Raíces y datos de la crisis

Carlos E. Rodríguez
Periodista. Fundador de OTR/Press. Dirigió la revista Panorama y Gaceta de los Negocios. Presidente de Área Digital Producciones.

La economía española se estancó en el primer semestre de 2008, y ya se admite incluso por el Gobierno que está entrando en recesión, lo que es casi seguro que durará todo el año 2009 y posible que alcance incluso a 2010, de manera que, cuando llegue la recuperación, será más compleja y problemática que en cualquier ocasión anterior. Y es que la crisis financiera internacional ha acelerado el proceso de ajuste del sector inmobiliario y de la construcción, pero también ha hecho aflorar algunas debilidades de nuestro sistema financiero, desde luego falta de liquidez, pero que incluso podrían eventualmente llegar a traducirse en problemas de solvencia. Al fin y al cabo, el bancario es un sector intervenido, regulado e inspeccionado, en cada país y también en España, por los bancos centrales, e incluso por los organismos de supervisión del mercado de valores, en la medida en que los Bancos cotizan en bolsa. Todo está determinado, desde la proporción de capital que deben tener, los límites de crédito a los clientes, el pasivo, la captación de depósitos… Una regulación, en fin, exhaustiva y heterogénea, que no pocos expertos critican por excesiva en unos aspectos e insuficiente en otros.

Así que el financiero no es un sector como los demás, en el que cualquiera puede instalarse y competir, sino que tiene características, en cierto modo, de oligopolio, porque sólo pueden estar en el mercado las entidades que decida la autoridad monetaria. Y ese carácter de oligopolio lo tiene también en España. Como hay una sucursal bancaria en cada esquina, en las situaciones de crisis como la actual es evidente que las grandes entidades tienen más opciones de sobrevivir que las pequeñas. 

El sistema financiero español, tradicionalmente muy saludable y con mayor porcentaje de fondos propios que otros de países vecinos, tiene un elemento atípico, que son las cajas de ahorro, que suman no menos de la mitad del total de créditos a familias y empresas y que han gozado de excelente imagen, acorde con la realidad, y sólo ahora debilitada por lo que se ha conocido en relación con algunas actuaciones de Caja Madrid en los momentos inmediatamente previos al problema que condujo a la suspensión de pagos de la gran inmobiliaria Martinsa-Fadesa. En conjunto, nuestros bancos y cajas han sido muy ortodoxos en su comportamiento, pero nadie ha sabido cómo afrontar problemas como la subida del precio del suelo, tanto urbanizable como rústico, y de las viviendas, o el exagerado aumento de la oferta monetaria. La paradoja es que los mismos bancos y cajas tienen ahora, en opinión de expertos solventes, riesgos muy altos, incluso algunos afirman que superiores a las entidades financieras de otros países.

El volumen crediticio, expansivo a partir del año 2004, sufre una seria caída en los primeros meses del año actual y puede haber entrado, a estas alturas, quizá por restricción de liquidez, en ritmo negativo de crecimiento. Señalaba recientemente Alberto Recarte que “el crecimiento económico español, posibilitado por las cuatro devaluaciones de 1992-1994, que no fueron seguidas de inflación, por algunas reformas del sistema de protección social de los últimos gobiernos socialistas, y catalizado por las reformas del periodo 1996-2000, y catapultado por la entrada en el euro, se ha desarrollado con enormes desequilibrios. Se han equivocado los promotores, que han terminado por pagar precios excesivos por el suelo que han comprado y que, a partir de un momento determinado, quizá a mediados de 2005, se tradujeron en unos precios de las viviendas excesivamente elevados, en términos absolutos, en relación con los precios en cualquier país de la Unión Monetaria, y en términos relativos, en relación a la renta disponible de las familias”.

Pero también se han equivocado las familias, al endeudarse muy por encima de su capacidad, afectada ésta por el valor de mercado de las viviendas, con lo que su patrimonio ha caído ahora espectacularmente, convirtiendo en temerario el endeudamiento adquirido. Desde el otro lado de la barrera, las entidades financieras han caído probablemente, quizá por la experiencia de ocasiones anteriores, en excesos de confianza respecto a la eficacia de mecanismos propios de renegociaciones de deuda, líneas especiales del banco central para evitar turbulencias, incluso alianzas y fusiones.

Pero esta crisis se produce y desarrolla en un contexto nuevo y muy diferente, que es la integración de la economía española en la Eurozona, y así como en una economía con moneda propia los desequilibrios inducen cambios eficaces de política monetaria, en la Eurozona la política monetaria tiene poco que ver con la situación económica de los países integrantes y especialmente de los periféricos, como Portugal, Italia, Grecia y España, los justamente ofendidos pigs, marginales respecto al Reino Unido y los países europeos centrales.

En estas circunstancias, tendrían que haber sido los bancos y cajas los que restringieran el crédito, ante la evidencia de que el suelo y la vivienda operaban en España con precios desmedidamente altos, pero se impuso la lógica de mantener la cuota de mercado, aún a costa de crecer el riesgo, porque cualquier otra alternativa era peor y no eliminaba el riesgo. Era un razonamiento lógico, porque ya se ve ahora, en plena crisis, que los grandes bancos y cajas de ahorro son los que mantienen posición más sólida en el sistema financiero, en tanto aparecen inquietudes para los medianos y algo peor ya que inquietudes para los pequeños.

En estos últimos años, la pérdida de miedo al endeudamiento se generalizó socialmente. Las familias no dudaron en endeudarse por encima de sus posibilidades para comprar viviendas, tanto de uso propio como de inversión, desde el convencimiento de que, pequeños altibajos al margen, a la larga siempre valdrían más, como demostraba la experiencia de “invertir en ladrillo” de las décadas anteriores. Y en ese clima de euforia, los promotores inmobiliarios no vacilaron en invertir en suelo, incluso rústico y dudosamente urbanizable, mucho más con endeudamiento en créditos bancarios que con fondos propios. Fue, en suma, un optimismo tripartito: de los banqueros, de los promotores inmobiliarios y de las familias. Un optimismo, además, que partía de supuestos inevitablemente llamados a desmoronarse antes o después: nunca faltaría liquidez para los créditos, el suelo siempre valdría mucho por la generalizada corrupción municipal, y habría demanda para todo lo que se construyese.

Y de repente, en el verano de 2007, la crisis financiera internacional conmovió todos los soportes. Es verdad que arrancó del temor al dinero perdido en esas, ya famosas para siempre, hipotecas subprime, a las que por ejemplo Rodríguez Zapatero se ha agarrado como un náufrago en el vano intento de ocultar la inexistencia de una política económica digna de tal nombre. Pero las dudas se extendieron enseguida a la calidad y valor real de todo tipo de activos relacionados con los créditos bancarios, afectando radicalmente al mercado interbancario, nacional e internacional, hasta el punto de que los bancos dejaron de prestarse dinero unos a otros. Así se convierte en una crisis de liquidez, de restricción general del crédito, que puede llegar a ser una crisis de solvencia, con el agravante de que los bancos y cajas españoles son fuertemente dependientes del crédito internacional.

Pronto se vio que no habría ese edulcorado “aterrizaje suave” del sector inmobiliario que se vaticinaba desde el viejo convencimiento de que, como decía el famoso Crispín de Benavente, “entre todos hemos creado muchos intereses, y el primer interés de todos es salvarnos”. Se tardó mucho, pero finalmente hubo que aceptar la realidad del aterrizaje brusco, del auténtico frenazo. Y no todo se quedaba además en el problema inmobiliario, sino que afloraron como era inevitable los serios desequilibrios de nuestra economía. Así, el déficit de la balanza por cuenta corriente alcanzó en 2007 los 100.000 millones de euros, un 10% del PIB, es decir, que gastamos al año 100.000 millones de euros más de lo que ahorramos.

Otro dato: el endeudamiento exterior neto del conjunto de agentes económicos -administraciones, familias y empresas- era de 728.000 millones de euros a finales de 2007, una vez descontado el saldo positivo de los activos del Banco de España. Al mismo tiempo, los excesos de financiación y, en muchos casos, el empleo de recursos propios, para invertir en suelo y construcción de viviendas, y otras edificaciones, habían provocado una subida de precios de suelo, viviendas, oficinas, locales y naves sin relación con su rentabilidad.

Así que en España no hay hipotecas subprime, pero la subida de tipos y el predominio de los variables en los préstamos hipotecarios harán que, a medida que las transacciones inmobiliarias registren el rudo descenso del precio de mercado, se aceleren los impagos hipotecarios. ¿Qué diferencia hay entre esto y las tan famosas “subprime”? Cada vez queda menos de esa pretensión de Zapatero de que la crisis económica es algo que nos viene de fuera. No, no sólo de fuera. Atravesamos dos crisis al mismo tiempo: la de liquidez financiera internacional y la del aterrizaje, bien se ve que poco suave, de nuestro sector inmobiliario y de la construcción, con dos millones y medio de parados que probablemente serán más de tres millones a fin del año actual y que alcanzará a cuatro millones, según los analistas más prudentes, o cinco millones según otros, a lo largo del próximo año 2009. Y todo ello bajo la losa de un tremendo endeudamiento exterior. Malos tiempos…

CARLOS E. RODRÍGUEZ

(Publicado en DIARIO DE AVISOS)

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