Requiem por Afganistán

Carlos Miranda
Carlos Alonso Miranda y Elío, V conde de Casa Miranda, es un diplomático español Licenciado en Derecho, que fue Embajador de España en el Reino Unido desde julio de 2004 hasta 2008 y Embajador Representante Permanente de España en el Consejo de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) desde julio de 2008 hasta su cese en febrero del 2012.
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La victoria talibán regocija a los antiamericanos y a los que se alegran de los desastres ajenos, incluso de amigos o protectores. La envidia siempre motiva. Beneficiará, dicen, a Rusia, China y Pakistán. Será, también, para ellos, fuente de preocupación, pues un Afganistán talibán puede ser foco de exportación terrorista, de envíos internacionales de opio y de inquietud para quienes tengan comunidades musulmanas reticentes.

Los talibanes dominan las zonas paquistaníes fronterizas con Afganistán, las llamadas FATAS, territorios autónomos que apenas controla Islamabad. Los vencedores traerán quebraderos de cabeza incluso a quienes solo se conforman con ver derrotados a los EEUU y a sus aliados entre los que se encuentra España.

Desde Londres han abundado las críticas a la salida americana. Los británicos, con el mayor número de bajas aliadas, exceptuados los americanos, se involucraron fuertemente en el empeño de luchar allí contra el terrorismo y en modernizar la sociedad afgana, pero sus primos ya decían que no se podían quedar eternamente en el país centroasiático y que Kabul debía enfrentarse a su propia realidad, confiando en que con las ayudas y asesoramientos aportados podrían enfrentarse a la situación.

La madre patria británica no resiste a veces la tentación de decirle a su hijo como debiera de actuar. ¡Ay, las madres! Asimismo, tras el Brexit, la importancia de la relación especial entre Londres y Washington ha menguado: la realidad lleva, desde la capital americana, a más Berlín y Paris y menos Londres. ¡Ay, los celos!

Sin embargo, es momento para cerrar filas entre los occidentales y, asimismo, reflexionar sobre la noción del “nation building”, tan cara a los anglosajones. Modernizar con bayonetas no funciona y menos cuando la propia sociedad local vive en otro tempo histórico.

Los problemas de seguridad han de ser enfrentados, pero hay que ser prudentes a la hora de pretender cambiar sociedades, dándoles la vuelta como a un calcetín. Sus partidarios dirán que en Irak no está funcionando tan mal. Es posible, pero es una sociedad que con las dictaduras pasadas del partido Baaz ya saboreó un enfoque laico de la vida.

Los peores parados son los afganos entre los que se impone un sectarismo religioso que anula sus libertades, incluidas las de las mujeres. Muy duro cuando han probado la miel y han de volver a la hiel. Se preocupan, ahora, por ellos aquellos que, antes, condenaban a los que intentaron llevar la libertad a ese país y mejorar la suerte de sus habitantes. ¿Qué harán por los que resistirán a los talibanes en valles perdidos y que no hay que olvidar?

Entre los innumerables exámenes de conciencia debidos, está el de averiguar por qué un ejército de 300.00 hombres equipados y entrenados no luchó contra los talibanes. ¿Cobardía? ¿Corrupción? ¿Múltiples pactos locales para evitar confrontaciones fratricidas? Elíjase la solución preferida, así como considerar que talibanes y militares afganos conocían la voluntad occidental de no eternizarse y, anunciada específicamente la salida americana, los militares tiraron al suelo la metralleta ante el avance talibán. Como dice Biden: falta de ganas de pelear por lo suyo. ¿Por qué habríamos, otros, de enviar más de los nuestros a morir? Quien quiera tirar una piedra que se vaya, primero, a buscarla a Afganistán.

Esta fracasada salida americana en la que todo lo peor se ha materializado, con el corolario de evacuaciones precipitadas, dejando, probablemente, gente atrás, corre el riesgo de empañar gravemente la Presidencia de Biden como ocurrió con la del también demócrata Cárter al colapsar en 1980 en arenas desérticas un intento de rescatar los miembros secuestrados de la Embajada americana en Teherán. La mayoría de la ciudadanía americana quería salir de Afganistán, pero no así. Veremos si de aquí a las elecciones “midterm” en noviembre de 2022, logran Biden y los demócratas rehacerse.

Los occidentales han fracasado en el intento de occidentalizar Afganistán, pero no debieran culpabilizarse por ello. Deben sacarse las conclusiones oportunas y pensar cómo enfrentarse a un Afganistán que vuelva a ser santuario del terrorismo, pero sobran amenazas huecas como las de Stoltemberg, Secretario General de la OTAN. Lo esencial es que ese país no sea un santuario terrorista (ni exporte drogas). ¿Estarán dispuestos a ello los talibanes? 

Exteriores y Defensa se encargan de la evacuación de nuestros compatriotas y de los afganos comprometidos con España.

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