Radiografía de España

Radiografía de España
Juan Laguna
Promotor y fundador de Tiempo Liberal con actividad política desde la Transición. Funcionario jubilado. Empresario. Productor y dramaturgo. Conservador de Bienes Culturales.

“En el año 2020 unas negras sombras se cernían sobre el mundo en forma de un extraño virus que la Ciencia no podía controlar, tanto por su capacidad de contagio, como por la letalidad de sus resultados…” según David Rockefeller, uno de los filántropos más influyentes del planeta “solo hacía falta una crisis adecuada para que las naciones reclamaran un gobierno mundial”.

El mundo de la filantropía es muy extraño y ya el escritor Gilbert Keith Chesterton advertía: “¡Dios nos libre de los filántropos!”. Para conocer ese mundo he buceado en el libro L’argent de la influence, un conjunto de relatos coordinado por Ludovic Tournès, que narran cómo los grandes apellidos surgidos del capital americano como Carnegie, Ford, Rockefeller y demás (hasta llegar a Soros), hicieron de la filantropía un arma de influencia política y social más fuerte que los propios gobiernos, con importantes rendimientos económicos para ellos tras las inversiones iniciales en redes que se extienden por gran parte del mundo.

En España, el año 2020 nos ha cogido con varias crisis surgidas al amparo de la sanitaria. Quizás la más importante sea la institucional y democrática, al haber surgido un gobierno amparado por una moción de censura, en el que se ha procedido sistemáticamente a conseguir el predominio absoluto (totalitarismo) del ejecutivo sobre el legislativo y el judicial, pasando del “franquismo” al “sanchismo” con todo atado y bien atado y con las bendiciones —parece— de la filantropía mundial o lo que en el mundo de la izquierda se calificaba antes como “capitalismo salvaje” o “neoliberalismo”. La aparentemente extraña conjunción de intereses no lo es tanto. El dinero siempre compra voluntades y se ha convertido junto al “poder” en el único incentivo a tener en cuenta.

España se proyecta como un magnífico campo de experimentación social dado el carácter cultural de su sociedad y la división o enfrentamiento hábilmente provocados con cuestiones históricas o identitarias. El sistema autonómico era ya el primer paso de fragmentación territorial de la nación para debilitarla. Su sistema económico estaba supeditado a acuerdos en el seno de la UE que poco a poco hicieron perder su competitividad abandonando sus recursos y su importante sector industrial, para convertirnos en un espacio de servicios turísticos. Desde la Transición hasta la actualidad nuestra deuda pública iba aumentando, al mismo tiempo que aumentaba la industria política y sus muchos cargos y subvenciones de compra de votos. Un Estado a punto de la quiebra (un “estado fallido” es el diagnóstico sobre España).

Toda la economía de base iba siendo abandonada. Sus industrias productivas creadoras de empleos, riqueza y estabilidad social eran cerradas siguiendo los consejos de las filantropías “ecológicas” para pasar a la hostelería y el turismo. Unos consejos que, como parece ocurre siempre, tenían intereses ocultos de abrir nuevos nichos de mercado en un mundo globalizado, sin competencia de naciones entre sí, con pérdida de identidades culturales y creencias religiosas y sociedades alienadas por el mundo mediático que, como flecos, cuelga de ese capitalismo rampante y global.

Al mismo tiempo, en España se daba otra situación especial: un ordenamiento jurídico caótico donde diariamente se acumulaban normas de todo tipo, que iban asfixiando cualquier atisbo de emprendimiento económico o de simples actividades sociales. Una inseguridad jurídica total si se pretendía cumplir una norma y su contraria, que repercutía en el mundo jurisdiccional donde se han venido multiplicando los litigios y alargando su resolución, dada la complejidad de los casos y la “muerte de Montesquieu” en el año 1985 (PSOE) con el protagonismo exclusivo del poder ejecutivo y su influencia sobre los demás que, en estos momentos, alcanza su máximo apogeo con el gobierno actual. Una Constitución cuyo texto es contradictorio, confuso y sujeto a todo tipo de interpretaciones, ha sido el marco en que se ha movido el ordenamiento resultante.

Junto a todo ello hemos tenido la incorporación servil a todos estos desmanes de gran parte del sistema corporativo, fundamentalmente el conocido IBEX 35 (antes denostado por la supuesta izquierda y ahora genuflexo ante ella) y todos aquellos que viven de la contratación pública que, como mandan los cánones, están a lo que están dejando muchas veces los escrúpulos aparte. Su fin es la cuenta de resultados y los medios han sido y son lo de menos. La progresiva concentración financiera, industrial y corporativa que se supone era para mejorar la potencia de las firmas de cara al exterior, ha eliminado la libre y rica competencia sometiendo a los consumidores a las imposiciones de unos pocos sobre los demás.

Pero todo ello necesita su aparato de propaganda y a eso se han prestado (o alquilado) los más importantes medios de comunicación. Sobre todo, la televisión, que se ha constituido como el púlpito desde donde adoctrinar en lugar de informar. Lo que antes el sacerdote identificaba como la “palabra de Dios”, se ha convertido a través de las ondas y las tecnologías de comunicación en la nueva religión, con toda su parafernalia sacerdotal y de “beatos” o “devotos” cuya fe mueve montañas desde su cerrazón intelectual y racional. En lo más alto el ojo que todo lo ve, el “Zeus” reencarnado que mueve los hilos y las piezas del gran tablero mundial, juega con la Humanidad a su antojo. Y con España, según sus intereses.

Por último, queda la cobardía, el miedo y la inseguridad suministrada en sabias dosis desde diferentes ángulos. Son sentimientos cuya potencia es tal, que sólo cabe combatir desde la cultura personal, el pensamiento individual o el criterio nacido de la formación o experiencia. Cuando se trata de las emociones humanas existían artes como el teatro, la música, la pintura, la literatura o la escultura, que nos enviaban mensajes personales desde la ficción. Hoy la realidad ha superado a la ficción y ya no son mensajes puntuales de entretenimiento, sino una sinfonía aterradora que nos indica que estamos en peligro permanente, que nos asusta con unas cosas o con otras y que ha conseguido al final que la sociedad se someta a quienes en teoría la protegen.

He empezado con un relato con un toque de distopía, pero por desgracia es una aproximación a una realidad en la que vamos viviendo sin darnos cuenta de lo que hay en juego: la libertad y la dignidad de todas las personas. Sin ellas perderemos nuestra humanidad y quedaremos “cosificados” como simples peones a la espera de lo que se quiera hacer con nosotros.

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