Nadie se lo esperaba, a pesar de que los científicos lo habían anunciado como irremediable: el cambio climático y el calentamiento global degeneraron en la glaciación del hemisferio norte del planeta tierra, y en masa europeos, norteamericanos y eurasiáticos buscaron en dirección al Ecuador la zona templada y habitable.
Fue la vuelta de la tortilla. Gibraltar, Ceuta, Melilla, inundados de avalanchas humanas que esta vez chocaban con las mismas alambradas que dejara España en los pasos fronterizos, buscando el sur. La policía de los estados africanos vigilaba los movimientos de los europeos que huían, y de vez en cuando se ejercitaba en el «tiro al blanco», allá donde la policía europea había hecho tiro al negro otrora sobre subsaharianos que buscaban Europa a nado.
A los afortunados europeos que conseguían superar las primeras barreras los esperaban los tuaregs del Sahara con sus camellos a todo lo ancho del desierto para dispararles desde las dunas.
No faltaron atrevidos aventureros que en lanchas neumáticas o en pateras de aluminio y plástico buscaban a través del Océano Atlántico las costas del Golfo de Guinea y arribar a Sidi Ifni, Dakar, Uagadugú, Costa de Marfil o Sierra Leona. Y no pocos morían en el empeño, a pesar de la vigilancia de los guardacostas de Mauritania, Senegal y otros países ribereños.
Los que llegaban, debían pasar años de «Sin papeles», aprender la lengua del país y someterse a un examen de conocimientos de su historia, geografía y personajes más populares, y entretanto vagar por las calles en busca de algún trabajo eventual o vendiendo baratijas, o lisa y llanamente pidiendo limosna a los nativos negros, que por supuesto alardeaban ante sus visitantes europeos de hermosos trajes a medida, sonrisas de felicidad y joyas en manos y orejas y cabeza.
Las escenas se repetían más al Este. Los europeos que llegaban a Siria desde Turquía eran alojados en tiendas de campaña sobre campos encharcados, quizá para recordarles lo que pasaron los sirios en otros tiempos en Idomeni, Grecia, por orden de la Unión Europea. Porque esta vez la Unión de Estados Africanos y de Oriente Medio quería devolverles la cortesía a los blancos rostros pálidos.
En Méjico, los aztecas emborrachaban a los yankees con tequila matarratas y droga envenenada; en el sudeste asiático se volvieron a vivir luchas como las de la guerra de Vietnam, o matanzas como las de los jemeres rojos.
Por suerte África entera, en memoria de la Sudáfrica multirracial, y del obispo sudafricano Desmond Tutu, se dignó escuchar las llamadas del Papa Francisco III o IV, (eran los años dos mil y algo más del siglo XXI cuando esto ocurría), y entre los líderes africanos surgió un descendiente de Nelson Mandela que invitó a todos los líderes de la Unión Africana a proceder con piedad, olvidar y perdonar.
Y floreció el Sahara, y fue todo él un oasis de verdor y de riberas y lagos y huertas. Y los leones se volvieron corderos, los elefantes echaron una mano en las labores del campo, las tecnologías que trajeron los sabios europeos contribuyeron a elevar el nivel de vida de todo el continente.
Y los europeos antaño negreros, antaño tigres y hienas con inmigrantes y refugiados, besaban los pies de sus hermanos negros, compartían el pan y la alegría con ellos, pedían perdón por siglos de ignominia felizmente superados.

















