Pérdida de supremacía socialista. Y, con los diputados de Vox, posibilidad de alternancia en el Palacio de San Telmo. Ésa es la noticia. Pero, con ella, ha aparecido un síntoma que estaba difuminado, casi oculto, y convivía entre nosotros: Miedo.

Aunque es momento de interpretar resultados y analizar el cambio en la política andaluza que va a influir en la política nacional, en los movimientos internos de los partidos políticos y en el resultado de las elecciones próximas, no parece desacertado prescindir de ello para centrarse en un síntoma: Miedo a Vox. El temor de algunos representantes políticos que, con poca confianza en el sistema, muestran su escasa capacidad y las dificultades que tienen para convivir y participar en democracia.

Apareció, entre la niebla de una verbosidad a la estamos acostumbrados, con una definición: Extrema derecha. Desde que empezó la campaña electoral andaluza, incluso antes, se procuró que Vox fuera tenido por derecha extrema. Durante la campaña, todos lo trataron así; y la propia formación pareció sentirse cómoda con ello. Algunos creyeron encontrar un comodín útil para verter críticas y depositar inquinas. No se dieron cuenta, Vox sí, que con ello marcaban unas diferencias que beneficiaban a quien estaba dispuesto a servir de punching ball de forma gratuita con tal de que le hicieran propaganda útil. Con esto, lo que querían situar en la extrema derecha se convirtió en un ente capaz de aunar las críticas de todos. Sí, pero también en la voz que, dejándose enfrentar, emergía entre ellos para lanzar un mensaje propio y sin complejos, capaz de atraer a los descontentos con la realidad y con los que la han propiciado a lo largo de los años. De esta forma, los normalmente usados como temas electorales (sanidad, educación, trabajo…) y los problemas del momento (Organización Territorial del Estado, Corrupción, ineficacia de la Administración…) se convirtieron en un flujo benefactor en el que convergían los mensajes de Vox con los ataques que recibía convertidos en favorables por un efecto boomerang.

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Por si lo de extrema derecha fuera poco, a continuación, los mismos que habían usado las descalificaciones siguieron interpretando, malinterpretando, todo lo que salía de Vox con tergiversaciones groseras que están recogidas en la hemeroteca de estos días. Como se ha visto, ese embrollo ha producido lo que hoy está obligando a cambiar titulares cuando se analizan los pactos para investir a Moreno Bonilla como presidente de Andalucía. Pero, por lo que se ve, ese cambio de titulares no ha ido acompañado del cambio de postura de los que pretenden aislar a Vox. Con ello, lo que aparece es, además del miedo irracional a una formación política, la capacidad, posible incapacidad, de los que temen convivir en democracia con quienes tienen ideas distintas y no aceptan la imposición de maneras que no comparten. Porque son conocidos, no es necesario precisar.

Llegados a este punto, no es estéril recordar que la base del sistema en que se asienta nuestro Estado de Derecho es la democracia participativa de todos. No es necesario, ni acaso conveniente, que todos pensemos igual y que aceptemos como buenas sólo unas ideas, conocidas o no. En democracia no caben las exclusiones por miedo o no coincidencia de convicciones. La única exclusión que puede impedir a un grupo político participar en la vida pública es su no aceptación del pacto social que regulan nuestras leyes. Mientras una formación política cumpla la Ley, nadie tiene facultad para dictar exclusiones. Si se hiciera, el miedo no es excusa, no cabe.

La aparición de Vox y los rechazos que genera deben servir para tener en cuenta, y valorar, que en democracia los representantes políticos, además de defender sus ideas, deben amparar el derecho de todos a participar en la acción política. Proceder de otra manera no excluye al adversario, sólo excluye al que, confundiendo su capacidad y obligación, pretende dictar la exclusión.

Ya hubo alguna alerta cuando hace años se temió que la participación de Podemos en la vida pública pudiera alterar el Estado de Derecho. Se les achacó la condición de extrema izquierda e indignados peligrosos y, viendo sus modos en manifestaciones callejeras, surgió el miedo. Pero no la cobardía de exclusiones no demócratas. Hoy, como entonces, el miedo no puede ser disculpa para nadie, ni motivo de dictados propios de dictaduras.

Por eso, descubierto el síntoma oculto que aparece con la irrupción de Vox, conviene llamar las cosas por su nombre y hacer dos apartados dentro del sistema: Los demócratas que conviven con todos. Y los que tienen miedo y buscan dictaduras y exclusiones.

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