Rivera y Sánchez como síntoma

José Luis Heras Celemín
José Luis Heras Celemín es autor del libro “El Caso Bankia y algo más… o menos” y Director de Comunicación de la Fundación Emprendedores.

La conversación en el chat no era insulsa. Alguien mandó el interrogante con el que Toni Roldán, ya ex-diputado de Ciudadanos, justificaba su salida del Partido de Rivera: “¿Cómo vamos a superar la confrontación de rojos y azules si nos convertimos en azules?” La respuesta, rápida y como de desahogo, retrata la situación: “¡Albricias! Conozco a Roldán, creo que bien. Es una suerte que se vaya. Si hicieran lo mismo las dos centurias de diputados que se le parecen, esto mejoraría. Pero ojo, porque Sánchez necesita un Roldán para disfrazarse de centrista”.

¿Deserción de dos centurias de diputados? Acaso sean muchos, o pocos. Va en apreciaciones, aunque debiera ir en función de su capacidad para desempeñar la misión que corresponde a los encargados de legislar.

Con motivo del mutis de Roldán, aparece la posibilidad, acaso ocasión para acertar, de que una parte de los que hoy son diputados dejen de ocuparse de lo público. La pregunta es inmediata: ¿Quiénes, Roldán, Rivera, que lidera Ciudadanos o el Presidente del Gobierno en funciones, Sánchez, que necesita un Roldán para disfrazarse de centrista?

Porque en democracia no ha lugar para gazmoñerías, la respuesta ha de ser valiente. Y, para que sea eficaz, drástica: Si es necesario, ambos. Y más. Lo que haga falta. Rivera y Sánchez son el síntoma de una realidad política que se viene arrastrando en el tiempo y que empezó cuando los partidos políticos cambiaron su misión constitucional para convertirse en meras fábricas de una casta incompetente, y muy cara, formada por el despojo que se origina en ellos, alimentada con fondos públicos e integrando lo llamado lastre en los aparatos de los partidos políticos. Sánchez y Rivera, por sí mismos y no sólo ellos, aunque lo parezca, no son el mal, son el síntoma, “indicio o señal de una cosa que está ocurriendo o va a ocurrir”.

Si aparcamos el síntoma Rivera-Sánchez y nos ocupamos del lastre que hay en los aparatos de los partidos políticos nos topamos con lo que hay: Unas organizaciones endogámicas, lideradas por la flor y nata (hez, basura) que producen y al servicio del grupo que se ha aupado en sus cúpulas. En esta situación, peripecias como la de Roldán sólo afectan a: Los roldanes de turno, en la medida que consigan provecho o no. Los riveras, si se benefician a título individual o como líderes. Y a Sánchez, si aprovecha dimisiones (pactadas o no) en beneficio propio o repartido. El síntoma sólo les afecta a ellos. La sociedad, para beneficio general, está al margen.

Por lo anterior, obviado el síntoma Rivera-Sánchez y lo que hay alrededor, no queda más que la esencia misma del sistema: La democracia. La capacidad y facultad de la sociedad-pueblo para decidir con libertad.

¿Mantenimiento de un estado de cosas como el que tenemos basado en el síntoma Rivera-Sánchez u otros parecidos? En absoluto ¿Estabilidad de un gobierno apoyada en síntomas? La sociedad no puede someterse a la entelequia que produce la flor y nata, (hez, basura), de la cúpula de una partitocracia afanada en intereses de grupo y beneficios personales pequeños y mezquinos. ¿Acicalar un gobierno que no demuestra capacidad para dirigir (o gobernar) nada, parecido al que está en funciones y lleva meses, casi un año, chupando rueda ideológica ajena y nutriéndose de la ubre presupuestaria que rechazó? La sociedad apetece y merece veracidad, no maquillajes.

Sin maquillaje y a cara descubierta, somos una comunidad social moderna, tenemos un sistema sólido, disfrutamos de un Estado de Derecho asentado. Y no hay necesidad de que se someta al Estado y nos sometamos todos a la quimera de un síntoma tan fútil como lo que hoy representa el dúo Rivera-Sánchez. Por ello, en coherencia con el sistema, conviene no perder tiempo e ilusiones en síntomas y aprovechar lo que tenemos: La capacidad de analizar y decidir de todos nosotros para tomar la decisión colectiva que salga del voto depositado en urnas.

¿Que la resolución colectiva puede generar una situación parecida a la actual? ¿Que la estabilidad de un futuro gobierno puede ser como la del que preside Sánchez? ¿Que el síntoma Rivera-Sánchez puede no mejorar —por la capacidad de ellos o por otras circunstancias— y puede verse abocado a la misma situación? Es preferible que sea así y respete la esencia del sistema que hacer depender al sistema, y a todos, del peligroso accidente que supone fiar todo a una realidad sintomática y con disfraces. ¿Que al síntoma Rivera-Sánchez pueden seguirle otros (Sánchez-Iglesias, Casado-Rivera con Abascal o sin él, Sánchez-patulea Frankenstein, etc)? Son síntomas accidentales frente a una esencia que nace de la voluntad y decisión de todos.

Por ello, frente al síntoma Rivera-Sánchez y los que puedan aparecer, ni rojos decolorados ni azules teñidos. No importan cambios ni maquillajes. Ni que Sánchez necesite disfrazarse de centrista. La solución que prevé el sistema está en las urnas: Elecciones. Las necesarias. Si hace falta seguidas. Con voluntades inmutables o mutables. Hasta que se logre un gobierno fruto de la voluntad de todos. Respetando el voto de todos y sin imponer la traición que supone subordinar la esencia del voto (no delegado según la Ley) al síntoma Rivera-Sánchez.

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