¡Pactad, pactad, malditos!

¡Pactad, pactad, malditos!
Antonio Imízcoz
Periodista.

Nada nuevo bajo el sol. Para este viaje no hacían falta alforjas, porque nos hemos hecho un pan como unas hostias, que es lo que se dice cuando se hace algo mal y el resultado final no soluciona nada, sino que lo deja en peor situación. O sea, lo de Pedro Sánchez y las elecciones del 10 N.

A lo mejor es que los españoles somos tan cabrones que, cuando nos tienen como a un dominguillo, de urna en urna, nos vengamos de los incompetentes adelgazando el alambre, para que el equilibrio se haga más difícil y comprendan que no les queda otra que agarrar una barra más larga que los estabilice por derecha e izquierda.

El día después, los españoles comprobamos que, en efecto, lo que sale del horno panificador ni abulta, ni cunde, ni mucho menos alimenta. Ahí la tienes, báilala.

Y a ver cómo se baila esto y que pareja eligen los danzantes. En 1969, Sidney Pollack filmaba la historia de una serie de personas desesperadas que participaban en un maratón de baile, hasta el desfallecimiento, para conseguir comida y un sitio donde dormir bajo techo: “Danzad, danzad, malditos”.

Independientemente de que el formato ha sido replicado, con ventaja, por muchos programas de Telecinco, como circo humano, el resultado electoral resulta igualmente dramático, oscuro, siniestro; porque, al cabo, nadie ha conseguido lo que se proponía. Ni siquiera Vox, cuya subida no sirve de levadura para nuestro pan. Si me apuras, lo deja aún más incomestible.

Pedro Sánchez decidió repetir las elecciones prácticamente al día siguiente de las de abril; y para ello humilló a quienes él mismo declaraba sus aliados preferentes, Podemos, con la excusa de que no iba a poder dormir bien. Y eso que cambio el colchón de la Moncloa cuando echó a Rajoy. Pues a ver cómo duermes ahora, chaval.

Albert Rivera se instaló en el NO a Sánchez cuando hubiera sido la opción más responsable y con mayor visión de Estado. Pero es que Rivera no sabe leer. Obcecado en vencer al PP y convertirse en jefe de la oposición, se olvidó de lo importante y ahí lo tienes ahora que, como dicen las redes sociales, se va a tener que conformar con ir de telonero de Malú. Porque, como el presidente en funciones, tendría que coger hoy mismo el portante. Si no fuera porque todos los políticos creen que Dimitr es un nombre ruso.

Y Pablo Casado, que ha conseguido enjuagar —pero solo a medias— el revolcón de abril, no ha llegado a los cien diputados que pretendía y se queda como colgado de la brocha, a medio camino. Ya lo decía Mecano, “entre el cielo y el suelo hay algo con tendencia a quedarse calvo”.

Total, que a los políticos no les queda otra que sentarse y hablar. Y hacerlo, de una puñetera vez, con amplitud de miras, responsabilidad, generosidad y sentido de Estado para con esta España y estos españoles a los que se nos avecinan tiempos negros en la economía, en la quiebra social que ellos mismos han procurado, y en el modelo de país que nos dimos con la Constitución más duradera de nuestra historia. Ya lo sabéis: si queréis, como los protagonistas de Sidney Pollack, ganaros un lugar bajo el techo común de España y el sustento de vuestra propia existencia como políticos y como partidos, pactad, pactad, malditos.

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