Al igual que en la época del ex-presidente Zapatero se puso de moda el término “talante”, los nuevos tiempos y modas aluden constantemente al de “seducción” como forma de convencer a los demás para el apoyo de proyectos personales.
Hace un par de días, en un homenaje organizado por la Asociación de Valores de la Transición Política a Adolfo Suárez, flotaba en el ambiente la capacidad de seducción del fallecido, a la hora de ir sorteando los muchos obstáculos que el cambio de régimen político suponía. Eso que (entiendo que cariñosamente) le supuso por parte de Alfonso Guerra el apodo de “tahúr del Misisipí”.
En el travestismo político de la última hornada, la seducción pasa a ser la forma más utilizada a la hora de convocar pactos y acuerdos. Cada uno de los actores de lo que ya se llama “segunda transición”, ha optado por imitar o copiar el talante seductor de algunos actores de la primera transición.
Pedro Sánchez ha optado por la figura del Felipe González juvenil, adorado sobre todo por el mundo de las mujeres que, con desparpajo y gracia andaluza, supo llevarse al huerto al personal. Primero en Suresnes liquidó a la “vieja guardia” del socialismo histórico y se levantó con el santo (las siglas del PSOE) y la limosna (la financiación externa) para seducir a unos y otros con halagos y promesas de cargos públicos en esa España de las autonomías, donde era tan fácil subirse al carro de los presupuestos, aunque hubiera que endeudar al Estado. Del “OTAN, NO” pasamos al “OTAN, SI” y del marxismo utópico a la socialdemocracia práctica, sin mover una pestaña, tanto era su capacidad de seducir. El Sr. Sánchez intenta hacerlo en diversos frentes: el de su comité federal y sus teóricas “líneas rojas” (inexistentes en la práctica ya que no van a impedir hacerse con el gobierno a toda costa) y las otras “líneas rojas” de sus coaligados para el “gobierno de cambio”, todas ellas igualmente traspasables si se trata de mandar.
Pablo Iglesias, más académico pero igual de “comunicador” entre un público muy determinado, en el intento de “transversalidad” que supuso el 15M, opta por parecerse por una parte a la figura histórica y romántica de Carlos Marx, pero sin perder de vista la de otras figuras como Julio Anguita o el propio Felipe González. Eso hace que ande “trastabilleando” entre la IU de su procedencia a la socialdemocracia pragmática, prometiendo asimismo puestos y situaciones con cargo a los presupuestos y ejerciendo de seductor, con su correspondiente coro de aduladores y la supuesta financiación externa que, como en el antiguo PSOE, está aún pendiente de aclarar. Su capacidad de seducir se ha dirigido a los movimientos sociales o “mareas” más o menos afines, pero parece incapaz de manejar su propia estructura y cada “marea” pretende llegar a playas diferentes. El esfuerzo de atender tantos frentes es como el de mantener numerosas amantes (todas ellas recelosas) y resulta agotador y poco fructífero. Ha pasado de considerarse el macho “alfa” del grupo, a su exclusión “para facilitar el gobierno” siempre que formen parte de él algunos de los suyos.
Albert Rivera también juega a imitar o recuperar ese centro político que fue UCD y la figura de Adolfo Suárez desde la marca de “Ciudadanos”. Una marca transversal, con mucho gancho inicial, pero trufada de actores secundarios rebotados de formaciones viejas, con los mismos “tics” organizativos de lo ya conocido, que se mueven como pez en el agua en la nueva formación. El juego de seducción del Sr. Rivera se ha dirigido a sus iguales (PP y PSOE) para tratar de conseguir esa (tan ansiada por determinados sectores) “gran coalición” de mayoría total, para volver a arrasar en el Parlamento. De lo que no se da cuenta es de que, tras sus muchas descalificaciones del Sr. Rajoy y del PP y, sobre todo, del insulto de “indecencia” por parte del Sr. Sánchez al presidente del Gobierno de España, hay escasa posibilidad de tender puentes seductores entre ellos. El consabido “mantra” de impedir otras elecciones “porque el pueblo no lo quiere” trata de esconder el miedo partidario a unos resultados impredecibles. Su frescura de actitudes y lenguajes se va enturbiando poco a poco al darse cuenta de que ha sido “seducido y abandonado” por el que consideraba su pareja que, a su vez, coquetea con otra formación.
Finalmente, el Sr. Rajoy está copiándose a sí mismo. No necesita buscar un referente histórico puesto que forma parte de la reciente historia política de los “populares”. Son conocidos sus desencuentros con otros “aspirantes” al título que proceden, como él, de la “vieja guardia”, por mucho que les haya colmado de frases amorosas (muy en línea con las formas del Pablo Iglesias) como al hoy “investigado” Sr. Rus de Valencia o al propio Sr. Bárcenas al que mantuvo a cargo de la tesorería del partido. Hoy quisiera renegar de todos ellos pero no puede por razones que sólo él conoce. Su estilo “seductor” es más el de alguien que trata de presentarse como el único fiable y creíble (el marido para toda la vida), pero tiene en su contra los muchos incumplimientos de su propio programa electoral, la persecución de sus propios partidarios (clases medias), el considerable endeudamiento que ha crecido en su mandato y su incapacidad de reformar en profundidad, desde su mayoría absoluta parlamentaria, el completo entramado de las AA.PP. Por otra parte, su intento de “no alineamiento” bélico, le ha costado una de las campañas de desprestigio mediático más importantes de la historia política española lo que, paradojas de la vida, quizás le haga aparecer más seductor.
En otro plano, podemos tomar como ejemplo los intentos de “seducción” por parte de la alcaldesa de Madrid que, al parecer, tampoco están dando buenos resultados en el conglomerado social e ideológico que es “Ahora Madrid” donde el enfrentamiento es notorio entre los grupos que lo componen. Las buenas y seductoras intenciones de la Sra. Carmena, chocan una y otra vez con los constantes despropósitos de la bisoñez y soberbia de quienes se han encontrado por pura casualidad frente a responsabilidades públicas, por el simple hecho de pertenecer a una plataforma social. Algo que parece repetirse en el ayuntamiento de Barcelona, donde se dan las mismas o similares circunstancias: una alcaldesa con tirón popular con un equipo de gobierno hecho de retales sociales, amistades y “coleguis”, con tejidos difícilmente compatibles. La seducción parte en gran medida del reparto clientelar de prebendas, contratos y nombramientos que recuerdan mucho a la “vieja política”.
La seducción —que podía ser una virtud— queda pervertida y arrastrada por los mismos lodos clientelares. No es real, sino que parece una impostura más de las que los ciudadanos empiezan a detectar más allá de las ideologías. Es que se parecen mucho o el contagio es fácil.













