Sin pena ni gloria ha transcurrido de nuevo el procedimiento de investidura del candidato a la presidencia de gobierno y actual presidente en funciones, al amparo de unos resultados electorales claramente insuficientes para la obtención de una mayoría parlamentaria propia y el apoyo de dos formaciones políticas, cada una con sus propios intereses.
Unos días antes, los líderes del Partido Popular y de Ciudadanos volvían a poner en escena la segunda versión del “pacto” para la investidura anteriormente puesto en el mismo escenario por el líder del PSOE, repitiéndose los discursos y el hastío de una ciudadanía cansada de oír una y otra vez los mismos tópicos: la necesidad urgente de un gobierno fuerte y estable, la lucha contra la corrupción o la regeneración política (entre otras obviedades), junto a otras buenas intenciones que, en todo caso, quedan en esa ambigüedad sin fecha de “cuando la ocasión lo permita”.
Ciudadanos, con la mejor de las intenciones, juega ese papel confuso y difuso de lo que se supone es el centro político, lo que le permite pactar con unos y otros sin alterar sus propuestas. Otra cosa es que los unos y los otros estén dispuestos a aceptarlas, alterarlas o suprimirlas, todo en aras de las “negociaciones” que se hayan llevado a cabo. Unas publicitadas y otras que van surgiendo con el tiempo. En todo caso, la figura de “bisagra” (muy apropiada cuando se habla de puertas giratorias) permite siempre vender el apoyo de la forma más conveniente.
Recuerdo un día en el antiguo CDS una conversación con Adolfo Suárez donde intentaba conocer cual era el verdadero objetivo de esa formación (aparte del de apoyar al propio Suárez), cual su programa político y cuales las posibilidades de llevarlo a cabo. Para mí, la ausencia de todo ello, significaba apoyar de manera indistinta a unos y otros (populares y socialistas) según conviniera, pero echaba en falta la carencia de un proyecto propio y diferente a los demás.
En estos días, la posición de Ciudadanos me parecía muy semejante a la de aquel Centro Democrático y Social (socialdemocracia también) que, poco a poco, iría extinguiéndose sin apoyo electoral, hasta acabar en un mero testimonio de siglas por las que peleaban dos o tres grupos similares. Algo parecido también a lo ocurrido con UPyD en época más reciente.
A pesar de la frescura aparente de Ciudadanos, hay en su poso organizativo los mismos resabios de los otros partidos, con afiliados de colmillo retorcido y piel curtida en otras formaciones, junto a personas bien intencionadas, sin experiencia política alguna o sin la más mínima formación de este tipo que, probablemente, se aterrarían ante la posibilidad de responsabilizarse de cargos públicos. Eso unido al hecho de haber apostado únicamente por el “yuppismo político”, les confiere una cierta simpatía, pero no les aporta ni las figuras necesarias y suficientes para formar gobierno, ni los votos para hacerlo posible en el Parlamento. De esta forma se conforman con ser segundones y no transmiten la imagen de vencedores potenciales.
Eso es algo que, en cambio, el desparpajo de Podemos, transmite de continuo. La formación más joven del arco parlamentario no se corta un pelo a la hora de dar a los ciudadanos la imagen de gobernantes aunque, eso sí, luego el coste de su aprendizaje recaiga en los bolsillos de los contribuyentes. Ellos no se limitan a apoyar a otra fuerza como el PSOE, sino que se permiten organizar el posible gobierno y repartir cargos a discreción. En este sentido han comprendido (como lo hizo Guerra en su momento), que el “clientelismo político” debía salir de los presupuestos públicos y que sólo era posible cuando se ofertan cargos.
En medio de todo esto un PSOE superado por su propia historia política, que trata de despegarse de las “viejas glorias” a las que deja en el baúl de los recuerdos, para intentar dar otra imagen diferente a los muchos, demasiados, actos de corrupción que a lo largo de los años protagonizó su partido. Algo necesario para poder mirar a los ojos al rival y llamarlo “indecente” desde una posición moral que lo avale. Un PSOE que libra sus batallas internas entre los que se sienten anulados por el “aparato” y gozan de las “puertas giratorias” agradecidas y quienes pretenden refundar y ventilar los rincones desde Suresnes.
Para terminar, un Partido Popular que permanece cohesionado de cara al exterior mientras esté en el poder, pero que se ha “desnortado” en su gestión política y no tiene claras las posiciones a defender más allá de la unidad de España, los recortes impuestos por la Comisión Europea y los intereses de las corporaciones y de los inversores extranjeros, mientras persigue con saña fiscal a los inversores propios y a los emprendedores de toda la vida. Todo un continuismo ideológico que los electores no entienden y les puede costar la pérdida de su posición.
Todos ellos, junto a los compañeros obligados del grupo mixto de la Cámara de Diputados, han tenido ocasión de disertar sobre algunas cuestiones como:
1.- Reforma constitucional urgente y necesaria para evitar los muchos problemas que nacen del texto actual.
2.- Reforma y reestructuración del sistema autonómico, reduciendo la estructura y simplificando la burocracia y controlando de verdad el gasto público.
3.- Reforma y reajuste de la compleja, variada y absurda normativa que provoca inseguridad jurídica (y demasiado gasto de papel en los BOEs correspondientes).
4.- Reforma del sistema electoral para hacerlo más justo y representativo.
5.- Separación efectiva de poderes donde el Parlamento sea el eje sobre el que pivote el gobierno y el judicial sea independiente.
6.- Revisión y reajuste de los tratados y compromisos internacionales de acuerdo con los intereses nacionales.
7.- Incentivación de las actividades económicas productivas y revisión del sistema de contratación laboral implantado con la última reforma laboral.
8.- Eliminación de cargas (y cargos) públicas en organismos y entidades extra institucionales. Control real de la deuda pública.
9.- Eliminación de las normas que afectan a derechos fundamentales y libertades públicas.
10.- Recuperación de los excesos presupuestarios en contrataciones públicas e investigación de sus motivos (unos 48.000 millones de euros según la CNMC).
Pero ¿quien de ellos lo ha hecho? al menos sin subterfugios ni ambigüedades. Lo dicho: la vida sigue igual, pero el futuro no es para tirar cohetes.













