La tercera ola

Juan Laguna
Promotor y fundador de Tiempo Liberal con actividad política desde la Transición. Funcionario jubilado. Empresario. Productor y dramaturgo. Conservador de Bienes Culturales.

Tomo prestado el título del magnífico libro de Alvin Toffler que, allá por lo años 80, trataba de explicar el fin de unas épocas en la vida de la Humanidad y su sustitución por otras que, de alguna forma, dejaban obsoletas y cambiaban en profundidad a las sociedades, civilizaciones, culturas y pueblos.

Desde la primera ola que empezaba allá por la llamada Prehistoria, con sus cazadores y recolectores, pasando por el período agrícola en que la estuvimos ligados a los recursos naturales en forma directa para atender nuestras necesidades, pasamos a través de miles de años, llegamos a una segunda etapa u ola en que las máquinas vinieron a ser las protagonistas de la industrialización y transformación de tales recursos en bienes de consumo que podían comercializarse y distribuirse entre los demás. Todo ello acompañado de los correspondientes cambios sociales, culturales, políticos y económicos, que suponían una ruptura casi total con los modelos anteriores.

La tercera ola sería la de las tecnologías sofisticadas, amparadas por la ciencia y la innovación y desarrolladas muchas veces con fines perversos desde los poderes de todo tipo, pero también útiles como herramientas de trabajo en los más diversos campos. Entre ellos los de la comunicación, la información y el conocimiento, con un nuevo planteamiento que se escapa de las manos de los poderes clásicos, ligados de alguna forma a los patrones cuasi medievales de predominio imperial o colonizado sometimiento, que aún tratan de mantenerse aún desde las llamadas “democracias avanzadas”.

Poco a poco, las antiguas “certidumbres” se fueron transformando en la nueva “era de incertidumbre” (Galbraith) donde es imposible predecir ni hacer ninguna proyección de futuro, estando sujetos a todo tipo de “sorpresas” que el azar nos prepara cada día. Todo el mundo institucional se tambalea y con ello esa anterior “seguridad” que nos permitía proyectar a medio y largo plazo nuestras vidas. Las supuestas fortalezas creadas alrededor de mitos en los que creíamos, se derrumban como las murallas de Jericó ante las verdades desnudas que descubrimos tras de sus muros. Es tiempo de vivir al día y no preocuparse de si habrá un mañana, a la vista del “cortoplacismo” que nos rodea.

Muchos somos los que nos venimos preguntando por ese mañana que nos va a tocar construir de nuevo, ya que vivíamos en un mundo prestado donde los “patrones” o “modelos” que tanto tiempo han pervivido, ya no nos sirven. Son como el carro de mulas comparado con la alta velocidad del transporte. Ha perdido su “utilidad”, tan importante en otros tiempos.

Ahora toca empezar a pensar, diseñar y proyectar sobre lo que todavía tenemos, para evitar en cualquier momento el colapso total de un mundo, tan globalizado e interdependiente, que cualquier estornudo local puede provocar la pandemia general. Lo hemos visto ya a través del siglo pasado exento todavía de todos los nuevos “adelantos” civiles y militares, donde las armas convencionales de potencia y acción limitada, iban convirtiéndose en mortíferos instrumentos de destrucción “masiva” según la terminología del momento.

Las teorías de todo tipo se suceden contradiciéndose constantemente. Desde que el Club de Roma, hacia mediados del siglo pasado empezaba a especular sobre el futuro de la Humanidad y se empezaban a preocupar por algo nuevo como la contaminación, el exceso de población o más recientemente el cambio climático, se han llenado millones de páginas con aval más o menos científico, confirmando o desmintiendo unas cosas y las otras.

Cuando las “izquierdas “ (de entonces) atacaban duramente a los países ricos que pedían el “crecimiento cero” para los avances industriales, por entender que se trataba de perjudicar a los países más pobres, hoy, las nuevas “izquierdas” son las primeras abanderadas del “ecologismo”, del control de la contaminación y de la demografía. Cuando las “izquierdas” de antes eran internacionalistas o globalizadoras, las de ahora apoyan o promueven movimientos nacionalistas identitarios volviendo a la fragmentación territorial. Cuando las de antes eran “pacifistas” hoy están a favor de Hillary Clinton.

La política, en términos generales, ha fallado estrepitosamente en manos de unos poderes fácticos que han impuestos sus reglas al amparo de sus muchos tentáculos financieros a nivel mundial. Se habla de dinero inexistente y se negocia con el artificio o el fraude, obligando a los estados y las naciones a una deuda cuasi metafísica, ilusoria, pues ilusorias son las bases en que ha crecido y se sustenta. Los recursos potenciales de cada país son objeto de especulaciones interesadas y la supuesta “economía” predomina sobre todo y sobre todos. Estamos jugando “de farol” y haciéndonos trampas en el solitario.

“No va a más” dice el croupier cuando arroja la bola a la mesa de ruleta. Este mundo cansado parece no querer ir tampoco “a más” sino esperar resignado la suerte que le toque. La desilusión y la frustración son nuestro mayor enemigo y, a pesar de ello, debemos esforzarnos cada día en pensar y creer en un mejor futuro que nos trae esa “tercera ola” donde, todos y cada uno de nosotros, estamos obligados a aportar lo que sea necesario para evitar mantener los muchos errores cometidos durante esa “segunda ola” que se resiste a desaparecer.

La “tercera ola” será por y para la mayor humanización de nuestras conductas individuales; de recuperación de nuestro sentido de comunidad diversa, ocupada en sus respectivas formas de vida y creencias sin interferencias ajenas; de mayor responsabilidad ante los demás y, por ello, de mayor libertad; de renovación de modelos caducos y rancios que ya deben pasar al desván de la Historia embalados desde el respeto que nos merecen; de demolición de falsos mitos y dioses creados por nuestra ignorancia; de estallido de las muchas “burbujas” llenas de simple aire con que nos engañaron y manipularon; del final de las hipocresías sociales y de las mentiras “piadosas” que nos hacen ver la paja en ojo ajeno mientras obviamos la enorme viga del nuestro.

Hace unos días, con motivo de la elección del nuevo presidente de EE.UU. veíamos como toda la “progresía” oficial (supuestamente democrática), se rasgaba las vestiduras y no aceptaba los resultados electorales. Es esa doble moral que clama por muros no construidos aún, mientras se olvidan de las afiladas “concertinas” con que defendemos nuestras fronteras. Hace falta más “democracia” en los hechos y mucha menos en las palabras. Esas, al final, se las lleva el viento.

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