Tolstoi y los que nos gobiernan

Juan Laguna
Promotor y fundador de Tiempo Liberal con actividad política desde la Transición. Funcionario jubilado. Empresario. Productor y dramaturgo. Conservador de Bienes Culturales.

«Para que alguien sea feliz, lo que importa es que recobre la salud, la dignidad moral y, sobre todo, la libertad»

Tolstoi

El escritor ruso Lev Nikoláievich Tolstói, autor de obras emblemáticas de la literatura universal como “Guerra y paz”, “Resurrección” o “Anna Karenina” es también autor de un pequeño pero importante ensayo, con el título original de “Rabstvo nasego vremeni”, que en español se ha traducido como: “Contra aquellos que nos gobiernan”. En él se analizan la clase política de su tiempo y sus abusos, la clase financiera y sus expolios y los intelectuales y economistas que, en complicidad, perpetúan la explotación y la desigualdad. El texto escrito en el año 1900 es absolutamente vigente en nuestros días. Es tanto una crítica del capitalismo como del marxismo “reformista” a los que culpa de mantener en una esclavitud y servidumbre difusas, pero igualmente opresivas a la sociedad.

El ensayo parte de la conversación con un trabajador del ferrocarril Moscú-Kazan cuyos braceros estaban obligados a trabajar treinta y seis horas seguidas, sin descanso, pesando mercancías en la báscula por una cifra de rublos irrisoria con la que malvivían. Al mismo tiempo cuenta el trabajo de tres mil mujeres en unas sederías situadas frente a su casa, en un trabajo rutinario, mal pagado y que las obliga a renunciar a la familia o de otros trabajadores que por necesidades absolutas, se mantienen en precarias situaciones laborales durante toda su vida para ir a morir en un asilo finalmente.

Esta situación nacía de la aceptación resignada de una supuesta “voluntad divina” y de las teorías económicas que imponían el amontonar capitales para algunos a base del trabajo vitalicio de los demás para aumentar esas fortunas, lo que finalmente provocó la primera revolución rusa de 1905 en que el pueblo, (incluyendo motines militares) se rebeló no sólo contra el gobierno del zar Nicolás II, sino también contra las condiciones de vida en el campo, en las fábricas y en las familias, que culminaría en 1917 con el derrocamiento del zar y la instauración de una república socialista con el resultado que conocemos.

Antes de eso, Tolstoi diferenciaba entre el trabajo libre del campesino y el sometido a rutina de los obreros industriales a los que consideraba esclavos a pesar de su mejor retribución, pero sometidos a espacios insalubres. ¿Qué piden los socialistas? Que se reconozca a los trabajadores la propiedad de los medios de producción” preguntaba y se respondía el escritor, pero añadía a continuación: “…pero en sus nociones confusas de lo que ocurrirá, suponen que ellos continuarán representando un papel preponderante sirviendo a la comunidad como dirigentes, pensadores y artistas. No nos dicen quien querrá encargarse de las tareas más penosas…”. Es decir, se sustituye la vieja nobleza imperial con sus dirigentes, pensadores y artistas, por otra diferente que va a gozar o apropiarse de los mismos privilegios, mientras que el pueblo seguirá trabajando a su servicio “por espíritu de solidaridad” en las tareas más degradantes: “¿Cómo se repartirán entre los hombres las diversas funciones? Es evidente que todos preferirán la vida del pensador o del artista o del dirigente a la de fogonero o minero.” Algo que se demostraría cierto tras la revolución rusa.

Tolstoi añade: “Esta es una hipótesis tan terrible como aquella otra presentada por los teólogos: un paraíso en el que los trabajadores tendrían su premio después de la muerte… sin embargo, los hombres inteligentes e instruidos de nuestros días, dan el mismo crédito a las promesas de los socialistas que al paraíso de los teólogos” ya que, finalmente, serán resueltas de la misma manera: “unos mandarán y otros obedecerán”. Termina diciendo. “Creo haber demostrado suficientemente que los socialistas nos hacen promesas contradictorias, cuando aseguran que tras socializar los medios de producción todos los hombres serán libres…sólo proponen reformas insuficientes que, en cualquier caso, no amenacen las comodidades de su propio y lujoso régimen de vida.”

¿En qué consistiría la esclavitud moderna? Según el autor del libro: “No se inutiliza un instrumento de servidumbre, hasta que hay otro preparado. Uno u otro, o ambos a la vez, reducen al pueblo a una obediencia pasiva, que implica la existencia de una organización que somete a los hombres al capricho de un número reducido de ellos…creándoles nuevas necesidades a los trabajadores que, de esta forma, continuarán vendiendo su libertad ya que adquieren el mismo gusto por el despilfarro y el lujo.” La esclavitud moderna se contesta Tolstoi es el resultado de unas leyes humanas como aquellas que deciden los impuestos, aunque nadie “haya podido decidir de manera específica, sobre el uso que el Estado hará de los mismos. La historia nos dice que, en ningún país del mundo, los impuestos se crearon con el consentimiento de sus habitantes. En todas partes los gobiernos exprimen al pueblo, le toman cuanto pueden sin medir nunca sus exigencias por las necesidades de la sociedad ya que, el voto del parlamento nunca puede tomarse como expresión efectiva de la voluntad del pueblo y, las sumas que así amasan, las derrochan en empresas cuyos intereses responden a la clase a que pertenecen los propios gobernantes.”

Todo esto y bastante más decía Tolstoi ya en el año 1900. La complicidad entre el capitalismo bastardo y el socialismo/marxismo burgués, para mantener a los ciudadanos en el lugar que convenga en cada caso. Al final, unos mandan (el capital salvaje) y los demás obedecen (los socialistas). Nada nuevo en la “nueva normalidad” pretendida. Sólo humo y prestidigitación.

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