La conquista de la Nueva España (1)

La conquista de la Nueva España (1)
Abel Cádiz
ABEL CÁDIZ RUIZ es el presidente de la Fundación Emprendedores y autor de "La historia del poder". En el pasado asumió un compromiso con la transición política, al lado de Adolfo Suárez. Fue miembro del Consejo Nacional de la UCD y Presidente en Madrid. Tras ser diputado por la Comunidad de Madrid abandonó la política para dedicarse profesionalmente a la docencia y a la actividad empresarial.
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Se han cumplido en este mes de agosto los 500 años de la entrada de Hernán Cortés en la capital del imperio azteca y el presidente de Méjico, López Obrador, exige que España pida perdón por la conquista. Incluso ha dedicado furiosos improperios al historiador Marcelo Agullo por afirmar éste que Cortés liberó a los que vivían oprimidos por los aztecas con su brutal canibalismo. Agullo responde a Lopez Obrador sugiriéndole que tenga el coraje de exigir que Joe Biden pida perdón a México por hechos históricos más recientes, como arrebatar cerca de dos millones y medio de kilómetros cuadrados al pueblo mejicano, que es la superficie de Texas, California, Nuevo México, Nevada, Utah, Colorado y Arizona. 

Dicho lo cual es una torpeza que el actual mandatario mexicano no sepa reconocer el genio de Cortés que es, en definitiva, el fundador de lo que fue La Nueva España y es hoy la gran nación mejicana. Conviene recordar algunos acontecimientos que son parte del relato pormenorizado que sobre aquella epopeya incluí en www.lahistoriadelpoder.com. En realidad, la conquista de Tenochtitlan el 13 de agosto de 1521, tras cruenta y larga batalla, hicieron decir al premio nobel mejicano Octavio Paz, refiriéndose a Hernán Cortés: aunque sea difícil amarlo, es imposible no admirarlo.

Situemos la escena un año antes (octubre de 1520), según la segunda carta de Cortés al emperador Carlos sobre lo que acaeció en Cholula, donde quiso ser detenido en su ruta hacia la capital. Cortés escribirá cómo se apercibió de que las calles estaban tomadas y la gente a punto para combatir. Cómo hizo llamar a los señores de la ciudad para hablar, cómo al verse en peligro hizo soltar un arcabuzazo y los españoles atacaron: «Y les dimos tal mano que murieron más de tres mil». Al recibir la noticia, Moctezuma queda sobrecogido. Su zozobra nace de una leyenda azteca que incluye una premonición: aquel teul no podía ser sino Quetzalcoatl, la Serpiente Emplumada, el dios expulsado a Oriente que prometió regresar. Moctezuma decide enviar una embajada cargada de presentes: ropas, bellos adornos y sobre todo oro. Y dirán a Cortés que la trampa de Cholula le era totalmente ajena. Pero lo más importante es que está dispuesto a recibirlos. Se inicia la marcha con poco más de cuatrocientos españoles, según recordará Bernal Díaz del Castillo al escribir en su vejez lo que había presenciado. Solo han transcurrido ocho meses desde que partieron de la Habana. En Veracruz quedaron algo más de un centenar y en los incontables combates durante el largo recorrido han caído cerca de cincuenta. Por suerte, ninguno en batalla ante los ojos del enemigo, sino luego por las heridas. Por tanto, a los ojos aztecas siguen siendo teules invencibles. 

El 8 de noviembre de 1519, «gracias a nuestro Señor Jesucristo por todo» según escribió Bernal Díaz, entran por la gran calzada rodeados del agua de la laguna en la que se asienta la ciudad maravillosa a la que compara con Sevilla y Granada. Están deslumbrados. Moctezuma aparece como la representación del poder absoluto y los españoles presencian un ritual desconocido: es conducido en litera rodeado por doscientos nobles que no pueden mirarlo de frente. Se extiende una alfombra mientras muchos sirvientes barren delante para que el polvo no llegue a sus pies. Cortés hace el gesto de acercarse a abrazarle, pero advierten a Marina que no puede hacerlo. Es Moctezuma quien se acerca a él y le pone un collar con camarones de oro ante la sorpresa de su séquito. Después se organiza la estancia de los españoles, todo en un clima de pacífica bienvenida, alojados en un gran edificio palaciego e invitados a un gran banquete que celebra el encuentro entre el emperador y el teule, pues en palabras de Moctezuma «mandad a vuestra voluntad, porque será obedecido y hecho». Sigue pesando en su ánimo que está ante el retorno del dios representado como la Serpiente Emplumada.

Será Cortés quien pretenda hacerle ver, muy tempranamente, que el Dios único y verdadero es el que murió en la cruz por la humanidad. Y le alecciona diciendo que debe darse cuenta de que los ídolos que tienen son demonios. Moctezuma muestra enfado ante las palabras de su huésped. Se dirige a él llamándole señor de la Malinche y ella traduce sus palabras: No te mostraría a mis dioses si no los tuviéramos por buenos; nos dan salud, agua y sementeras, así como victorias. Tenemos de hacerles sacrificios. Os ruego que no se diga palabra en su deshonor. Entretanto, los españoles pululan por la ciudad, admiran sus templos y cuentan más de cien mil calaveras en altares y atriles. Bernal Díaz anota que hay ciento catorce escalones hasta el adoratorio del templo mayor, «tan bañado y negro de costras de sangre que todo hedía malamente, como en los mataderos de Castilla». 

No tardará en aflorar la desconfianza. El poder del Imperio mexica impresiona a los españoles. Empiezan a considerar que están encerrados en una dulce trampa y que bastaría la orden de Moctezuma para que murieran sin remisión. Además, les ha llegado noticias inquietantes de Veracruz. Hasta ese momento no se ha producido lucha. La guerra que va a iniciarse hasta culminar con la segunda entrada en la capital tendrá una motivación religiosa. Hernán Cortes se ausenta para ir a Veracruz con la mitad de su gente porque su rival, el gobernador de Cuba ha enviado más soldados para prenderle. Entretanto los aztecas van a celebrar las fiestas de su principal deidad; es una festividad sagrada, consiste en danzas guiadas por sacerdotes bajo el estruendo de los tambores. El primer bailarín será sacrificado en el templo ante los nobles aztecas. El bailarín lo sabe y lo asume. Quien no lo asume es Alvarado, el hombre al que Cortés ha dejado al mando del centenar escaso de españoles que custodian a Moctezuma. Será su reacción, ante el inminente sacrificio humano el que dará lugar a la guerra que lleve a la conquista en agosto de 1521.

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