Utopía / Distopía vs. Democracia

Utopía / Distopía vs. Democracia
Jesús de Dios Rodríguez
Fundador del Club de Debate ALETHEIA. Actualmente jubilado. Empresario Import-Expot Sector Servicios. Titulado en Desarrollo y Dirección de Empresas en el IESE (Universidad de Navarra). Titulado en Dirección de Marketing en ESADE. Participó activamente en Política en los años 1986 a 1992. Perteneció al CDS, siendo presidente de la Ejecutiva de Majadahonda.
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Vivimos encandilados por la novedad. A algunos esto nos indigna sobremanera ya que la velocidad de lo que viene no nos deja asimilar, madurar y mejorar lo que ya tenemos. La carrera de acontecimientos que se producen diariamente nos supera y nos desborda, no nos deja tiempo para asumirlos, para madurarlos, para reaccionar. Analicé hace algún tiempo una palabra de nuevo cuño “Distopía”, el estado de cosas en el que vivimos cuando ya no prevemos un futuro mejor sino todo lo contrario, peor. Es la representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana, lo contrario a la Utopía como concepto esperanzador que, aunque se conjuga en futuro se nos ha quedado viejo. 

No quiero ser agorero ni pesimista si digo que tengo la sensación de que los límites entre distopía y sociedad actual se han difuminado hasta hacerse imperceptibles (Según la RAE. distopía es una «utopía negativa», donde la realidad transcurre en términos antitéticos a los de una sociedad ideal, representando una sociedad hipotética indeseable. proviene del lat. mod. dystopia, y este del gr. δυσ- dys- ‘dis 2‘ y utopía ‘utopía’.) De ahí que la distopía advierta sobre los peligros potenciales de las ideologías, prácticas y conductas sobre los cuales se erigen nuestras sociedades actuales: el socialismo, el capitalismo, el control estatal, el consumismo, la dependencia tecnológica, las trasnacionales, etc. 

Estamos inmersos en una nueva etapa de grandes cambios, acompañados como es natural por la irritación de las contradicciones que conllevan la ruptura de antiguas certezas provocando con ello nuevos periodos de inestabilidad e incertidumbre. Estas contradicciones se manifiestan evidentemente en las cada vez mayores desigualdades que esconde y produce el actual sistema político-económico dominante, así como en las repercusiones que conlleva el choque de conceptos e ideas. 

En pocas décadas hemos pasado de una Utopía política fantasiosa a una Distopía política cargada de negros nubarrones, Este tipo de distopía nos lleva a reflexionar sobre ¿Hacia dónde vamos como sociedad? ¿Qué valores estamos transmitiendo a futuras generaciones? Es obligado valorar los peligros de llevar al extremo ideologías políticas, de establecer dogmas en la sociedad. En la mayoría de las ocasiones, la literatura distópica política pone de manifiesto totalitarismo, la pérdida de identidad del individuo y de reglas sociales como herramienta de opresión. Todas esas cuestiones se pueden ver reflejadas en una distopía. 

Más seguridad contra libertad individual. Seguridad publica contra derecho a la privacidad. Tecnología contra privacidad. Derecho al buen nombre contra libertad de expresión. Critica deliberada de expresión contra verdad pública. Interés del colectivismo contra individualismo. Justificación y ejecución autoritaria contra cautela democrática. Hermetismo y opacidad descarada contra rendición de cuentas. Radicalización de la mayoría contra las minorías y el interés general de todos. Globalización contra nacionalismo. Liberalismo contra estatismo. Conservadurismo contra estado de bienestar. 

El poder omnímodo de las grandes corporaciones, el desarrollo e influencia de la tecnología en el control de nuestra existencia, el abandono del pensamiento individual en favor de una colectividad cada vez más deshumanizada e irreflexiva. Desde y a través de la política ha ido trasformando y convirtiendo a los partidos políticos, más en escuelas de negocios, de formación y lanzadera en la gestión de oportunidades para ejecutivos y empresarios, y provocando a una clase política ampararse bajo el paraguas de un sistema democrático como el actual, que les permite eludir y justificar en la mayoría de los casos sus responsabilidades como representantes y gestores de la acción pública para la que fueron elegidos y de la que deben dar cuenta. 

Este estado de control y dominio ejercido por poder economicista ha dado lugar y ha provocado la irrupción de populismos radicales y reaccionarios de variados signos y tendencias, alentando en ciertas esferas de la intelectualidad la idea de que la democracia, como sistema de organización más cercano a la utopía, ya no sirve. Izquierdas y derechas son términos en desuso, obsoletos, productos fuera de temporada, utilizados tendenciosamente en busca de la confrontación alentando viejas rencillas que ya estaban prácticamente superadas, han conseguido que el termino Democracia sea una palabra de segunda mano a pesar de su corto recorrido para nuestra sociedad, que aún no había desentrañado su contenido. 

Recordando tiempos pasados, a las anteriores monarquías ya se les había tomado el pulso, se les había cogido el tranquillo. En plena crisis europea de mediados del siglo XVII, siendo esta aun mayor para España como consecuencia de la corrupción y la inoperancia de los gobernantes, Quevedo, nuestro insigne y más destacado escritor de la literatura española en el denominado e histórico siglo de oro dirigió un memorial al Rey Felipe IV (con el que, por cierto, no se llevaba nada bien) del que extraemos unos párrafos, memorial que, en nuestros días, la sociedad actual es incapaz de trasladar a nuestros dirigentes democráticos gobernantes. 

A cien reyes juntos nunca ha tributado,
España la suma que a vuestro reinado,
Y el pueblo doliente llega a recelar,
No le echen gabelas sobre el respirar

Ya un siglo antes Tomás Moro refleja en su obra “Utopía” con ocasión de un encuentro entre Pedro Egidio amigo muy destacado de él y Rafael Hytlodeo un hombre apasionado por conocer mundos lejanos y que a través de su experiencia se expresaba en los siguientes términos: 

«Cuando uno vive solo en el lujo y los placeres mientras a su alrededor todo son lamentos y gemidos, está cuidando una cárcel y no un reino. Quien no sabe mejorar la manera de vivir de sus súbditos sino privándolos de todas las comodidades de la existencia, carece del derecho de gobernar hombres libres»

La actualidad nos refleja la realidad de los cambios que está sufriendo la sociedad dentro de un estado democrático, no puede haber gobierno democrático sin trasparencia ni rendición de cuentas, así como tampoco puede haber democracia sin respeto a la privacidad. Hay que ser conscientes y evaluar valientemente el peligro que está representando el poder cercenado de los gobiernos nacionales por el poder unimodal del estado globalista y la oligarquía tecnológica para la democracia y la libertad. El capital volcado en la tecnología ha intervenido los mercados a través de generar una gran dependencia de la misma a través de las “ventajas” que ofrece por su aplicación en todos los sectores y facilitando con ello su recorrido. Han condicionado sobremanera a la sociedad al uso de todo tipo de dispositivos electrónicos haciendo imprescindible su utilización en el día a día profesional y privado, ello ha tenido como consecuencia la pérdida de privacidad y libertad en evitación de quedarse fuera de juego en los beneficios tecnológicos que los condiciona.

Hemos caído en la trampa de aceptar un plan de medidas y acciones, quizás inconscientemente, con el fin de prevenir y ganar en seguridad evitando riesgos potenciales como: el terrorismo, el crimen organizado, rivales estratégicos, la delincuencia, etc. Un plan bien estructurado de mentalización y educación, que de forma real o como justificación para sus fines, nos han ido condicionando y mermando en nuestra libertad y en nuestro derecho a la privacidad, valiéndose cada día más de la perversa utilización de la tecnología y las redes. Nos están espiando, estamos siendo estudiados, vigilados y dirigidos a través de la utilización y uso de los dispositivos móviles, de toda clase de aparatos electrónicos como televisiones, PCs, altavoces inteligentes. La instalación de cámaras de videovigilancia en centros y vías públicas con reconocimiento facial que controlan todos nuestros movimientos, registros de navegación y todo lo que sume a conocer las actividades, aficiones y gustos tanto de cargos públicos como de ciudadanos en general. De igual manera hacen una utilización fraudulenta con toda la información obtenida y almacenada, con la que especulan y trafican alegremente para sus campañas de marketing. 

Hasta aquí nos han llevado, o quizás, nos hemos dejado llevar alegremente, hoy esa utopía se ha convertido en una real distopía, los gobiernos elegidos democráticamente se alejan de los principios básicos del sistema, abandonan a sus valedores negándoles descaradamente la rendición de cuentas que se les exige como pilar de legitimidad y representación ciudadana. Desde el momento de su elección se convierten en gobernantes cínicos y antidemocráticos y pasan a ser tolerantes y sumisos servidores del autoritarismo globalista más exacerbado.

1 Comentario

  1. “Los gobiernos elegidos democráticamente….” Siento discrepar de esa visión del autor. En todo caso, sería más acertado decir “los gobiernos elegidos por los partidos y sus intereses…”.
    Si ser radical consiste en ir a la raíz de los problemas, en este caso nos encontramos con una especie de sombras chinescas o juegos de prestidigitación institucional muy ajenos a una verdadera democracia: la soberanía efectiva del pueblo sobre sus candidatos.
    La Constitución ya lo decide así en contradicción con ella misma y la democracia es interpretada por el poder a su conveniencia.
    Un saludo.

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