Pactos y fraude electoral

Pactos y fraude electoral
Juan Laguna
Colaborador de Fundación Emprendedores.

Qué duda cabe que el pacto social entre representantes políticos y representados, nace de la confianza de éstos en los primeros, hasta el punto de que, si no existe la misma, tal representación puede considerarse ilegítima.

El peculiar sistema democrático establecido para que sean los partidos políticos quienes reciban esa confianza ha hecho posible que la representación constituya de facto una forma de adhesión a los programas o proyectos de los partidos, más que una representación directa y personal de los ciudadanos. Esto supone en la práctica que el “contrato” entre unos y otros que significa el voto, implica el cumplimiento escrupuloso de tales programas o proyectos, lo que a su vez lleva consigo que tales promesas electorales se realicen desde el conocimiento y la responsabilidad de quienes las proponen.

Una vez depositado el voto, al elector sólo le queda esperar el cumplimiento riguroso de aquello que ha votado y al partido corresponde la exigencia a sus candidatos de responder a las expectativas electorales de sus promesas. Por desgracia tales promesas nunca se cumplen y la credibilidad de los partidos va quedando en entredicho hasta llegar a la pérdida total de confianza en ellos y en el sistema que los mantiene. Eso no parece importarles, puesto que están blindados por la Constitución para ejercer tal representación y, una vez conseguido el poder, ya se pueden sentar a esperar tranquilos la siguiente cita electoral.

Un sistema así está viciado en su base democrática (por mucho que se utilice y manosee el vocablo) ya que no permite la revocación directa del representante por parte de sus electores por incumplimiento del contrato electoral.

Algo de eso estamos viviendo en nuestra propia piel cuando los partidos tienen “carta blanca” durante el espacio entre convocatorias para hacer y deshacer pactos a su conveniencia, olvidando las promesas electorales o retorciendo las mismas con excusas peregrinas. Se produce así un fraude electoral que no tiene repercusiones judiciales y, en la práctica tampoco políticas, pues vemos y comprobamos que se sigue manipulando a los electores por medio de estructuras sociales subvencionadas con los presupuestos públicos. Un sistema clientelar que nadie se atreve a deshacer por la cuenta que les tiene.

La soberanía popular consagrada en el artº 1º de la Constitución, queda reducida en la realidad política a eso. Millones de euros a repartir para conseguir el poder, en lugar de que éste se asiente en la identificación entre el representante y el representado y en el cumplimiento de proyectos políticos concretos y específicos. Los pactos vienen a constituir la justificación última de cualquier tipo de desviación del proyecto o del incumplimiento de las promesas que permiten “alzarse con el santo y la limosna”.

Unas buenas pruebas de ello fueron los pactos de apoyo a la moción de censura del PSOE al PP, donde todo lo prometido por el candidato quedaría más tarde en el olvido, cuando ya se había afianzado en la presidencia del gobierno. Vuelve a repetirse en estas próximas fechas con la búsqueda de apoyo a su investidura, donde juega con la formación de Podemos (como el gato con el ratón) a su conveniencia. La discreción de las reuniones y el secreto sobre tales pactos sirve de telón oscuro de fondo, que en algún caso no ha impedido que salgan a la luz (como los puntos del pacto con el Sr. Torra) o permanezcan ocultos como los que se hayan hecho con otras formaciones como el PNV. Los electores que creyeron las promesas del candidato en uno u otro sentido se verán defraudados porque, lo importante de verdad, es conseguir el poder. Luego ya se verá. Todo es cuestión de márketing electoral.

Por su parte, la formación de “Ciudadanos” parece no encontrar su propio espacio político, tal como demuestra lo que viene ocurriendo casi a diario en su seno donde nadie parece estar cómodo. Si idea de “centro” político al estilo de UCD olvidaba que aquella situación fue provisional y singular (por ello duró lo que duró) y que es muy difícil mezclar el socialismo con la defensa de la libertad. Su condición de “bisagra” es la que propicia más los pactos, tanto con unos como con otros ya que tiene “cantera” a gusto del consumidor. Su gran error propio de la bisoñez política, es el haber caído en la trampa francesa que el Sr. Macron pretendía para la UE mezclando de nuevo socialistas y liberales. Esto le ha llevado a una sobreactuación revestida de cordón sanitario que al final le pasará factura por la confusión generada. Una lástima.

Finalmente nos queda el PP y sus deseos de mantener la primacía en la “derecha”, cuando ha venido haciendo políticas socialdemócratas que han pasado por la “izquierda” al PSOE. Su resultado electoral demuestra que no es posible “sorber y soplar al mismo tiempo” y que, desde luego, no está en condiciones de imponer tal primacía. Pero siguen empecinados en lo mismo: en caer en todas las trampas que el llamado “progresismo” les va tendiendo. Su actitud por complejo “progre” ante los desmanes urbanísticos en Madrid”, le ha hecho proclamar una cosa (revertir “Madrid Central”) y la contraria (mantenerlo con la excusa de unas sentencias judiciales que parecen ignorar el artº 140 de la C.E.) contentando así a su socio Ciudadanos (partidario de su mantenimiento) y “pasando” de su también socio Vox. Lo importante es llegar a la alcaldía madrileña y proclamar que la ha recuperado el PP. Lo que es falso.

Como vemos, el fraude o engaño a los electores se reparte en todo el mundo de los partidos con la excusa de los “pactos” necesarios para alcanzar el poder. De los ciudadanos libres (no subvencionados) depende que su cada vez más escasa soberanía, no esté manipulada a conveniencia de unos y otros. Que el sistema clientelar sea abolido porque pervierte las esencias de la democracia y que, ese “empoderamiento” ciudadano, vaya acompañado de las denuncias de las imposturas y fraudes a que el sistema político nos ha acostumbrado.

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