Televisión: premios y castigos

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— P U B L I C I D A D —

Cuando en el mes de junio pasado se anunciaba la asignación de nuevos canales de TV por parte del Gobierno, entre las cadenas privadas empezó a cundir la sospecha de que tal cuestión pudiera servir para el reparto de premios para los adictos y castigos para los “culpables” de la mala imagen del ejecutivo y de su resultado en las urnas.

Las cadenas “Atresmedia” (Antena 3) y “Mediaset” (Tele 5) por una parte se han distinguido por la programación de debates de carácter político a través de “Cuatro” y “La Sexta” respectivamente, donde se cuestionaban temas como la corrupción o la crisis que salpican a la clase política y económica, dando además entrada a las opiniones de los partidos emergentes cuyo éxito se ha atribuido a dicha programación. Olvida el mundo político en cambio la brutal propaganda que reciben los ciudadanos desde los canales oficiales (estatales y autonómicos e incluso locales), donde se confunden los intereses públicos con los partidarios, aparte de los grupos adictos privados que conforman una clara mayoría de información y opinión favorable al gobierno o contraria a “los otros”.

El mundo de la TV está considerado como el de mayor influencia en una sociedad acrítica, adoctrinada y anestesiada por la pequeña pantalla que, tal como ha ocurrido con ordenadores o móviles, se han convertido en auténticos iconos o nuevas divinidades instaladas no sólo en el corazón de cada hogar, sino en el comportamiento habitual de las personas. Una industria de simple entretenimiento extiende sus tentáculos para la utilización de mensajes subliminales y sutiles a través de programas, series, espacios deportivos y desde luego publicidad, que beben continuamente de la diarrea de producciones americanas de todo tipo (deben estar baratísimas o subvencionadas) donde se nos instruye y alecciona sobre los modelos de vida artificiosos y banales de sus ciudadanos. Desde el Disney de adolescentes a los documentales sobre las “familias animales” pasando por las series donde queda claro que el sistema es sagrado, los sufridos telespectadores no tienen más remedio que acabar por creer que una familia es un conjunto de seres descerebrados y sobreactuados que “no dan palo al agua” sino que pasan de la TV al sillón y viceversa hablando de trivialidades, y que el mundo policial o judicial puede saltarse a la torera todos los obstáculos legales, físicos y éticos, con tal de que el miedo se instale en los posibles rebeldes. ¡Qué diferencia con las producciones de la vieja Europa y su temática social, tan olvidadas por todas las cadenas!

El adoctrinamiento ideológico de la sociedad actual contrasta con la censura que sufrían algunas producciones españolas en el régimen anterior, por su mayor influencia en los medios y en los mensajes y, desde luego, por la censura indirecta (más hipócrita) de lo “incorrecto”, consiguiendo hacer verdad la frase tan conocida de “contra Franco y su censura vivíamos mejor”, ya que de la misma surgían genios y talentos para burlarla. Hoy día, en cambio, la inanidad se ha hecho regla de conducta general por la simple copia de lo recibido.

Las cadenas de TV concentradas corporativamente son una muestra más de la falta de verdadera competencia plural y, en la línea de Lampedusa, se permiten algunos leves atisbos de “pluralismo” siempre encauzado por profesionales que controlan cualquier alteración inesperada. Profesionales de la información que, de una manera u otra, confirman el sometimiento a la línea editorial de la cadena bajo posible castigo de cese y pérdida de suculento salario, como lo demuestran algunos casos conocidos. Es muy difícil enfrentar la dignidad propia al estrellato y el “famoseo” popular. Para eso hacen falta agallas, estima personal y valor que no encajan con el mundo subvencionado directa o en forma indirecta de las “líneas editoriales”.

Hace unos cuantos años un alto ejecutivo de una de esas cadenas me reconocía que daban “basura” pero porque el espectador se identificaba con ella. Gracias a ello, su cuenta de resultados (que es lo que finalmente importa), crecía y se mantenía con la simple explotación. Es innecesario indicar que sus programas unen lo cutre a lo chabacano y, llegado el momento, no se sabe si la sociedad es producto de esa TV o ésta se limita a reflejar sólo a la sociedad.

La falsa competencia mediática tiene sus raíces en un sistema político clientelar que, como decíamos al principio, puede premiar o castigar a sus hijos según su comportamiento, sin que por ello pierdan su condición dependiente de la mano que les mantiene y ayuda, con esos simples guiños de advertencia por su actitud. Un falso sistema plural que, a pesar de todo, no ha impedido la eclosión de nuevas y críticas voces indignadas que empiezan a enfrentarse a los adoctrinamientos, por muy cosméticos que sean y por muy aderezados de supuesto entretenimiento que estén. No obstante, el mayor error por parte de sus responsables es creer que todos los espectadores son estiércol que sirve de abono para el arraigo de sus mensajes. Desde luego, y afortunadamente, todos no, pero el daño que se está produciendo en las mentes de jóvenes y de adolescentes en plena formación, es de tal gravedad, que sólo se concibe como un diseño a propósito de ingeniería social.

 

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