Pedro y Pablo, los nuevos apóstoles de la izquierda

Abel Cádiz
ABEL CÁDIZ RUIZ es el presidente de la Fundación Emprendedores. En el pasado asumió un compromiso con la transición política, al lado de Adolfo Suárez. Fue miembro del Consejo Nacional de la UCD y Presidente en Madrid. Tras ser diputado por la Comunidad de Madrid abandonó la política para dedicarse profesionalmente a la docencia y a la actividad empresarial.

Estamos ante una interesante analogía metafórica por la pugna electoral que va a librarse en la izquierda española. Hace 2000 años el cristianismo vivió un pulso dialéctico entre los apóstoles Pedro y Pablo que duró varios años. Lo ganó Pablo porque convenció a Pedro de la inconveniencia de la circuncisión obligada y de prohibir ciertos alimentos. Como consecuencia el cristianismo salió de una competencia planteada en el ámbito restringido del judaísmo, para convertir a los gentiles en una larga confrontación con el paganismo romano al que destruyó.

Ahora, dos líderes llamados Pedro y Pablo representan modelos antagónicos en una religión sustitutiva como fueron, desde el siglo XIX, las ideologías revolucionarias. Sin embargo el primero representa la tradición del poder asentado, desde hace varias décadas, por una izquierda que rehusó la vía revolucionaria y, por ello, ha alternado en el poder político en la Europa libre hace más de medio siglo. Pedro Sánchez solo se ha ejercitado como apóstol unas semanas, pero lo ha hecho con éxito como prueba su triunfo en el seno de un partido con historia y peso en España. Sin embargo, Pablo Iglesias acumula mucha más experiencia de apostolado y, además, su prédica puede tener bellos contenidos utópicos que a su rival le será más difícil formular.

Si aceptamos que la transición concluyó con la UCD (que se consumió en ella) y Felipe González fue elegido Presidente en 1982, desde entonces los socialistas han gobernado 22 años, el doble que el Partido Popular. Uno de sus más relevantes izquierdistas de entonces, Alfonso Guerra, aventuró que a España no la conocería ni la madre que la parió tras pasar por el socialismo. Un hecho cierto es que la transformación ha sido inmensa pero otro, no menos cierto, es que la democracia se ha degradado seriamente, los partidos se han convertido en organizaciones cerradas que controlan los aparatos y con predominio de representantes mediocres y poco ejemplares.

Los graves defectos acumulados por el sistema son tolerados por la ciudadanía, que tiende siempre a la pasividad, cuando las condiciones de vida son soportables y, como quiera que hemos tenido años de abundancia, equiparables a la imagen bíblica de las vacas gordas, el cabreo colectivo no alcanzó en ese tiempo cuotas graves, es decir, porcentajes superiores a seis dígitos en términos de votos de rechazo al duopolio que ocupaban PP y PSOE. Y eso es lo que ahora se ha producido. Pablo supo verlo con anticipación, cuando los partidos instalados en el sistema, a los que identificó con una palabra eficaz (la casta) ni siquiera lo vislumbraron. De ahí el éxito de Pablo y la confusión creada, hasta el punto de que Mariano Rajoy le ha hecho sin querer propaganda en la Escuela de Verano del PP.

La analogía se extingue aquí, los dos apóstoles cristianos murieron en Roma, mártires de su causa, con muy poco tiempo de diferencia. En nuestro análisis actual, Pedro podrá ganar la batalla a Pablo si se esmera debidamente y construye un discurso de cierta hondura en lugar de acudir a la vulgar dialéctica que hemos sufrido con candidatos/as diciendo lo malo que es el contrario/a y estableciendo una carrera de sacos para ver quien gana en izquierdismo radical. En verdad Pedro tendría materia para ello en el campo de las ideas, porque en una crisis como la que sufre España con más agudeza que otros países de la Unión Europea, el debate fundamental es como gestionar un modelo económico eficiente desde dos enfoques en contraposición, frente a los que no han existido alternativas validadas: Un enfoque se basaría en apostar por más libertad, por reconocer e incentivar el mérito, por la confianza en la iniciativa individual, por el fomento del espíritu emprendedor como motor de progreso, es decir, principios liberales a los que hay que imprimir gestión de equidad social. El otro por incrementar el intervencionismo, restringir la libertad económica, reconducir las iniciativas individuales y desarrollar más instrumentos de control desde la pretensión de que nadie se desmande en una sociedad cada vez más compleja, incapaz de atajar con la contundencia necesaria a los delincuentes de la economía financiera, cuyos excesos pueden herir de muerte el capitalismo.

El socialismo democrático, del que el PSOE ha sido genuino representante español ha dado prueba en el marco europeo de saber buscar y encontrar equilibrios sutiles y eficaces. Al fin y al cabo, de lo que se trata es de combinar la creación colectiva de riqueza con mecanismos de distribución que se perciban como justos; de medir bien los recursos y saber priorizar los capítulos más sensibles para amortiguar los desajustes inevitables a que tienden los miembros de la sociedad. Felipe González se esforzó por lograrlo y ganó cuatro elecciones generales si bien Zapatero, ocho años después marco un hito de ineficacia difícilmente igualable, sobre todo porque destruyó ciertas creencias arraigadas: el común de la gente pensaba que a Ministros llegaban los mejores y eso inspiraba confianza, incluso en quien no le hubiera votado. Zapatero quiso enseñarnos que podían darse responsabilidades a alguien que no hubiera demostrado previamente ningún mérito para ejercerlas y se recreó en hacerlo; luego despertó ciertos demonios al tratar de reescribir la memoria histórica que muchos españoles tenían de lo que fue el trauma de la Guerra Civil y, finalmente, para rizar el rizo negó la crisis.

Pues bien, el más completo análisis de lo que ha sucedido electoralmente en las recientes Elecciones Europeas se debe a un primer espada de la investigación demoscópica como es José Miguel de Elías, que ha diseccionado con maestría de cirujano social el comportamiento de los electores. Sostiene que la mitad de los votantes del PP se ha quedado en casa, lo que debería inquietar a Rajoy, cuya actitud de funcionario de élite se manifestó en un menosprecio a muchos de sus votantes, seguramente sin pretenderlo, pero que estos percibieron como tal. Nunca se había mostrado antes de forma tan palpable que lo que esperaba era el voto mecánico a la sigla (recuérdese la forma y el momento de dar a conocer a su candidato). Sostiene Elías igualmente que cuatro votantes socialistas de cada diez se ha abstenido. También nos cabe una explicación: por el discurso carente de ideas, de contenidos, de conceptos, que manejó la candidata de Rubalcaba. Se abrieron, no obstante, agujeros reales por el que se fueron conscientemente hacia otras candidaturas en torno a un 20% de votos del bipartidismo y aquí es donde el efecto Pablo Iglesias ha adquirido relevancia notable. Pero la transversalidad de Podemos aúna diversos efectos, uno de ellos importante es el de la solidaridad del cabreo y puede permanecer si la crisis se alarga, pero otros pueden ser fugaces cuando en su actividad política real deba complementar su discurso meramente critico con un discurso de propuestas. Con la reacción del PSOE es evidente que al atractivo de Pablo Iglesias puede anteponer ahora el atractivo de Pedro Sánchez, por tanto la diferencia va a dirimirse según la visión del modelo de sociedad que nos transmitan y las referencias que nos ofrezcan.

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