Ni desenterramos a Franco, ni enterramos a Espinete

1
45
Ni desenterramos a Franco, ni enterramos a Espinete
Marta Pastor
Periodista y poeta de Madrid, directora y presentadora de "Ellas Pueden" de Radio 5.

El verano se apodera de nosotros y escribimos sobre cosas de las que no tenemos costumbre. Tal vez sería muy placentero hacerlo a diario y no tener que bregar con la realidad sórdida, porque si no es sórdida no es realidad, que nos roza la piel, haciéndonos cada día más insensibles a la magia, al cuento, a la ilusión, al deseo y a la quimera.

El aire cálido de la tarde no tiene fin hoy, y me entrego a la lectura salpicada, que es como se lee ahora en modo tequi, de la noticia y lo noticioso. A pesar de estar a finales de julio hay tema, que decía un redactor jefe que tuve hace tanto tiempo que parece de otra vida, y tema para rato. Pero el tema, es el monotema, lo insistente y permanente, constante y tan anclado en la paginas de los digitales, que parece que el webmaster calcara cada día la portada del día anterior. Entre el “más de los mismo” veo que nos ha entrado la fiebre de enterrar y desenterrar, como si con estos calores fuera la tarea más idónea.

Hemos empezado por desenterrar a Franco, el pequeño dictador que fue a parar al Valle de los Caídos, ese mausoleo hortera que preside la sierra de Madrid hacia donde el sol se pone. Siempre pensé que era muy curioso que los del “cara al sol” colocarán a su amado líder precisamente en el ocaso. Y también, hemos decidido enterrar a Espinete, que anda en paradero desconocido por los andurriales basureros de San Fernando de Henares, esperando que le den tierra, si es que queda ya algo de él.

PUBLICIDAD

Personalmente, siempre he sido partidaria de la voladura controlada de ese panteón siniestro que siempre me encuentro de frente cuando voy hacia El Escorial. Es el monumento a la herida, a la lesión que nos dejó la guerra civil, a unos en forma de historia, y a otros, aún vivos, en forma de recuerdo de lo que no tuvo que pasar nunca.  Sin embargo, nadie en estos años de democracia ha conseguido bajar el telón definitivo de ese relato, y mucho me temo que ahora tampoco van a conseguirlo. Tal vez haya un punto de magia en todo esto. Es como si el dictador se aferrara a esa montaña artificial y megalítica, coronada por una gran cruz, de la que también se apropió el tirano, y dentro de sus tripas estuviera tejiendo en estos años una patraña virtual de permanencia y presencia, que ha hecho su nombre imborrable, inolvidable y desgraciadamente perdurable. Porque no se equivoquen, pasan los años, y casi los siglos, y seguimos hablando de Franco. El relato inacabado de la dictadura pervive, presidiendo la sierra de Guadarrama, y nosotros abajo en el llano, seguimos bajo el manto de ese magnetismo aciago, atrapados en la memoria, y a la vez intentando olvidarle. Una contradicción que como una maldición nos persigue a lo largo del tiempo.

Y mientras, en ese afán de inhumar y exhumar que nos ha entrado, buscamos los restos de Espinete, el erizo gigante rosa de la tele, que ahora anda perdido en un albañal de la zona sur de Madrid encapsulado con los trajes de Letizia, todo contaminado de amianto. Ese amianto que en esta santa casa donde trabajo negaron una y otra vez, hasta que la evidencia fue tan fuerte que tuvieron que derribar los estudios y aislar todo lo que había dentro, incluido el pobre erizo que solo se vestía para irse a la cama. Me pregunto como nadie se dio cuenta de que los niños y niñas de entonces, se deleitaban con un erizo parlanchín que se paseaba desnudo por la pantalla. ¡Madre mía que falta de decoro¡ J. Ni siquiera los restos mortales del Consejo de Administración han sido capaces de aclarar la situación. Han dejado escrito a sus sucesores, si alguna vez los hay, que ha quedado abierta y sin cerrar una investigación sobre el erizo y demás entes, que yacían en los estudios derrumbados sin ninguna conclusión posible. Hemos matado a Espinete y ni siquiera le hemos dado tierra.

Somos un país extraño. Nos aferramos demasiado a lo que simbolizo algo, sea lo que sea, incluso cuando lo que eso supuso, vaya contra nosotros. Empezamos y casi nunca acabamos, dejamos las puertas entreabiertas, nos tapamos la cara con las manos, pero dejamos un resquicio entre los dedos para ver de vez en cuando, y en esa espiral infinita en la que vivimos, nos gusta hacer ejercicios de giro de cabeza para tener siempre la elasticidad de poder mirar atrás, aunque sea de soslayo de vez en cuando. Necesitamos el recuerdo para odiar o para amar, se nos hace bola el olvido, y volvemos una y otra vez sobre fantasmas, unos dulces y otros amargos para, quizás, reafirmarnos en lo que somos o queremos ser,  y en este afán tan surrealista, propio de una película de Jose Luis Cuerda,  ya ven, no somos capaces de desenterrar a Franco, ni tampoco de enterrar a Espinete. Tal vez sea verdad ese topicazo de que España, es diferente.

Es la una de la tarde. No llueve en Pozuelo y la temperatura exterior es de 30 grados.

PUBLICIDAD

1 Comentario

  1. Creo más bien que se trata de mantener el enfrentamiento social y que la sociedad no perciba la falta absoluta de rumbo en que está el gobierno. Un artificio de prestidigitación, sólo apto para mentes predispuestas al conflicto. Un saludo.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.