La toxicidad de Sánchez

La toxicidad de Sánchez
Diego Camacho López-Escobar
Coronel de Infantería, diplomado en Operaciones Especiales, profesor de educación física, licenciado en Ciencias Políticas por la UCM, master en RRII por la S.E.I.

Sánchez en la gestión de la pandemia, no ha decepcionado a sus críticos ni contentado a sus incondicionales o a sus aliados políticos. Fiel a su línea está siendo un desastre sin paliativos, a pesar del apoyo de los medios de comunicación oficiales o privados con subvención. Al desdecirse continuamente no puede liderar nada, en su lugar genera desconcierto y este lleva a la incertidumbre permanente.

El fondo del problema radica en las cifras. España comenzó como el sexto país afectado y rápidamente escalamos posiciones hasta colocarse en el primer puesto de contagios y fallecidos, en comparación relativa a la población de los otros países. De nada sirve alardear en tve de haber sido los primeros en tomar medidas de confinamiento u otras, cuando es mentira y los números no la respaldan. La incoherencia en la comunicación y el uso del engaño sistemático para conseguir buena imagen, pervierten la acción del gobierno e impiden la autocrítica, siempre necesaria en la gestión de cualquier crisis.

Lo que debía ser el liderazgo para salir del problema, se ha hecho parte del problema. Todo el gobierno gracias a su mala gestión se ha vuelto tóxico. Con el nivel sanitario que tenemos, no es de recibo la situación en la que nos han colocado estos dirigentes, que además no se cansan de repetir que “ahora no es el momento de la crítica”. Es decir, abogan por el cheque en blanco cuando por su incompetencia y falta de responsabilidad, todos los días, tenemos centenares de fallecidos. Mientras que los números reales son ocultados a los ciudadanos. Claro que es el momento de la crítica, cuando los responsables son incapaces de asumir su responsabilidad. Su incompetencia la estamos pagando todos. ¿Cómo es posible que Simón siga apareciendo, después de sus meteduras de pata? Quizás es la cobertura detrás del cual se esconde el principal responsable.

En política se valoran los resultados, no las intenciones. Cuando uno se ve incapaz, tiene la obligación de apartarse y permitir que otro equipo más capacitado asuma la gestión. El ministro de sanidad es un filósofo, el de transportes un antiguo portero de discoteca y la de igualdad declara que la economía no hay que dejársela a los técnicos. Un plantel que tiene muy difícil inspirar confianza en personas no abducidas y con un mínimo de objetividad. Sánchez y su equipo han evidenciado su fracaso, todavía es una hazaña conseguir una mascarilla, en el abastecimiento sanitario y su consecuencia directa: el contagio masivo de los sanitarios. También ocupamos el primer puesto mundial.

Su izquierdismo infantil les hizo: despreciar las informaciones que les llegaban desde el mes de enero; priorizar sus objetivos electorales feministas a la seguridad de la población; incapaces de organizar un equipo de crisis con personas competentes en los sectores concernidos; infrautilizar a las Fuerzas Armadas manteniéndolas al margen de la gestión de la crisis, de la dirección logística y de la planificación del escalonamiento sanitario; ralentizar el funcionamiento del Congreso de los Diputados contra lo que señala el espíritu de la Constitución; aplicar desde el inicio una política de comunicación para ocultar la realidad y utilizar canales corruptos de adquisición de material sanitario que permitían comisiones. Todo ello sin propósito de la enmienda y sin la menor autocrítica que facilitara el cambio de rumbo. 

Hoy, la mejor opción sería que el presidente liderara ese paso lateral y facilitara la llegada de un equipo eficaz, así se evitaría el vacío de poder y una verdadera colaboración para detener lo más urgente: el número exagerado de fallecidos. La propia toxicidad de Sánchez hace muy improbable esta opción, a no ser que dentro de su partido se abriera un proceso de reflexión profundo que priorizara el interés nacional por delante del interés personal del presidente.

Al no darse esa posibilidad, sí es probable que intenten una huida hacia delante para tratar de ocultar sus carencias políticas. Para lo cual necesitan controlar más las redes sociales y a ser posible silenciar aquellos medios que todavía no controlan, es decir aplicar la vía venezolana y así abrir el pórtico a un sistema político diferente. En el que cabrían las aspiraciones secesionistas, de la minoría vasca y catalana, a la vez que la desvertebración de la sociedad permitiría el irresistible ascenso comunista.

En la situación que estamos viviendo, la oferta presidencial de unos nuevos pactos de la Moncloa tiene por fin contentar y acallar a la oposición. Mantenerla bajo control. El clima político de entonces nada tenía que ver con el de ahora. Podría superarse si el objetivo de Sánchez fuera el consenso social, pero no es así para impedirlo tiene a Iglesias. Su toxicidad le impulsa a ir hacia adelante, caiga quien caiga.

El camino de la oposición es utilizar la Constitución. En primer término, el artículo 113 y plantear una moción de censura. El que se reúnan los diputados no interfiere en absoluto el trabajo en los hospitales. Los fallos señalados más arriba ameritan dicha iniciativa, mucho más que cualquier otra iniciativa similar que se haya tomado en otras legislaturas. El PP tiene capacidad parlamentaria para presentar 2 mociones de censura en este periodo de sesiones, VOX tiene 1. 

En caso de no prosperar ninguna de las tres oportunidades, el PP puede apelar al artículo 102 de la Constitución ante el TS (apartado 1º), o ante el Congreso de los Diputados (apartado 2º), para lo cual solo necesita 88 diputados. El número de fallecidos por la mala praxis, sí atenta contra la seguridad del Estado.

Si las tres iniciativas anteriores no dieran resultado y la seguridad del Estado estuviera en riesgo, la soberanía y el ordenamiento constitucional también lo estarían y las Fuerzas Armadas tendrían que asumir la misión que les asigna el artículo 8º de la Constitución.

No pueden permitirse los fallecimientos en racimo por una gestión incompetente, los mecanismos constitucionales permiten evitarlo. La oposición debe cumplir su papel.

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