Estado y Nación

Miguel Manrique
Periodista y escritor.
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Uno de los principales problemas que existen con los representantes políticos —y no sólo en España, sino en la mayoría de los países— es que carecen de cultura política; concretamente, de conocimiento de la teoría política. Es como si un médico, por ejemplo, no supiera qué es la Fisiología; es decir, cómo funciona el cuerpo humano. O un panadero desconociera la función de la levadura.

Es por ello que nuestros políticos, sobre todo los situados en formaciones de izquierda, son presa fácil de los particularismos regionalistas; los autodenominados nacionalismos. Los que sí saben qué es la Nación y qué es el Estado, pero que simulan no saberlo manipulando ambos conceptos, con el fin de tramitar su mitología regionalista. Intentaré definirles a nuestros representantes cada término, aunque me temo que el resultado será infructuoso.

El Estado: En un momento pre o histórico, por circunstancias totalmente aleatorias, un grupo humano, habitante en un territorio, se hace con el poder absoluto sobre los demás grupos que pugnan por hacerse igualmente con el control político. Todos estos competidores son malos; no hay ninguno bueno, puesto que nos encontramos en el llamado estado de naturaleza, que tan sabiamente han analizado Thomas Hobbes y otros filósofos políticos. Ha nacido el Estado.

La Nación: Una vez que el dominio político y militar se consolida, se dan en el territorio un sinfín de relaciones de carácter económico —sobre todo económico— sociales; lingüísticas; personales a niveles de uniones carnales, con las consecuentes descendencias mixtas o mestizas; artísticas; idiosincráticas con todos los matices y hasta lúdicas y deportivas. Ha surgido la Nación. Y lo ha hecho al margen de la raza, la lengua, la religión o cualquiera otra distinción que presenten cada uno de los grupos humanos, conformantes de la unión a que les ha llevado la acción hegemónica del grupo triunfador.

Por lo tanto, Estado y Nación se solapan casi al mismo tiempo, dado que el primero se convierte no sólo en administrador de las mencionadas relaciones, sino en catalizador de las mismas. El Estado es ese recipiente que contiene a la Nación, dándole forma y personalidad dentro de él y allende las fronteras, de cara a las demás formaciones nacionales que se han generado de idéntica manera. La hegemonía a la que se ha hecho mención, se diluye con el tiempo gracias a las relaciones que se van forjando entre los diferentes grupos. Dándose la paradoja que cualquiera de los derrotados en el momento conformador ya remoto, puede perfectamente pasar a la posición hegemónica, desplazando a un incierto lugar al grupo históricamente catalizador.

Sucede, así, que tanto la Nación como el Estado son hechos culturales, artificiales; es decir, generados por el hombre. Cultura es todo aquello que hace el ser humano; cultura es lo opuesto a naturaleza; cultura es todo lo artificial. La lengua, la raza e, incluso, la religión, son hechos naturales; es decir, no generados por los humanos; nacen y hasta mueren con ellos. Por lo tanto, no plasman ni al Estado ni a la Nación, que son construcciones que los humanos se han dado para poder desarrollar una economía y demás relaciones, al margen de defenderse de otros grupos más y mejor belicosos que pudieran destruirlos.

Pero lo más importante de todo este proceso, son las relaciones humanas forjadas a lo largo de la historia del grupo político-social, nacido gracias a la interacción Estado-Nación.

Espero —y aspiro— a que estos cortos apuntes sobre Estado y Nación hagan mella en algunos de nuestros políticos de izquierda. Y que desechen, de una vez por todas, la equivocada teoría de que la Nación —hecho cultural, artificial— surge de la lengua; fenómeno totalmente natural.

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