Nuevas y ya poco sorprendentes noticias de financiación de la antigua Alianza Popular y posteriormente del Partido Popular, ligadas a las de financiación del PSOE y mezcladas con el bochorno de los ERES andaluces o los casos de CiU, vienen a demostrar el descrédito y desconfianza de los ciudadanos hacia una clase política que, al amparo de sus cargos y privilegios, pusieron más empeño en doctorarse en ingenierías financieras que en el ejercicio de la dignidad de su cargo, todo ello sin que -al parecer- nadie en el entorno de cada formación, organización o gobierno se enterase de nada.
Si partiésemos del dicho popular de “quien hace la ley hace la trampa”, nos encontraríamos ante el supuesto de que, el llamado poder legislativo representado por las cámaras, es un poder para hacer trampas en el juego donde, todos los que votamos en las elecciones, nos convertiríamos en cómplices de tales trampas realizadas por nuestros representantes políticos. Trampas que han llevado a favorecer a unos y a controlar con excesivo rigor a los otros a través de las herramientas administrativas y legales que hemos puesto en sus manos. Las dos varas de medir de siempre.
Estas cuestiones nos llevarían a aquello de “tener lo que se merece” si no fuera porque la realidad ajena a tal sofisma, es que nuestros representantes no son tales, al no haberlos elegido directamente en listas abiertas, sino impuestos por las listas cerradas de los partidos, lo que supone mayor fidelidad hacia la formación política que hacia los electores. Más fidelidad hacia quien les proporciona una forma de vida y un sueldo, que a los siempre etéreos “intereses públicos”. A la política llegó mucha gente honesta que no precisaba enriquecerse, bien porque ya lo eran o porque su riqueza provenía de sus méritos y circunstancias, pero también fue un coladero de “avisados” y “listos” que encontraron los resquicios que necesitaban para conseguir beneficios personales o para las formaciones.
Entramos con ello en el Quid de la cuestión: muchas personas han acudido a la política no por vocación, sino porque a través de ella conseguían satisfacer sus intereses personales cualquiera que fuera su índole, siendo acogidos e incluso promocionados por sus partidos más interesados en la cantidad de su militancia que en la calidad, apostando muchas veces por los caciques de cada lugar. Esos antiguos conseguidores que mandaban en la zona, unas veces en el sector de los negocios, otras en las organizaciones sociales.
Hay una anécdota que me contaron hace años en las primeras elecciones democráticas. Una gitana al ser preguntada a la salida de un colegio electoral por quien había votado dijo: “por el más gordo, porque ese no necesita engordar más”. La gran sabiduría que refleja la respuesta es un paradigma de lo que ha sido y es la vida política: un lugar donde muchos han engordado atracándose con todo lo que podían, mientras otros a los que se descalificaba por su honestidad, perdían dinero.
Basta con repasar las listas de notables de cada partido para ver y reconocer cómo han cambiado las vidas de muchos a partir de la política. Hemos conocido a tantos que causa sonrojo comprobar cómo -salvo excepciones honrosas- la mayor parte han pasado de ser personas humildes y sencillas, a ser unos impresentables soberbios subidos al poder y a lo que éste representa. Si hubiera que seguir el hilo de su paso por la vida pública y su correspondencia con cambios de situación económica, social y personal, tendríamos quizá materia suficiente para seguir publicando dossieres de unos y otros o judicializando sus comportamientos. No vamos a citar ejemplos, pero podemos remontarnos en el tiempo para verificar cómo y porqué una gran parte de nuestros representantes políticos o cargos públicos instalados en las instituciones, han intervenido en el gasto público y sus consecuencias actuales.
Hace un par de días encontraba un artículo del año 1996 en que el Tribunal de Cuentas denunciaba las “malas prácticas” de las administraciones públicas, tanto en el uso y abuso de los fondos públicos, como en la organización de estructuras paralelas de carácter mercantil o autónomo, ajenas a los sistemas de fiscalización y control, cuyas contabilidades -si las había- eran tan simples como las publicadas sobre el Partido Popular. Tanto en unos como en otros casos se trata de dineros públicos vía presupuestos y no están lejos los casos en que el suelo y sus recalificaciones eran una forma sencilla de generar plusvalías a repartir posteriormente como en su momento se achacó al PSOE en el Parlamento. Pregúntese a los funcionarios públicos que tramitan gastos para que, bajo juramento de decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, cuenten de sus experiencias en la gestión de fondos públicos, bajo cualquier mandato político.
A la política -por desgracia- acudieron muchos flacos con pulgas que descubrieron en ella su paraíso personal de poder, codicia y enriquecimiento. Otros -más listos- quedaban fuera o en la periferia para lograr lo mismo pero sin responsabilidad directa. Otros que han dado muestras de honestidad personal y auténtica vocación política, barridos por los más hábiles o más trepas, por los de las conspiraciones para el lucro personal o para el desgaste de quien les estorbaba.
Los sobres, esos malditos sobres anónimos que sirven para pasar con discreción el dinero en efectivo o las bolsas, esas malditas bolsas que se llenaban de dinero para pagar favores políticos, han sido y probablemente siempre serán, la forma de que los más flacos engorden rápidamente; de que las viviendas de barrio sean sustituidas por los chalets representativos; de que el entorno familiar reciba sus compensaciones; de que los amigos que nos apoyaron un día tengan su recompensa.
He conocido a muchos hábiles para moverse en esas aguas fangosas que empiezan por aceptar una invitación a comer, una cacería, una fiesta, un viaje, un coche… para quedar enredados cada vez más en las arenas movedizas de la corrupción institucional o privada. Luego te miran por encima del hombro por no estar a la altura de estos tiempos modernos. Estás anticuado con tus principios y tus valores. Ya no sirves en la jungla donde sólo los más fuertes sobreviven.
Ningún gobierno, ninguna organización está a salvo de que se le cuelen personajes de esta calaña. Por eso todas las precauciones y cautelas son pocas en la actividad pública. Pero no nos limitemos a las formalidades. Entremos en el fondo de los gastos. En el porqué un determinado personaje decide construir infraestructuras públicas que no se demandan socialmente; o contratar servicios públicos que ya existen en el sector privado; o forzar las estructuras orgánicas institucionales -e incluso legales- para justificar la adjudicación de concursos o la contratación de personal. Al final todo tiene una explicación y no vale buscar la forma de una “salida honrosa” para quien lo hace. No vale quitarlo del cargo y enmascararlo en una sociedad institucional o privada. Hay que actuar con la contundencia debida y -cómo diría la Sra. Cospedal- “que cada palo aguante su vela”.













