Historia de un mentiroso y un cuerdo

Por
— P U B L I C I D A D —

Pues quien era cada uno de los que están viendo aquí, lo van a saber muy pronto mis queridos lectores.

Era el día 23J cuando había que votar, y el astuto y mentiroso Don Quijote que había ido a Barcelona, se acerca a la playa de Bogatell, se apea de Rocinante, y santiguándose los dos, arrojó la red al mar para pescar cuantos más peces pudiera.

Mas como su red estaba rota por muchas partes, todos los peces se le escaparon por ella de nuevo al mar, y Don Quijote, acordándose del 23J de nuevo, lanzó un tan profundo suspiro que su eco pudo escucharse en cuantos valles de España había, repitiéndose su eco de «peces perdidos, peces perdidos, peces perdidos…» tres veces, resonancia que asustó a muchos varones y mujeres que se encontraban en un hemiciclo madrileño, custodiado por leones.

Entonces Sancho, que era gallego, nacido en Os Peares (Orense), y que siempre repetía las verdades del barquero, aunque ni los leones ni los que estaban dentro del hemiciclo sentados en los bancos azules aplaudiendo, como hacía Don Quijote que, si bien no era diputado, le habían dejado entrar y sentarse en el primer banco azul para presidir la sesión que se iba a celebrar allí.

La Presidenta, que daba o quitaba la palabra dijo:

—Señor Presidente, su señoría tiene la palabra.

Aquello de su señoría y demás cosas, no lo entendía muy bien Don Quijote, pero subió a la tribuna sin la corbata también de color azul que le ofreció el presidente, y cuando el bedel asignado para estos menesteres, le quiso poner un vaso de agua, aquel le dijo:

—Mejor un vaso grande de vino de la Mancha.

Salió el bedel a la Plaza del Congreso, y como Sancho se había quedado en ella con Rucio y su bota llena de vino, le pidió que se la diera, pues su señor Don Quijote la quería, y se la entregó, no sin antes haber bebido un buen trago de dicha bota de cuero.

Una vez servido el vino, y habiendo bebido el vaso de un golpe, su señoría miro al tendido, comenzaron a aplaudirle cuando se quitó la cofia que le había regalado un barbero, y apoyándose en su lanza, comenzó su discurso en lenguaje cervantesco puro y llano, que era el que mejor sabía, pues, aunque había copiado un doctorado al hacerlo —y deseó utilizarlo— mas no se atrevió de ningún modo a realizarlo.

Bebió esta vez de la bota, dejándola casi vacía, y comenzó su discurso:

—Non fuyades, cobardes, hasta algún lugar de la Mancha bien repleta de molinos de viento, donde yo nací y conocí a Dulcinea del Toboso, más alta y bella que todas vuestras mujeres —dijo a los de la bancada negra, y en ese mismo momento, todos los de la bancada azul, comenzaron a aplaudirle y detenerse luego, dejándoles quince minutos hacerlo.

Fue tanto el tiempo empleado, que cuando quiso seguir pronunciando su discurso, la Presidenta le dijo:

—Su señoría señor Don Quijote, no puede seguir hablando más.

Y entonces, el Caballero de la Triste Figura, loco de ira, arremetió contra ella, persiguiéndola lanza ristre, por todos los pasillos del Congreso, hasta quedarse allí él solo.

Lo que más tarde ocurrió lo he podido leer en la segunda parte del Quijote, escrito por Avellaneda, en la que, enloquecido, tuvieron que encerrarle en un carro, donde, sin dejar de gritar, le llevaron hasta el pueblo del que él decía aquello de «de cuyo nombre no quiero acordarme», diciendo también en su libro, que los balcones de la calle Ferraz estaban cubiertos de tela negra, por la tristeza ocurrida el negro día 23J, recordando la historia de Boabdil, cuando perdió Granada, y al que su madre Aixa le dijo «Llora como mujer, lo que no has sabido defender como hombre».

Cuando los que estaban en la calle Génova oyeron esto, les vino a la memoria otra vez lo del veintitrés jota, y se partieron de risa, mientras que, en los balcones de la residencia de Sancho Panza con Rucio, que también rebuznaba por lo que había escuchado, mirando desde un balcón, lucía la bandera tricolor de España.

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