Pactos, estabilidad y gobernabilidad

Por
— P U B L I C I D A D —

En un artículo anterior ya me refería a las presiones interesadas que, desde distintos puntos trataban de presentar España como un estado “fuera de la ley” al no haberse logrado mayorías parlamentarias que hicieran posible un “gobierno fuerte” para la “estabilidad” y “gobernabilidad”. Nuevas trampas en el lenguaje torticero de quienes desearían que nada cambiase en el panorama anterior, donde dos partidos políticos defendían las mismas cuestiones y sólo parecía posible un cambio cosmético de “personajes o líderes” en los espacios mediáticos. Nada nuevo bajo el sol en una Europa manipulada y sometida a una especie de “socialdemocracia”, donde lo único que varía es el atuendo externo.

Por esa razón parece oportuno insistir en que en España existen unas leyes y unas instituciones que son las que deben garantizar la seguridad jurídica necesaria para la convivencia ciudadana. Existe pues gobernabilidad por parte de quien tiene todavía la función ejecutiva de velar por el cumplimiento de las normas y el funcionamiento institucional y, en último término, hacer propuestas legislativas ya que “gobernar” no es “legislar” por mucho que así lo proclamen.

Lo único que ocurre es que el poder legislativo —que es el único con capacidad de hacerlo— está pendiente de conformarse en las Cortes Generales a través de la normativa existente, con un proceso cuya duración y resultados están aún por conocer, al incorporarse nuevas fuerzas políticas y no existir la voluntad electoral de mantener mayorías parlamentarias. Eso es lo que hoy por hoy tenemos y, darle más vueltas al asunto, son ganas de marear la perdiz y hacer trampas con el lenguaje.

Ante esta coyuntura, los voceros mediáticos de todo tipo, tratan de “orientar” con intenciones diferentes los posibles “pactos” para formar un gobierno. Un gobierno que juraría en todo caso lealtad institucional y constitucional a la espera de que la iniciativa legislativa que fuera necesaria, surgiera de las nuevas Cortes (del pueblo) en lugar de limitarse a recibirlas imperativamente de un ejecutivo con mayoría absoluta parlamentaria. Estas son las reglas del juego democrático y tratar de sesgarlas en cualquier sentido, sólo puede demostrar el “respeto” a ellas de muchos que se llenan la boca hablando de “democracia”.

No sé si es una cuestión de nuestro cómodo miedo a la libertad el tratar de vendernos la idea de “gobierno fuerte” (para poder imponer a su vez todo aquello que —también con buenas intenciones— se les ocurra o, mejor dicho, se les imponga a ellos desde espacios exteriores). La verdad es que el PP ha tenido una amplia mayoría en estos cuatro años —como antes las tuvo el PSOE— para hacer posible los cambios necesarios en España. Eso era al menos lo que se ofertaba electoralmente para después demostrar, bien su incapacidad para ello o su sumisión incondicional a lo que se nos imponía. El “contrato social” para el que fueron elegidos por los ciudadanos, se ha roto unilateralmente siempre, sin que nadie pestañeara o exigiera su cumplimiento. En definitiva, de poco sirve lo prometido si no se está en condiciones de cumplir esas promesas.

Mientras tanto han aparecido otras formaciones también llenas de promesas en sus programas electorales. Unas formaciones que no han logrado los escaños suficientes por la injusta ley D’Hont y por la inercia electoral para plantearse la responsabilidad de gobernar. En teoría se trata de nuevas personas con nuevas propuestas y alternativas que, o bien tienen una sólida base para no generar frustraciones o serán nuevos brindis al sol, en función de quienes las constituyen. En sus filas se han integrado muchas personas procedentes de partidos ya en trance de desaparición (como UPyD o IU) buscando la supervivencia personal del cargo, sillón y sueldo o, en el mejor de los casos, convencidos de haber encontrado el lugar donde realizar sus ideales políticos (todo se verá y se andará a lo largo del año) que, como es lógico, están más experimentados que los “novatos” que, sin comerlo ni beberlo, se han encontrado con la posibilidad de tener responsabilidades públicas. De ahí vienen los posibles “pactos” y, como se ha visto en Cataluña, su manipulación por los más avezados y cómo ha quedado al final el “proceso” (nunca Kafka estuvo tan presente) con las declaraciones del nuevo presidente del gobierno catalán que han caído como un jarro de agua fría en las filas de las CUP.

Las quinielas de pactos se cruzan a lo largo y ancho de todas las tertulias, de todos los medios y, sobre todo, de los muchos intereses en juego. Según nos dicen (aunque cada vez nos lo creamos menos), los supuestos “inversores” o los llamados “mercados”, pretenden el mantenimiento de los sistemas anteriores y apoyarían el “gran pacto” del PP, PSOE y Ciudadanos. Esto supone que, tanto el PP y el PSOE mantendrían su posición y Ciudadanos habría resultado el “tonto útil” de la operación, ya que se diluiría en la misma. Al mismo tiempo, como no dan una puntada sin hilo, juegan también con las fichas opuestas: pacto PSOE, Podemos y Ciudadanos y, en función de los pactos, ampliar el mismo por si fuera necesario a las formaciones nacionalistas cuya representación en el Parlamento sigue sobredimensionada por la dichosa ley D’Hont. La cesión de parlamentarios por parte del PSOE a estos grupos va en esa dirección y las Cortes Españolas pierden su credibilidad de representación electoral, por muy precaria que fuera, ante los cambalaches entre los partidos. Los “tamayazos” conspirativos han salido de la excepción para convertirse en norma. Todo antes que jugárselo en una segunda ronda.

Finalmente nadie —aunque parecía lo más obvio en principio— se plantea un posible pacto entre los emergentes donde, en su declaración de intenciones regenerativas, parecían coincidir. Un pacto así, con el bajón de Ciudadanos sobre las expectativas de los sondeos y la amalgama de “sensibilidades” que ha nutrido al grupo parlamentario de Podemos, no permitirían tampoco alcanzar un pacto de los supuestos “revolucionarios” contra el “antiguo régimen”. Primero porque, como se ha visto, los “nuevos” —como los malos actores— llegan en muchos casos con los mismos defectos que los antiguos desde su militancia partidaria clásica. No se trata de ciudadanos “empoderados” que han dejado sus actividades más cómodas o lucrativas para dedicarse a la política sino que, en muchos casos, han echado los dientes o están buscándose la vida en formaciones más novedosas. En este escenario unos se plantean su posible subida (o al menos mantenimiento) y otros su caída aún mayor. Podemos quizás engordaría con los votos de IU, pero también podría perder escaños si algunos de sus socios decidiera ir por libre. Por su parte Ciudadanos debería avanzar más en sus propuestas o su identidad ideológica (sus reformas “light”, contradictorias a veces, parecen moverse entre un liberalismo un tanto “neo” y una socialdemocracia del mismo tipo que despista al elector y no se identifican con lo que fue en su momento ya pasado el “centro” político). Ahí están los descalabros de UCD, de la llamada “Operación Reformista” y del posterior CDS para demostrarlo. Parece que cada proyecto tiene su momento y su oportunidad.

La conclusión es evidente: perder el miedo a unas nuevas elecciones que harían posible clarificar y revisar los resultados de esta primera vuelta, una vez que, pasado el tiempo reglamentario. Esto permitiría conocer más a fondo las luces y sombras del comportamiento de unos y otros, su firmeza de ideas o sus flaquezas para alcanzar el poder a toda costa.

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