
Los grúidos son una familia de aves conocidas vulgarmente como grullas. Se desplazan dando zancadas con sus largas patas y recogen semillas e insectos con sus largos picos. Viven en bandadas y muchas de ellas recorren largas distancias para criar. Tienen plumas especialmente desarrolladas con funciones decorativas y una espectacular exhibición de cortejo: machos y hembras se pavonean, se inclinan y saltan para atraer a sus parejas. Emiten agudos sonidos como de trompeta, que pueden escucharse a dos kilómetros de distancia. Seguro que han tenido ustedes ocasión de ver algún ejemplar en humedales como La Albufera, Daimiel o Doñana. Muy bonitas de ver pero, por lo demás, perfectamente inútiles.
Albert Rivera hizo cierta fortuna, en popularidad y respaldo, en su Cataluña natal, como más significada voz contra los desmanes de los nacionalistas más radicales, que ahora son todos los que están. Fiado de su éxito, quiso instalarse a nivel nacional arrogándose el papel de desfacedor de entuertos, protector de doncellas y perseguidor de corruptos de toda laya. Así se anunciaba. Venía a ser el nuevo Pepito Grillo de la política española.
Pero, ¡ay! han bastado dos convocatorias electorales para que su estrella comience a declinar y ahora, ya más Pepito Grulla que conciencia omnímoda de la sociedad, se le hacen los dedos huéspedes y no sabe, grúido al fin y al cabo, donde poner el huevo para mantener lo que, poco a poco, los españoles le van restando, visto su desnortamiento, la carencia de rumbo, la flojera de timón.
Y tan pronto se enfrenta al Presidente que pacto apoyar como un solo hombre, como baila con lobos de coleta y guiña un ojo a un socialismo tan desnortado como él. Con un horror patológico a que se convoquen nuevas elecciones y los votos que obtuvo prestados del PP vuelvan a donde solían y él se quede con veinte diputados, eso sí, todos muy jóvenes, muy guapos y tremendamente asertivos oportunamente colocados tras un líder del que muchos empiezan a dudar.
Como las grullas, Rivera es muy vistoso, hay que reconocerlo: atractivo plumaje, estilizadas formas y ¡qué pico, señores! Pero, como estas aves, de seguir su deriva, se quedará en elemento decorativo del paisaje político. Falta responsabilidad, consistencia, constancia, claridad y rigor. Porque las grullas, como todo el mundo sabe, se alimentan también de grillos.













