PSOE y PP ¿la misma cosa es?

Juan Laguna
Por
— P U B L I C I D A D —

Desde los resultados de las últimas elecciones y, sobre todo, desde la convocatoria de las generales para el próximo 23 de julio, las campanas vuelan en un “guirigay” de pronósticos y vaticinios parecidos a una epidemia contagiosa de opiniones diferentes, hasta el punto de que mi sistema inmune ha arrojado la toalla y va a unirse a la fiesta desde lo que trata de ser una reflexión reposada de los acontecimientos.

Sabemos de entrada que el sistema partidario establecido constitucionalmente como forma de participación y representación política de la soberanía nacional hace aguas por todos los costados, pues ni representa tal soberanía, ni su aparente regulación normativa le otorga una potestad indiscutible si nos atenemos a cuestiones como listas cerradas sujetas a disciplina parlamentaria vulnerando el artº 67.2 de la C.E. Lo mismo ocurre con el sistema electoral que establece diferencia de valor de voto según circunscripción geográfica, lo que supone una discriminación contraria al artº 14 del texto constitucional.

También sabemos que -por desgracia- los sistemas de recuento de votos adolecen de ciertos fallos en su interpretación, tal como ocurría ya en EE.UU. en la época de los Kennedy, cuyo patriarca -al parecer- alardeaba de haber votado dos y tres veces en diferentes lugares y que, en la época de las tecnologías, en su versión más cutre, hemos conocido en la compra de votos en diferentes lugares de España. Desde entonces hasta ahora mucha agua ha corrido bajo los puentes de las corruptelas políticas.

Pero también sabemos que las “soberanías nacionales” ya no son lo que eran, sino que están puestas al servicio de intereses espurios “globales”, revestidos de color verde y sacados al mercado en forma de “agendas” (en el sistema soviético eran “planes quinquenales”) cuyo marketing social y político se ha extendido como mancha de aceite, incluso en lo que debería ser entidades corporativas privadas ajenas e incluso contrarias a su estatalización. Ya son los mismos perros con diferentes collares y ladridos que compiten en su intensidad. El total servilismo europeo a los intereses USA a través de la OTAN, es clamoroso.

Aún así tenemos que guardar las formas y actuar como “democracias sólidas” que consiste solamente en acudir a votar cuando se nos convoca a ello. Fuera de los plazos establecidos (un día cada cuatro años), debemos conformarnos con un sobrevivir a las situaciones que, desde luego, cada vez pintan peor para las “soberanías” y mejor para los poderes mundiales.

¿Qué papel juegan los partidos políticos en este retablo de las maravillas? Los liberales que han dado soporte onomástico a las constituciones modernas como “constituciones liberales” dudan de que el artº 6º de la C.E. otorgue total exclusividad de representación a los partidos para la participación política, sino que ésta puede y debería ampliarse a otras formas tal como se puede colegir del artº 23 de la C.E.: “Los ciudadanos tienen el derecho a participar en los asuntos públicos directamente o por medio de representantes libremente elegidos … así como a acceder en condiciones de igualdad a las funciones y cargos…”. Es decir, no son meros comparsas políticos, sino verdaderos actores protagonistas de su destino personal y del colectivo nacional tal como corresponde a una democracia verdadera.

Dicho todo esto que demuestra mi instintivo rechazo y desconfianza a lo que se vende en “mentideros” (nunca mejor dicho) interesados, vamos a bajar a la arena de la realidad donde el pluralismo político, la igualdad, la libertad y la justicia proclamados en el artº 1º de la C.E. como valores de su ordenamiento jurídico, se contradicen con el sesgo ideológico de la propia Constitución: “España se constituye en un estado social y democrático de Derecho”. A buen entendedor es colocar la etiqueta única socialdemócrata que EE.UU. estableció al final de la 2ª G.M. para su colonia europea. Un sistema capitalista del que participa el Estado: “Toda la riqueza del país, en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad, está subordinada al interés general· (artº 128.1 C.E.) que no se diferencia en nada a lo proclamado por el llamado “Fuero de los Españoles” de 17 de julio de 1945: “….protección del derecho de propiedad aunque subordinada al bien común y a las necesidades de la nación” del régimen anterior: “una reacción contra el capitalismo liberal y el materialismo marxista”.

El supuesto pluralismo social queda reducido a un falso “centro” político donde deben competir en exclusiva los partidos de la soberanía nacional, confundidos en la caverna de Platón con imágenes proyectadas en la oscuridad a las masas. Esto es así en España, pero también en el resto de las antiguas naciones europeas bajo la vigilante mirada de unas instituciones (de EE.UU.) que, salvo en el caso del Parlamento, no han pasado por el sufragio universal en su “nomenklatura”. Son fieles servidores y como tal, obedecen y callan. Desde la llamada “Transición” (tutelada también por EE.UU.) las mismas manos mueven al mismo tiempo las fichas del tablero según convenga.

Es en este contexto donde se mueven las “soberanías de las que emanan los poderes del estado” (incluida su jefatura) y donde los “programas” que constituyen un contrato social de electores y elegidos, se parecen como una gota de agua a otra (porque, además, no se cumplen). Ambos partidos (PP y PSOE) defienden con ahínco los mismos intereses particulares de unos cuantos para manejar el mundo (hay que acordarse de aquel TTIP sometido a los “poderes salvajes” que, finalmente, no pudo salir adelante). Ambos partidos pueden intercambiarse caras y personajes. Sólo queda por saber quién tendrá el mayor poder de persuasión y propaganda o, mejor dicho, cual recibirá apoyo ajeno a la soberanía de los españoles y se llevará el gato al agua.

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