Manos a la obra

Juan Laguna
Colaborador de Fundación Emprendedores.

“Para crear algo nuevo, es necesario cuestionar todo lo anterior”.

Estas palabras atribuidas a la diseñadora y arquitecta irlandesa Eileen Gray, bien podrían ser el punto de partida de este nuevo año 2017, ante tendencias a mantener y santificar todo lo anterior o actualizarlo conforme a las necesidades impuestas por la globalización y nuevos modelos de vida en todo el mundo.

A lo largo de 2016 hemos visto como siguen derrumbándose los paradigmas de otras épocas y otras gentes, anclados aún en la supuesta seguridad que ofrecen: desde los vetustos y respetables textos constitucionales de origen liberal (pero transformados en textos de pensamiento único), hasta las estructuras institucionales que ya no dan respuesta a los problemas que presenta un futuro incierto para la Humanidad.

Las construcciones clásicas van cediendo paso a las “propuestas” emergentes en diferentes ámbitos sociales, sobre todo en la cultura masificada donde el predominio de las dependencias tecnológicas, tiene ya carácter casi universal. Si nos damos cuenta, en muchos pueblos aún anclados en lo que se entiende como “primitivo”, existen las comunicaciones móviles y audiovisuales aunque todavía les ronde la miseria, la pobreza, el hambre y la enfermedad. La desigualdad existe cada vez más agudizada por esa falsa imagen de las tecnologías al servicio de las sociedades, donde quien gana son siempre los mismos. Mientras tanto, sólo con las cosechas potenciales de un país como Uganda, se podría alimentar a todo el continente (según los expertos).

Los movimientos de grandes masas de población por unos u otros motivos se han hecho habituales, así como el mestizaje cultural nacido sólo de artilugios como móviles, tabletas o consolas que “uniformizan” a las nuevas (y no tan nuevas) generaciones. Las distintas versiones de los primeros, con sus muchas —y a veces inútiles— aplicaciones, aparecen indefectiblemente en una gran parte de las manos de los usuarios, hasta formar parte de su cuerpo como prolongación de sus manos. Unas manos que se van tornando cada vez menos eficaces en la realización de las tareas y oficios anteriores; como resultado, la soberanía de las neuronas parece transferirse a la soberanía de los “chips”.

Las ideologías políticas históricas solo quedan para explicar lo que ha sido un motivo más de enfrentamientos entre los seres humanos, donde en el fondo se enmascaraban simples ambiciones de poder. En consecuencia, los mensajes derivados de las mismas así como sus organizaciones, han quedado obsoletos como demuestra el rechazo general que provocan ya los términos “derechas” o “izquierdas” en la mayor parte de los países del mundo. El apoyo a los partidos políticos, se mide en puro “clientelismo” comprado desde los presupuestos públicos y la corrupción. La abstención o el rechazo frontal de la mayor parte de la población a una política pervertida, es un hecho incuestionable y ya sólo se espera de los gobernantes que “gobiernen” mucho menos.

Las creencias y religiones en general presentan el mismo panorama por mucho que se las intente involucrar en conflictos bélicos cual nuevas cruzadas. Las personas empiezan a preguntarse demasiadas cosas sobre qué son y para qué están en el mundo, fuera de las explicaciones convencionales que desde púlpitos de todo el mundo reciban. En todo caso corresponden a la intimidad de cada uno y no deben ser moneda de cambio o menos aún pretextos para otros intereses.

La formación personal -o lo que conocemos como “educación”- está resultando ser más compleja de lo que una regulación administrativa pueda establecer. Las materias clásicas que conformaban la base sobre la que construir nuestra propia vida, han sido arrojadas a la basura para imponer unos modelos mucho más prácticos, al servicio de las grandes corporaciones e intereses. Aquellas “preparaciones” para el ejercicio de actividades profesionales, han sido barridas de un plumazo y sustituidas por otras (o ningunas) adocenadas y banales.

Las enfermedades comunes han dado paso a otro tipo de problemas psíquicos y físicos en lo que se conoce como “mundo civilizado”, cuyo diagnóstico resulta complicado y que, muchas veces, lo que provocan es una proliferación de gente medicamentada o intervenida sin ninguna justificación razonable. El mundo de la sanidad es un mundo de consumo más y, por tanto, no obedece a pautas humanísticas sino a pautas económicas (por cierto, cada vez más inciertas en sus pronósticos y realidades) cuestionables.

Por último y para no hacer más extenso este repaso de donde estamos, hemos tenido que fabricar “enemigos” que justifiquen la proliferación y venta de armas en todo el mundo. El negocio es lo primero. En lugar de orientar la investigación a mejorar las condiciones de nuestra vida y la de nuestros semejantes, nos empeñamos en mantener los enfrentamientos de cualquier tipo basados sólo en modelos arcaicos como los “imperios” o la lucha de géneros. Es la “industria de la política” que muy bien calificaban hace un par de días los periodistas Javier Benegas y Juan M. Blanco en un formidable artículo: “2016, el año en que el mundo enloqueció” (Vozpópuli.31.12.16).

Ante este panorama y de cara al presente año la pregunta es: ¿qué espera a esta sociedad mundial fuera de vivir en el miedo y el sometimiento? La obvia respuesta sería: la resignación y la aceptación de esclavitud derivada de su falta de coraje y de su exceso de comodidad. Un mundo “orwelliano” tutelado por quienes se han erigido en “poderes” de todo tipo; por los que han sabido aprovechar la dejación de los demás para establecer sus propios intereses.

Otra cuestión sería si, todo lo ocurrido hasta el momento, es capaz de generar nuevos impulsos de construcción social diferente. Sobre todo en los que tienen una mayor preparación y capacidad para colocar las “primeras piedras” de otros edificios más acordes con las aspiraciones humanas. Generosidad, altruismo y honestidad son los valores a recuperar en un mundo podrido, abocado quizás a la simple supervivencia. No es un trabajo fácil ni cómodo. Al contrario. Es un trabajo para “aguafiestas” responsables que prefieran vivir la verdad a la hipocresía. En esa verdad estará su libertad verdadera. Hay que ponerse manos a la obra. ¡Ojalá seamos capaces de hacer realidad esos buenos propósitos anuales a partir de 2017!

 

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