
Han transcurrido unos días desde el seísmo que ha vuelto a azotar la región de Nepal llevando muerte y destrucción a una población ya de por sí sumida en la pobreza y en la supervivencia más elemental, sólo alimentada por las creencias religiosas budistas o hinduistas tradicionales. Al gran número de muertos o desparecidos autóctonos, hay que añadir el correspondiente a las personas que, como turistas, visitan ese pequeño país coronado de los picos más altos de la tierra en la gran cordillera del Himalaya.
Conocí y recorrí parte de él hace años con la mirada del viajero que aprende y está abierto a conocer lo que cada cultura, cada religión, puede aportar a nuestra vida. En esa época, apenas unos pocos viajeros (luego vendrían los turistas) conocían o se atrevían a realizar el vuelo en un pequeño avión que, tras sobrevolar las montañas, aterrizaba ante el barracón (no se podía calificar de otra manera) del aeropuerto de Katmandú, una ciudad sagrada y mágica al mismo tiempo que ostentaba el rango de capital de Nepal, manteniendo sus testimonios arqueológicos y culturales extendidos por su área de influencia. Patán, Bagdaón, Passupatinah, eran otros tantos lugares donde se respiraba la atmósfera del misticismo religioso de su historia.
El Himalaya por su parte, con sus cimas milenarias, había constituido siempre un reto para aquellos alpinistas empeñados en vencer a las majestuosas montañas, solamente equipados con el material más elemental. Resulta emocionante comprobar cómo los montañeros de la época podían realizar esas hazañas en una naturaleza tan hostil en contraste con los viajes programados del turismo actual. “Viajes de aventura” se les llama, pero en realidad son “aventuras” bajo programa, GPS y relativas comodidades para colgar en las redes sociales y presumir ante las amistades.
No obstante, la naturaleza no permanece impasible e inerte ante la profanación de su divinidad por miles de “turistas” que, simultáneamente, recorren las laderas de las montañas, ensuciando con su consumo comercial, la blancura de sus nieves, la transparencia de sus hielos o la majestuosidad de sus cimas encaramadas sobre una de las zonas más sensibles de la corteza terrestre, desde que, el continente indio, hace unos cuarenta millones de años, impactó con la parte meridional del continente asiático, tras una deriva de miles de kilómetros, desde la Antártida hasta su emplazamiento actual. Un impacto que originó la elevación de los Himalayas y su extraordinaria orografía. El borde superior de la placa nómada se hundió bajo la placa asiática, generando una inestabilidad tectónica que ha pasado factura cada cierto tiempo de destrucción y muerte, como lo ocurrido hace unos días. Es como si la montaña se quisiera deshacer de todos los intrusos que la han invadido desmesuradamente.
Nepal es uno de los países más pobres del planeta y sus recursos elementales que habían sido suficientes para su población hasta hace unos años, ahora precisan de esa otra inyección económica que representa el turismo de masas, aún a costa de pervertirse y adulterarse, en un intento fútil de “occidentalizarse”, cambiando sus recursos de belleza natural y cultural por las hamburguesas, los alojamientos modernos o las tiendas de “souvenirs”. El orgulloso “sherpa” se ha convertido en tendero, camarero o criado de quienes año tras año llegan ávidos de “aventura” pero que más tarde se quejarán de la falta de comodidad en la misma. Todo ello sería anecdótico si no estuviera empañado por los miles de muertos o desaparecidos que no buscaban esa “aventura”, sino que, simplemente, vivían en un lugar amparado por las cumbres en las que viven sus dioses que, ahora creen, los han castigado.
La capital Katmandú ha ido creciendo por la emigración interior del campo a la capital donde era más fácil ganar dinero. Como en otros muchos sitios, el espacio rural ha sido abandonado a la busca de una mejor vida, aunque para ello haya que vivir en precarias construcciones extrañas occidentalizadas, que han resultado ser una trampa más peligrosa que las simples cabañas o casas de adobe o piedra aceptadas por los dioses de la montaña. Es más, hay un hecho que podía hacer meditar sobre todo ello: en el Durban de Katmandú sólo se ha salvado la casa donde habita la “niña-diosa” nepalí. ¿Calidad de construcción o suceso extraordinario? En Nepal, como en el Tibet, como en la propia India, subsisten creencias que tienen raíces antiguas. Por las laderas de sus montañas y entre la espesura de sus bosques aún suenan las voces de los “yee-teh”, sus huellas se hunden en las superficies nevadas y sus sombras se pierden entre las nieblas.
Ahora sólo quedan los lamentos por las víctimas. Las quejas por la inexistencia o precariedad de los auxilios por parte de esos “aventureros” ocasionales (con sus excepciones honrosas) que -al parecer- desconocen lo más sagrado del deporte de riesgo: tu vida está en juego y tú eres el único responsable de ella. Esa es la dignidad de la verdadera aventura y del verdadero deporte: lo que te juegas en el envite de mirar un ocho mil de frente para intentar vencerlo. Por muchas comodidades organizativas que te ofrezcan las agencias especializadas, ellas no pueden controlar a la naturaleza y ésta siempre vence cuando se lo propone.
Nepal y su tragedia es algo que nos debe llevar a reflexionar sobre esa pretendida hegemonía del hombre sobre la naturaleza. Por mucho que se la intente domesticar a nuestro capricho, ella siempre encontrará forma de responder a las agresiones recibidas, porque no es una naturaleza muerta, sino muy viva y sensible ante las agresiones humanas. No es cuestión de falta de “modernidad” en la construcción, como la opinión mediática predica, es cuestión de ignorancia y de abuso de la naturaleza. Los aludes, temblores, corrimientos de tierra y movimientos telúricos siempre han estado ahí, pero el hombre, durante muchos años, aprendió a convivir con ellos, a acostumbrarse a su ritmo, a adaptarse a sus caprichos y los daños, en todo caso, podían ser asumidos porque eran parte del tributo a los dioses o castigo por malas acciones.













