Sobre Posfeminismo o feminismo de salón: La verdadera revolución, tío, es que friegues tú el salón

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Marta Pastor
Periodista y poeta de Madrid, directora y presentadora de "Ellas Pueden" de Radio 5.

Madrid se hace verano en mitad de octubre. Es el otoño caliente que revuelve la corte de los milagros en la que nos encontramos. El Partido Popular de Casado con su tesis, prepara una intervención parlamentaria sobre la tesis de Pedro Sánchez. La Ministra de Hacienda preocupada, muy preocupada por la reputación perdida de los empresarios. Pablo Iglesias de gira sobre él mismo, para él mismo, haciendo política de foto. Pedro Sánchez, alias el viajero o el mudo, visita con casco amarillo una factoría de coches. Rivera, en modo bronceado permanente, ensaya una sonrisa forzada en la calle Rafael Calvo, mientras ve con sorpresa como el exministro Pique pasa por delante de él, y no le saluda.

Pienso en todo eso mientras asisto a una reunión de feminismo de salón o posfeminismo donde, una periodista rodeada de “neocons”, se esfuerza en contar algo en lo que, me temo, no sé si termina de creer, mientras presenta su último libro.

Es una reunión importante. Hay unas 200 personas, con una inversión en bolsos y corbatas que va más allá de los 400.000 euros. Varios exministros y exministras, que cuando lo fueron no movieron un dedo por las mujeres y la igualdad, observan distantes a la periodista. Han venido para hacerse la foto. Ahora hay que estar en estos saraos, comenta uno de ellos con desidia. También un presidente de comunidad autónoma, que estrena relación en público, se pasea al lado de la periodista, que se ha convertido en una isla, mientras firma ejemplares. En la fila de las autoridades y amigos, se sienta la cónyuge de un antiguo presidente de gobierno. Se marcha en cuanto acaba el acto, con la excusa de la premura de otro evento. Ya se sabe, en Madrid quien no tiene dos o tres eventos a la vez, no es nadie. Y como dato curioso, asiste otra exministra más. Sí, la que en la huelga del #8M nos contó, que eso de la huelga no le gustaba ni un pelo, y que ella iba a trabajar ese día más que nadie.

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Me pierdo por una nebulosa de pensamientos personales: los padres, los hijos y la madre que los pario, que no soy otra que yo, subiéndolos a mi barca que hace aguas un día sí y otro también. Y vuelvo a la realidad, que para eso estoy allí, y en el escenario —porque cuando alguien representa una obra de ficción, la tarima es imprescindible—, siguen hablando de lo buenísimo que es ahora ser feminista conversa, que las cuotas en este momento molan, que a una de ellas —exministra por cierto— le ha ido muy bien en la vida porque su padre la educo de cine, que la otra, empresaria tecnológica, acaba de llegar de Irlanda agotadísima —no hay nada más agotador que llevarte la empresa a Irlanda para pagar menos impuestos en España—, y que trae su discurso preparado y piensa colocarlo, a pesar de los esfuerzos que hace la periodista isla para sacarla de esa verborrea llena de tópicos y expresiones famosas, extraídas de una web de frases célebres. En la escena no falta una ex vicepresidenta de gobierno. Se la ve incomoda. No termina, tal vez, de entender, que hace exactamente allí, y en un momento determinado estalla y se vuelve vehemente, aunque luego se repliega porque, quizás, ha pensado que no merece la pena entregarse a un público que ha venido a dejarse ver y pasar la tarde.

El evento acaba como empezó. Saludos, fotos y rictus sonrientes. Mientras espero a dos colegas, un exministro cónyuge se lamenta de los que sucede en los partidos políticos, mientras me comenta que él, personalmente, acabaría con las secciones de las juventudes y nuevas generaciones de los partidos. “¿Qué demonios hacen perdiendo el tiempo en las sedes, mañana y tarde, en vez de estar trabajando o estudiando?” —me pregunta. Que, igual, que eso que se cuestiona lo debería responder él mismo, porque su partido, ahora, lo lidera un canterano que hizo su carrera desde temprana edad, saltando de las Nuevas Generaciones al partido y de ahí a la presidencia, sin apenas pasar por las aulas, ni por la empresa. Que cosas dicen los exministros…

La tarde de octubre se diluye en la noche de Madrid que aún se derrama por las terrazas, donde la “ordinary people”, a la que regreso, después de este viaje al centro de la ficción del posfeminismo, se ocupa y se preocupa de subsistir. Y mientras mi coche de gasolina me lleva al extrarradio, pincho una canción que me desengrase de tanta vaselina conveniente y postureadora. Suena Yo por ellas, ellas por mí, la canción que fue la banda sonora de la manifestación del #8M: La verdadera revolución, tío, es que friegues tú el salón… Estoy segura que ninguno de los que estaba allí esta tarde, la conoce… Qué alivio… Por fin respiro…

Son las siete de la mañana. No llueve en Pozuelo y la temperatura es de 13 grados.

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