Un pan como unas…

Antonio Imízcoz
Periodista.

Como tras cada convocatoria electoral, del tipo que sea, la jornada de reflexión no es la previa, porque todo el mundo tiene ya decidido su voto, sino la siguiente. Hemos escuchado, así, desde todas partes, sesudos análisis de los resultados, posturas de los partidos concurrentes y las opiniones de la gente en las redes sociales, según les haya ido la feria.

Una lectura meramente basada en los resultados permitiría afirmar que, sí, Illa ha ganado, pero obtiene prácticamente los mismos votos que Iceta en el 2017; solo que al bajar la participación en nada menos que un 25,6%, casi duplica los escaños obtenidos cuatro años atrás. Y eso con votos constitucionalistas que anteriormente estaban en Ciudadanos. Pero si basas, como hizo Arrimadas, tu campaña en comprometer el apoyo a otro partido, el ciudadano tiende a dirigir su voto al original, y no a la imitación, por más que no pudiera haber un candidato con peores antecedentes que los del exministro de Sanidad, con cien mil muertos, mentiras, ignorancia y sectarismo a sus espaldas.

El PP y Cs, de tener 4 y 36 respectivamente y más de un millón de votos en conjunto hace cuatro años, han perdido, por esa misma participación, fundamentalmente, pero también por su muy mala cabeza en una campaña desnortada y errónea, a perder 4/5 partes de los votos obtenidos en las elecciones anteriores y quedarse con 3 y 6 representantes en la cámara autonómica.

Vox ha recogido el voto del cabreo de los catalanes -de los que se molestaron en ir a votar, al menos- hartos de los independentistas, del Gobierno socialcomunista que les baila el agua y de la flojera política del centro-derecha.

Los separatistas, que hoy hinchan el pecho por contar con algo más del 50% de los sufragios y la posibilidad de formar un gobierno adecuado para seguir hundiendo Cataluña, olvidan adecuadamente que ese resultado no representa, por la abstención, ni el 26% del censo catalán.

Sí, vale, ¿y qué? A efectos de España, de convivencia, de recuperación social y económica de Cataluña, nos hemos hecho, nos han hecho los votantes catalanes, los que votaron y los que se abstuvieron, un pan como unas hostias. Aún hay quien defendía en algún foro que “había ganado la abstención”. Y, miren, no: la abstención no gana nada; beneficia a quienes, al contrario de los que la practican, consiguen movilizarse. Y no me vale el argumento de la pandemia, porque ir a votar era, en Cataluña, más seguro, a efectos de contagio, que subirse en un autobús urbano o en el metro.

A fin de cuentas, tal parece que el único que ha ganado aquí ha sido Pedro Sánchez, el felón, que para eso se empeñó en mantener la fecha de las elecciones cuándo a él más le interesaba, que ha pasteleado la situación penitenciaria de los golpistas a mayor beneficio de Ezquerra Republicana, para que, sosteniendo un presumible gobierno de la Generalitat con su apoyo directo o su abstención más la de la marca de Podemos en la zona, garantizarse el de los independentistas para seguir en la Moncloa.

Comentaba un amigo catalán, en redes sociales, sus sentimientos tras la jornada: “indignación, tristeza, decepción, frustración, cansancio y sin ganas de nada”. A mí me pasa lo mismo.

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