Irak: ¿Un nuevo Vietnam para EEUU?

Juan Laguna
Por
— P U B L I C I D A D —

Las guerras se sabe cuando comienzan pero nunca cuando y cómo pueden terminar. Esto ocurrió con EE.UU. cuando se metió en el avispero político y bélico del sudeste asiático en su larga cruzada contra el comunismo. Le ocurrió cuando hizo lo mismo en Afganistán y ahora, más recientemente, le está ocurriendo con el conflicto en Oriente Próximo con un nuevo enemigo: el autodenominado Estado Islámico o Daesh donde se ven involucrados algunos de los “estados” artificiales creados por occidente como es Irak, donde el fiasco que justificaba la intervención por la existencia de supuestas “armas de destrucción masiva”, parecía esconder otros intereses diferentes.

Irak, tras el derrocamiento del antiguo aliado Sadam Hussein, fue abandonado de una forma muy parecida a lo ocurrido en Libia, habiendo dejado tras de sí más agravadas las tensiones históricas entre los variados grupos árabes que se vienen saldando con muertes casi diarias de población civil en atentados de todo tipo. La injerencia occidental años más tarde de su inicio en la etapa del presidente Bush (padre), sigue demostrando los muchos errores cometidos a partir de la misma. Hoy día, el odio alimentado entre ellos, ha convertido toda la región en un nuevo avispero, cuya evolución y final son impredecibles, al hacer posible su extensión a una escala mucho mayor, al mismo tiempo que se crea inseguridad terrorista en el mundo occidental.

Entender el fenómeno de lo que se llama “terrorismo” en la actual situación es complejo y requiere examinarlo desde la neutralidad y objetividad de la investigación histórica y científica, tal como hoy día vienen haciendo diversos institutos y organizaciones especializadas en estudios estratégicos, cuya visión difiere muy notablemente del “relato” oficial interesado, parcial y maniqueo de “buenos” y “malos” o, dicho de otra forma: “civilización” y “barbarie”.

Uno de estos expertos investigadores afirmaba no hace mucho tiempo ante las caras de asombro de un auditorio en el que había calado la versión oficial a través de los diversos medios de comunicación, que Occidente no estaba amenazado por el Islam sino que, por el contrario, el Islam se defendía de lo que considera una agresión occidental a su religión, cultura, tradiciones y formas de vida. Y lo hacía básicamente entre su propia población, ante la invasión de la cultura y forma de vida occidentales, a partir de una visión radical de recuperación de esencias propias, muy denostadas por los paises de tradición cristiana. Si a esto unimos los enfrentamientos tribales y étnicos del mundo musulmán, comprenderemos la dificultad de resolución del conflicto creado que, para occidente, se resume en una palabra: “terrorismo”.

A falta de otra definición podríamos entender como tal, aquéllos actos orientados a crear un clima de temor en poblaciones o sociedades en su conjunto. Estos actos pueden ser hechos físicos (atentados) o psicológicos a través de relatos o propaganda, cuya difusión a través de los muchos medios actuales, acaba por calar en sociedades miedosas e inseguras, acostumbradas a la tutela de sus gobiernos. La protección siempre implica la adopción de una situación superior a la del protegido, que implica su sumisión final. Se está intercambiando una teórica seguridad a cambio de las libertades de las personas de una forma sutil, magnificando (en palabras de otro experto) el problema ya que, el Daesh, sólo tiene actividad y control en zonas muy localizadas desérticas de las fronteras artificiales de Siria e Irak, moviéndose -al parecer- en unas franjas de territorio muy definidas en las que pretenderían implantar su Estado Islámico, sin perjuicio de que, en la guerra de propaganda existente, se intente hacer creer su extensión y dominio en una exagerada sobredimensión de su realidad, tanto en medios de combate como en combatientes y guerrilleros. Por eso, los atentados se producen con carácter interno en su mayoría en un intento de disuasión por el terror de conductas no ajustadas a su moral o costumbre históricamente aceptada.

Occidente ante ello parece entender que sus sistemas políticos o morales (sobre lo que habría mucho que hablar) son superiores y deben por tanto llegar a todos los rincones del planeta, como en su día se pretendía con la forzada evangelización o adoctrinamiento foráneo de los pueblos considerados salvajes o primitivos. El propio fenómeno de la esclavitud estaba basado en rescatar a los esclavos de las miserables condiciones de vida en sus tribus de origen. El infierno está lleno de buenas intenciones.

En este conflicto multipolar se nos ha implicado como aliados y estos días se pretenden firmar acuerdos que confirmen y consoliden nuestro apoyo a la gran coalición liderada por EE.UU., con la ampliación del uso de la base de Morón de la Frontera, como punto clave para el control geoestratégico de la zona. Eso sí, al parecer con la previa aprobación de cada operación por parte del Estado Español. Unos acuerdos que deben ser refrendados en el Parlamento todavía bajo la mayoría absoluta del PP y con el previsible apoyo -salvo algún “postureo” cosmético de la oposición-, antes de que puedan llegar “los nuevos”.

Naturalmente estos acuerdos nos implican directa o indirectamente en el conflicto de lo que se nos presenta como una amenaza terrorista, asumiendo por ello la necesidad de crear “seguridad” aunque, para ello, sea necesario sacrificar libertades, tal como se puso de manifiesto en el transcurso de las VII Jornadas de Estudios de Seguridad, organizadas en el seno del Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado en éstos pasados días. Prueba de lo expuesto es la nueva redacción del artº 573 del C.P., donde la tipificación de la actividad terrorista es tan amplia y ambigua, que produce inseguridad jurídica y desde luego efectos preventivos de temor entre los ciudadanos. Al parecer, tal modificación se hace “siguiendo recomendaciones europeas” que, suponemos, se producen siguiendo otras recomendaciones de más allá del Atlántico.

Con todo ello, el avispero a que nos referíamos al principio no se quedaría en al ámbito local del mundo árabe, sino que las avispas “terroristas” podrían ampliar el radio de acción y, sin pretenderlo, estaríamos compartiendo unos riesgos (quizá innecesarios) producidos a partir de un relato cuyos intereses finales resultan inéditos.

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