Pedagogía de la crisis industrial

Por
— P U B L I C I D A D —

Llevamos mucho tiempo leyendo sobre la crisis y, ciertamente, es tal su hondura y tales sus consecuencias que se está produciendo un cambio de nuestra percepción sobre casi todo: de la política, de los hábitos de consumo, de las aspiraciones profesionales, de nuestra visión del futuro. Se ha instalado un clima de confusión, los ciudadanos constatan que la gestión de los gobiernos no está a la altura de los problemas y, por otra parte, el diagnostico de las causas de la crisis no es coincidente, porque si algo ha caracterizado a la sociedad de nuestro tiempo ha sido su tendencia a pasar por el filtro de las ideologías cualquier análisis de lo social y la economía es el marco que regula lo fundamental de la vida social.

En ese análisis de causas lo que se ha hecho oír con más ruido es la identificación de unos cuantos villanos: los mercados, las multinacionales, los bancos, el neoliberalismo. Convengamos que como actores a los que dedicar una sarta de insultos y facilitar formas de indignación gregaria esto ha sido útil. Para cierta izquierda, además, ha supuesto una recuperación de fervores ideológicos que incluye realimentar sueños revolucionarios, pero nada de esto cambia el drama que sigue ahí presente y nos tiene estupefactos: cerca de seis millones de españoles sin trabajo a los que se suman cerca de veinte que aportan, Italia, Grecia, Irlanda, Portugal, entre otros países de la Unión europea incapaces de recuperar el sistema de alto empleo que funcionó para las generaciones precedentes. Tardaremos tiempo en salir del estupor, son demasiados años cultivando creencias que han afianzado la idea europea de haber alcanzado para siempre el Estado de Bienestar. Ahora la cuestión es identificar las tendencias que van a determinar el futuro, por lo que no está de más recordar de donde venimos y esto no es difícil para cualquier persona que naciera en la postguerra europea o española, ya que prácticamente coincidieron en sus efectos.

Recordemos que Europa (y España) quedaron asoladas por haber sido escenario de guerra. Esto no fue así para Norte América, que no sufrió guerra en su territorio y fue el impulsor de la gran industria bélica que, después, pondría la enorme capacidad productiva creada al servicio de una actividad empresarial dirigida a identificar necesidades y crear otras. Y encima sin complejos, con la ética heredada del puritanismo protestante de los pioneros y refrendada por los padres fundadores. Era el soporte esencial de sus creencias: La riqueza que nace del trabajo es la principal prueba del éxito; el Estado es costoso y limita la libertad de cada individuo, su papel deberá limitarse a ejercer de árbitro en la confrontación capital-trabajo, para mantenerla dentro de un escenario de conflicto controlado. Eso, telegráficamente es lo que ha identificado a los Estados Unidos de América.

¿Y de Europa qué? Cuando se inició la gran recuperación de Europa todo estaba por hacer y bastó la activación de cierto apoyo americano (el plan Marshall) para que se pusiera en marcha un periodo prolongado de creación de riqueza. Solo que el marco de creencias en que se iba a sustentar Europa se alejaba del americano en términos de ideología (y de sensibilidad). Aquí estaba cerca la presión de lo que creíamos había al otro lado del Muro de Berlín. Tan verosímil parecía la validez del modelo oculto que la democracia liberal desarrolló algunos complejos por lo que terminó diferenciándose de Estados Unidos con creencias que arraigaron impulsadas por la izquierda. A saber: la ganancia que obtiene el empresario arranca de un pecado original, el de apropiarse de una plusvalía que genera el trabajador, según afirmaba Carlos Marx y repiten desde entonces los que no han visto como en la actividad empresarial también se pueden producir minusvalías por trabajo deficiente, improductivo, absentismo, etc. que llevan a la ruina a tantas empresas y a un déficit insoportable a las Administraciones públicas. Procede dejar constancia de que para luchar contra ese pecado original estaría la redención que iba a aportar la Socialdemocracia y, por tanto, Europa incorporó a su cultura este aporte ideológico: el Estado debe reservarse el derecho a intervenir en la organización de la economía, y hasta cuatro meses o incluso cinco, de los rendimientos que obtiene un ciudadano, debe recaudarlos y administrarlos el Estado. Había que oponer un contrapoder sólido al ansia de riqueza y esa tensión ha convivido razonablemente entre la formulación socialdemócrata y la liberal.

Hasta ahora, el capitalismo liberal ha tenido como exponentes a los Estados Unidos y a la Unión Europea que han mantenido los respectivos modelos de Bienestar, con sus diferencias, al ser capaces de hacer compartir a sus gentes unos valores que se sustentaban en la existencia de un primer segmento social (el 20% aproximadamente) de holgada capacidad adquisitiva, con un segundo segmento de clase media con ingresos que le proporcionaba cierta seguridad (otro 45%). El potencial conflictivo se situaba en el porcentaje restante, pero estaba amortiguado por expectativas de mejora sobre la base de la existencia de la alta empleabilidad en la industria. Nadie fue capaz de prever, cuando se festejaba la caída del Muro, que lo que había detrás eran grandes contingentes de trabajadores sin calidad de vida, que iban a ofrecerse como mano de obra barata global a un capitalismo que ya se había adaptado al modelo del estado del bienestar, pero que estaría predispuesto a dejarse vencer por la tentación de deslocalizar sus plantas industriales para irse allí donde el comunismo había dejado escenarios de fabricación y consumo tan propicios. Y esto es, ni más ni menos, lo que con toda su crudeza nos está tocando vivir. Así vemos como desaparecen las grandes fábricas que rodeaban nuestras ciudades, con un efecto dominó que deja millones de parados, mientras que un gigante como China despierta al consumo y a la acumulación de capital al ejercer una atracción irresistible para el capital que, como es sabido, carece de patria.

La reacción americana está en fase de revisión del modelo; de hecho se están repatriando algunas plantas industriales. En Europa y más concretamente en España, estamos de momento en la fase reivindicativa ¡Que ningún derecho adquirido merme! Y, además, mostrémonos indignados del todo. Pero el gran problema es no hay el más mínimo atisbo de propuestas que permitan vislumbrar como pueden volver a crearse los millones de puestos de trabajo en el sector industrial que está tocando suelo, mientras en China, India, Indonesia, Rusia, se pueda fabricar todo lo que durante tres décadas hacíamos nosotros. Va llegando la hora de pensar en soluciones, puesto que ya hemos agotado el pensar en el problema.

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