Pistoletazo de salida

Juan Laguna
Por
— P U B L I C I D A D —

Transcurridos los plazos marcados en la C.E. (artº 90.5) se ha procedido a la disolución de las cámaras del Parlamento Español y la convocatoria de nuevas elecciones. Unas elecciones que, en realidad, son una segunda vuelta de las anteriores, ya que compiten los mismos candidatos, las mismas formaciones políticas, el mismo cuerpo electoral y, sobre todo, el mismo sistema electoral al que, casi todo el mundo, reconoce como injusto y desproporcionado.

En la línea de salida se coloca la ideología constitucionalmente establecida, con ligeras variantes en sus programas, para no salir de lo “políticamente correcto”. Todo un sistema de partidos cuyas señas de identidad y su ADN no consisten en proponer o asumir los mandatos del cuerpo electoral, sino en pedir a éste la firma de un contrato de representación y unos poderes que interpretarán según convenga, al no existir el “mandato imperativo” del representado a su persona de confianza. Un sistema cerrado para mantener la política y a los políticos en niveles partidarios cerrados a cualquier veleidad ciudadana.

Una noticia revela que casi el 80% de los votantes anteriores repetirá el voto (no les queda más remedio al escamotearse otras posibilidades diferentes) y, en el mismo, volverán a repetirse los criterios de elección anteriores, basados más en empatías personales, insultos y descalificaciones, que en proyectos políticos. Al final todos, de una u otra forma, se encontrarán con una situación parecida a la hora de intentar ponerlos en práctica, si son coherentes y honestos en sus intenciones.

Para empezar una constitución sacralizada y blindada hasta el absurdo que, como muy bien indicaba el catedrático y académico Pedro de la Vega (q.e.p.d.) en varias ocasiones, al no tener establecido un sistema razonable de enmiendas, deja el camino a que éstas se hagan por vía de hecho desde las leyes ordinarias por los gobiernos de turno. Un magnífico ejemplo de esa “seguridad jurídica” tan reclamada a los cuatro vientos por el cuerpo electoral y por los ciudadanos y tan hábilmente desviada por los medios hacia la supuesta “falta de gobierno”, sin percatarse todavía de que nos gobiernan con el mando a distancia.

A continuación una sociedad acostumbrada a ser tutelada, que se ha hecho cómoda, superficial y miedosa, incapaz de mirar sus propias responsabilidades, que ha asumido los modelos capitalistas de consumo de bienes de cualquier tipo, para hacer depender de ellos sus vidas a la espera de que “papá estado” les resuelva todo, incluso a costa de entregar su propia libertad. Una sociedad cuyos exponentes mejores serán relegados al olvido o castigados por herejes, tal como vamos comprobando con la desaparición física e intelectual de muchos de ellos.

Un fenómeno imperial como la “globalización” consistente en la colonización mundial de modelos de vida y convivencia, que han transformado culturas ancestrales hasta hacerlas desaparecer, todo ello bajo los auspicios de quienes velan, tutelan y orientan nuestro futuro, por la dejación irresponsable de la sociedad civil. No es cuestión de supuesto progreso, sino de implantación de un modelo único que empobrece nuestra diversidad.

Una crisis también global como consecuencia de lo anterior, donde la riqueza y los recursos humanos, vienen siendo sustituidos por máquinas que destruyen empleos, conocimientos, intuición, cultura y humanidad, para someternos a sus instrucciones y caprichos convertidas en nuevos ídolos a los que rendir culto y que, sobre todo, nos acostumbran a obedecer todo tipo de órdenes, aún las más absurdas.

Los países, los estados, las naciones, pierden identidad y soberanía en aras de una concentración ficticia de poder, sometiéndose sus gentes a los dictados de los intereses geopolíticos o geoestratégicos de hegemonías que requieren una “alineacion” sin fisuras, a base de una “alienación” tecnológica y manipulación de propagandas que se difunden y penetran en el subconsciente y transforman la forma de sentir, pensar o vivir de la mayoría. Es lo que llaman el nuevo orden mundial que, tan pronto nos atemoriza con el cambio climático, como con la existencia de “amenazas globales” de supervivencia. Todo con tal de vender una seguridad difícilmente precisable.

Cuando contemplamos el panel de candidatos y de equipos electorales, la más profunda melancolía nos invade al comprobar la enorme dificultad que tienen para crear políticas reales, que obedezcan de verdad a las aspiraciones de los ciudadanos en un sistema que, como los demás, preferimos seguir llamando democracias pero que, en realidad, obedecen a luchas por el poder partidario, cuando no a protagonismos soberbios de los competidores. Todos se consideran superiores a los demás, cuando no son capaces de hacer nada sin los demás, cuando lo único que varía es el color de sus camisetas y todos hacen lo mismo: aspirar al poder dentro del modelo permitido. Un poder que no es delegación de soberanía popular, como proclama la C.E., sino unos poderes otorgados por el verdadero poder, esta vez sí, con mandato imperativo.

Estamos ante un cambio de ciclo histórico que trata de escapar de las redes, ya deshilachadas, del modelo anterior. Un ciclo donde se requerirá el esfuerzo de todos para reorientar vidas, principios y valores, rechazando las viejas y escleróticas recetas de “más de lo mismo” que no nos conducen a nada. Ni la política, ni la economía, ni la sociedad, ni las gentes, ni la cultura, ni las creencias, ni las ilusiones, ni la vida, pueden seguir ancladas a patrones y modelos que han sido quizás útiles durante el ciclo anterior, pero que también han acarreado mucho sufrimiento y desastres a lo largo y ancho del mundo. Las ideologías arcaicas, al igual que “las políticas” estarán en la Historia, pero no serán útiles y decisivas en el camino de la libertad personal y de las libertades colectivas que son parte de nuestra naturaleza. Nos basta con meros administradores fieles de lo público, en un marco de convivencia acordado por y para los ciudadanos, que son el verdadero sujeto constituyente y nos sobra toda la demás parafernalia política, legal y administrativa.

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