
En el llamado “escudo de la democracia” que aplica a la UE la señora Von der Layen —presidenta de la Comisión Europea— llevan tiempo apareciendo manchas antidemocráticas, como la anulación de las elecciones en Rumanía, (“igual lo podemos hacer en Alemania”), el consabido “cinturón sanitario” aplicado a los disidentes, las políticas de la cancelación aplicadas a los discrepantes, el intento de control de los poderes del Estado, la utilización torticera de los mismos en beneficio particular o las guindas que adornan el pastel de leyes contra los ciudadanos soberanos europeos y sus derechos.
En España se anuncia una “ley de medios” bajo el disfraz constitucional de buscar una información “veraz”, un derecho proclamado por el artº 20, 1.d) del texto constitucional. Un derecho que se contradice en el propio artº 20.2: “El ejercicio de estos derechos no puede restringirse mediante ningún tipo de censura previa”. En nuestra opinión sobra además el término “previa” porque deja abierta la puerta a una censura posterior. Es decir, no sirve para nada el enunciado inicial: “Se reconocen y protegen los derechos a) A expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción”, porque tal libertad presunta estará siempre condicionada por sanciones, coacciones, premios, subvenciones, etc. del gobierno. Por el miedo o la codicia, en definitiva.
El poder necesita a los medios para la propaganda y los medios necesitan al poder para subsistir servilmente. Los poderes “salvajes” (Ferrajoli) necesitan a la política como herramienta al servicio de sus intereses particulares. Ambos forman una mezcla deleznable de lo público y lo privado, que intenta taparse con un lenguaje estrambótico y pueril. “Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” proclaman los Evangelios. Cuando lo institucional y lo civil van por el mismo sitio, debemos recordar el refranero otra vez: “Reunión de pastores (rabadanes), oveja muerta”. Cuando los intereses de los poderes oligárquicos coinciden, hay que echarse mano al bolsillo o “andar con pies de plomo”.
La prensa o los medios de comunicación crecieron como un contrapoder: la búsqueda de la información veraz. Siempre estuvieron a su servicio y el mayor honor de sus profesionales (como tantos otros) consistía en su honestidad y ética profesional en aquellos países considerados “democráticos”. Por eso se conocieron como “cuarto poder” añadido a los habituales, en la confianza de que servirían a la verdad y esta verdad nos haría libres. Era impensable el “engrase” o alquiler de opinión y la dignidad profesional presidía el trabajo. Era el mundo de los “datos (o realidades), contra los relatos de propaganda”. Hoy parecen haberse invertido los términos escondiendo los datos (salvo siempre honrosas excepciones) y cubriendo de “relatos” o “cuentos” la realidad por muy tozuda que sea, perdiendo la reputación y la confianza de los ciudadanos. Y ya es difícil recuperarlas.
Decir y, sobre todo, oír la verdad ha resultado siempre molesto. Para eso se creó la censura. Con las buenas intenciones de evitar a los ciudadanos noticias u opiniones que los sacaran de su “bienestar” y los preocuparan. El sentido del poder ha sido siempre la sumisión de los demás. El “poder” equivale a la fuerza que tiene alguien para doblegar las voluntades de los demás, bien por coacción física, social, económica o ideológica, sometiéndolos a la suya propia. De ahí la atracción que ejerce sobre las personas sin escrúpulos.
El estado moderno democrático ha intentado superar esas tentaciones, como viejas y anacrónicas visiones de absolutismo o totalitarismo desde el mundo de la Ilustración, pero una y otra vez renacen en las almas codiciosas. Por eso ya no sirven las referencias a “equilibrio de poderes” que se inicia en España con la muerte de Montesquieu (Guerra) y ha permeabilizado al resto del mundo que se pretende “civilizado” (esto es sometido). La patética figura del origen divino de los antiguos monarcas, ha dado paso a la falsa figura de las soberanías populares. El poder, como la energía, no se destruye, se compra.
Es un poder que precisa de admiración y boato para encandilar a las masas y someterlas con sus relatos. De ahí su interés por los medios de comunicación (de masas) y la influencia de los mismos sobre dichas masas. Unas masas que dócilmente aceptarán como “palabra de Dios” cualquier información o desinformación que salga de cualquier medio. Todo depende de quien pague. Directamente con subvenciones o indirectamente con publicidad. Se crea un mundo de estrellas al más puro estilo Hollywood que influyen socialmente. Se los busca, se los admira, se los fotografía, marcan estilo de indumentaria, etc. Ellos serán los que transmitan el mensaje, los que orientarán el relato ante las audiencias según convenga a quien mantiene el tinglado. Hay desprestigio intelectual o ético, pero son más sabrosas las cantidades percibidas a cambio.
Por eso se han ganado a pulso este intento de control y censura. Porque en una buena parte (salvo excepciones que caen en la política de cancelación) se han convertido en correas de transmisión ideológica, acríticas con el poder y ajenas al control del mismo. Como simpáticos perritos falderos que lamen el calzado de quienes dependen, no se han dado cuenta de estar perdiendo poco a poco la confianza de los suyos, de quienes les creyeron antes, de quienes les admiraron antes por su valentía, pundonor y honestidad.
En breve tiempo el “escudo de la democracia” que pretende ser la UE, tendrá una nueva grieta, una nueva mancha irreversible. un daño más que añadir a todos los demás si sale adelante, como se pretende, la censura encargada a un órgano supervisor (entre otras cosas) del control de la actividad del gobierno en sus contrataciones públicas: la CNMC. ¿Por qué será?













