Progresistas

Juan Laguna
Colaborador de Fundación Emprendedores.

Cuando se pregunta a muchas personas por su identidad política, ésta suele ser la respuesta más frecuente. Es una palabra hueca y vacía que, a base de ser repetida, se ha convertido en algo insustancial y banal. En todo caso supone ser contrario a la palabra “conservador” que tampoco sirve de mucho a la hora de establecer la identidad del sujeto interpelado.

Desde el lenguaje cotidiano se suele pensar en que “conservar” se refiere a una posición estática pasiva, mientras que “progresar” se entiende como una actitud propensa al cambio y a la innovación. De esta forma se traslada al mundo de la política ambas posturas identificadas con las posiciones de “derechas” o “izquierdas” (ambas una muestra de conservadurismo rancio por su raíz histórica en la Comuna de París a finales del XVIII) trasladadas a la actualidad.

Para entendernos podríamos decir que, todos aquellos que se aferran a viejas doctrinas filosóficas o políticas son “conservadores”, mientras que quienes tratan de encontrar caminos nuevos e inéditos en la convivencia de la sociedad más acordes con la actualidad o con una cierta visión de futuro, serían los verdaderos “progresistas”. Llevado esto a nuestra realidad política tendríamos a la mayoría de los partidos formando parte del discurso histórico conservador, sin que se atisbe el menor “progresismo” o novedad en ninguno de ellos.

Lo “conservador” implica simplemente seguir los caminos marcados por tales doctrinas e incluso vanagloriarse de ello (recordemos como algunos se aferran a su historia), tal como ocurre con el PSOE o con “Podemos” y sus abundantes “mareas”, que se retrotraen a cuestiones ya superadas (como la lucha de clases o el feminismo) en aras de un supuesto “progresismo” que no lo es. Hace ya mucho tiempo que los obreros o las mujeres no necesitan de la tutela paternal de los políticos, para decidir por ellos mismos por mucho que se empeñen en “apropiarse” de sus voluntades, tergiversando y mintiendo según sea más o menos conveniente la coyuntura electoral.

Lo mismo cabe aplicar a esa abstracción (que “no es chicha ni limoná”) llamada socialdemocracia. Un “constructo” artificial para Europa, que pretende estar en misa y repicando al mismo tiempo. Sus defensores son los autodenominados “progresistas”, aunque no tengan claro el significado del vocablo. Avanzar hacia algo sin un control previo de riesgos, puede ser un retroceso reaccionario en política que obligue a retornar a la primera casilla del tablero. Es lo que viene haciendo “Ciudadanos” totalmente iluminado por ese “estado de bienestar” que en realidad sólo es para los de siempre, al mismo tiempo que se autocalifican de “liberales” mientras transgreden con “cordones sanitarios” la esencia del liberalismo: el pluralismo político y las libertades públicas (“estoy en desacuerdo con lo que dices, pero daría mi vida por defender tu derecho a decirlo”.- Evelyn Beatrice Hall). Las recientes manifestaciones de la flamante vicealcaldesa de Madrid sobre la necesidad de aplicar la coerción a los ciudadanos son un ejemplo nítido de su peculiar y “progresista” defensa de la libertad.

Por su parte el Partido Popular (o del pueblo) no quiere quedarse atrás en eso de ser más “progresistas” que nadie y caen como pardillos en la trampa del relato y la comunicación que sus adversarios políticos les tienden. Les hacen ir al terreno “movedizo” del “progresismo” cuyos réditos serán recogidos en su momento. Lo ocurrido con la vulneración del art.º 2º de la Constitución en cuanto a la lengua oficial del Estado en algunas comunidades autónomas o su posición ambigua frente a las ideologías de género, los nacionalismos o a las cargas fiscales, les han llevado a ser más “progresistas” que los demás. Nadie quiere que se le tache de poco progresista o conservador en este mundo donde se mezclan las tecnologías punta con las filosofías políticas de hace cientos de años. La consecuencia es la existencia de un pensamiento único donde se concentran las mismas ideas (cuando las hay) que anatematiza todo lo que trate de ser diferente o plural.

Todo ello ha hecho que se vacíe de contenido la palabra “progresista”, que quienes se amparan en ella para ocultar su vaciedad intelectual o su carencia de ideas y criterios propios sólo demuestran inanidad intelectual. El lenguaje puede con todo y al final, la mentira repetida un millón de veces del progresismo, está haciendo ver las actitudes más conservadoras y rancias de los que no han salido de la “política de manual”.

Es difícil ser progresista en el sentido positivo del término pues indica claridad de ideas y criterios propios, experiencia, preparación y conocimiento que, por desgracia, no abundan en las generaciones de los supuestos “progresistas”. Por ello seguimos estando en las “memorias históricas” o agarrándonos a los viejos tópicos, sin ser capaces de alumbrar soluciones nuevas y eficaces a los retos del futuro.

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