La guerra cultural

Iván Redondo poniéndose la mascarilla | Europa Press
Juan Laguna
Promotor y fundador de Tiempo Liberal con actividad política desde la Transición. Funcionario jubilado. Empresario. Productor y dramaturgo. Conservador de Bienes Culturales.

Desde hace tiempo, el inexistente debate político institucional viene siendo sustituido por eso que se llama “guerra cultural”. Es decir, guerra de relatos o “cuentos” (León Felipe), más o menos interesados con que provocar emociones en una sociedad ignorante a través del mundo mediático al servicio del mayor postor.

Al parecer, el Sr. Redondo, flamante asesor y jefe de gabinete del presidente del gobierno, en un reportaje publicado en “El País”, prometía legislar asuntos como la guerra cultural. Casi al mismo tiempo la vicepresidenta Sra. Calvo prometía lo mismo sobre la dichosa “memoria histórica”. En ambos casos vuelve a ponerse de manifiesto el penoso papel de los representantes de la soberanía nacional en el Parlamento, sometidos a la disciplina de partido que es de donde parte el verdadero mandato imperativo, prohibido específicamente en el art.º 67.2 de la Constitución.

Ni la Sra. Calvo, a pesar de haber sido elegida vicepresidenta del gobierno, ni mucho menos el Sr. Redondo, deberían ningunear al Parlamento con su lenguaje impositivo salvo, claro está, que consideren que la institución parlamentaria está al servicio del ejecutivo, que es quien dice qué se hace en el país y cómo se hace. Es más, que en el caso del Sr. Redondo, parece que quien de verdad gobierna es él, porque es el único cerebro del gobierno.

Pero… ¿qué es eso de la batalla cultural? Pues es sólo la consabida retórica publicitaria que conforma la propaganda de cualquier producto que pretenda “venderse”. En este caso, faltos de talla política, hay que echar mano de la propaganda pura y dura que ya el publicista, periodista e inventor de la teoría de las relaciones públicas Edward Bernays, anticipaba en el año 1920 en su libro “Propaganda” y que siguieron en su momento fielmente algunos personajes históricos como Goebbels, Mao o Stalin y su saga de seguidores más contemporáneos.

La propaganda es el brazo ejecutor del gobierno invisible” señala el propio Bernays y consiste en “organizar el caos” a través de la “manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones organizados de las masas. Quienes manipulan este mecanismo oculto de la sociedad, constituyen el gobierno invisible que detenta el verdadero poder… Constituye un hecho indiscutible que, casi todos los actos de la vida cotidiana, estén dominados por un número relativamente exiguo de personas que comprende los procesos mentales y los patrones sociales de las masas.” En definitiva, “capturar nuestras mentes en beneficio de alguna política, artículo o idea”.

Eso es y en eso consiste la “guerra cultural” que se pregona ahora como una novedad, pero que existe desde hace muchos años a través de la Historia. Ya Cervantes advertía a Sancho a través del Quijote: “Compruebo con pesar como los palacios son ocupados por gañanes y las chozas por sabios. Nunca fuí defensor de reyes, pero peores son los que engañan al pueblo con trucos y mentiras, prometiendo lo que saben que nunca le darán…”

Hillary Clinton se quejaba tras su derrota frente a Trump de “haber perdido la guerra del relato”. Algo que la izquierda exquisita americana (Wolfe) no podía permitirse (se consideran a sí mismos intelectuales) y de ahí la “guerra cultural” permanente contra Trump a través de todas las redes a su disposición (incluyendo las del exterior).

La democracia ya se resentía de la falta de un verdadero debate político, tanto por la carencia de líderes que lo impulsaran, como por el descubrimiento de lo fácil que era comprar “inteligencias” al servicio de una causa a través de los presupuestos oficiales y las organizaciones financieras. Por eso no hay nunca proyectos reales que ofrecer a los ciudadanos o, en todo caso, se sabe que más tarde no se cumplirán (según Tierno Galván). El “asaltar los cielos” de Podemos, no podía ser otra cosa que un “slogan” de propaganda para incautos como se ha demostrado.

Una buena propaganda se basa en “explicar a la gente simple, aquello que no lo es…” Hay que tener por tanto convenientemente abonado el campo de la ignorancia y la “simpleza” de la mayoría de las personas que, por comodidad, hastío o falta de incentivación moral, permiten que otros “filtren los datos y establezcan un código estandarizado de conducta social al que ajustarse”. Lo estamos comprobando con la crisis sanitaria más mediática que han conocido los tiempos modernos. Se parte pues de la falta de inteligencia o criterio propio del ciudadano, para endosarle el relato más conveniente para el poder, tanto político como económico.

Las “guerras culturales” tienen sus propias formas de librarse. Normalmente se basan en ejércitos de “cipayos” pagados para defender a quienes les dan la soldada. Hay escalas jerárquicas diferentes, como también son diferentes las maneras de “capturar las mentes” (Mao). Normalmente se trabaja con materias que susciten emociones primarias (simples) en poblaciones a las que se considera “simples”, difundidas a través de todos los medios de comunicación posible. Huxley decía aquello de “los nuevos dictadores no precisarían de la coerción para imponer sus ideas, sino que convencerían a los ciudadanos con todos los medios a su alcance, de que obedeciendo serían más felices”.

Vemos como hasta ahora no existe más “guerra cultural” que el pensamiento único y dogmático con que se han impuesto las nuevas religiones y que siguen fielmente todos los partidos políticos (con alguna excepción) que se pretenden “progresistas”. La propia palabra ha sido así prostituida con las intenciones de quienes la exhiben como bandera, faltos como decíamos de otras ideas o proyectos concretos. Por eso suponemos que el Sr. Redondo que ya estuvo al servicio de la oposición, sabe con seguridad que puede “legislar” lo que le dé la gana, porque todos (a excepción de algunos) están en el mismo bando y, ya se sabe, no se van a morder entre ellos. Se trata de mantener el elitismo rico de unos pocos, con el esfuerzo y sometimiento de los demás ignorantes y simples.

La verdadera “guerra cultural” sólo será posible cuando la sociedad se percate de los “trucos” del prestidigitador y esté dispuesta a no dejarse embaucar.


FOTO: Iván Redondo poniéndose la mascarilla | Europa Press

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