Hablando de burbujas: el arte

Hablando de burbujas: el arte
Juan Laguna
Colaborador de Fundación Emprendedores.

Primero fue la burbuja financiera alimentada de productos tóxicos (lo que es igual a falsos o de menor valor que los precios manejados), la que llevó a la quiebra a algunos operadores poco avisados o excesivamente listos. Luego en España (y en otros lugares) fue la burbuja inmobiliaria donde la inflación de precios se ha cobrado una factura impensable hace unos cuantos años. Ahora y desde hace algún tiempo, se siguen inflando otras burbujas como es el caso del arte en una competencia desaforada por lograr los primeros puestos en el ranking de precios.

La noticia más reciente es la venta a un comprador anónimo (se supone de Qatar) de la pintura de Gauguin “Nafea Faa Ipolpo” por 300 millones de dólares (264 mill. de euros) procedente de la colección de Rudolf Staechelin, antiguo ejecutivo de “Sotheby’s”, sobrepasando la venta de la obra “Los jugadores de cartas” de Cézanne, (de la que hay diferentes versiones), adquirida también por el emirato por la cifra récord de 250 millones de dólares y a la obra de Picasso “El sueño” vendida por la escandalosa cifra de 155 millones de dólares (equivalentes a 120 millones de euros y a casi veinte mil millones de nuestras antiguas y ya olvidadas pesetas), adquirida por uno de esos avispados coleccionistas o “inversores” que manejan fondos financieros en lo que tan ambiguamente se conoce como “los mercados”, demostrando ante el creciente poderío económico de los chinos y otros emergentes BRIC, que todavía hay clases y que EE.UU. sigue siendo la potencia económica por excelencia. Su anterior propietario, un magnate de los casinos de Las Vegas lo había adquirido en 1997 por 38,7 millones de dólares, con lo que habría obtenido un beneficio aproximado de más de cien millones de dólares. Una buena jugada si además tenemos en cuenta que la pintura tiene daños de un accidente sufrido en el año 2006 que, probablemente, serían indemnizados por los aseguradores.

Todo ello es una prueba más de que el valor artístico vuelve a confundirse con el precio de mercado, en una nueva demostración de la necedad en que se mueve este mercado. Unas pinturas más en las que los autores, mitificados por la crítica interesada, aportan más al mundo de los negocios que al mundo del arte. La obra en cuestión ha venido a sentar un nuevo récord en ese mercado hinchado por un elitismo equivocado donde, el coleccionista de verdad, ha quedado al margen para convertir el arte en un producto financiero más e igual de tóxico que otros productos. En una burbuja que, como ya ocurrió en su momento, sufrirá su pinchazo y se desplomará por mucho que se trate de impedirlo con pujas y precios irreales, cuando no falsos.

¿Qué diferencia hay entre esta obra y los precios pagados en su momento por otras obras de los mismos artistas? ¿Tiene algo que ver la influencia del mercado de arte en los últimos años en China donde en el año 2011 se situaba la mitad del negocio, y ascendían como más vendidos seis de sus artistas entre los diez primeros de las listas y Beijing hacía sombra a los elitistas mercados de Nueva York y Londres? ¿Es una muestra más del lujo extravagante y snob de quienes manejan el dólar como patrón monetario? Estas burbujas son como las bolas de nieve, con la única diferencia de que unas contienen cristales de hielo y otras solamente aire.

Hemos conocido en la década prodigiosa de los ochenta y noventa cómo las burbujas financieras del mundo de los “yuppies” se correspondían con burbujas artísticas de promoción de supuestos valores, cuya solidez estaba aún por ver y cuyas obras, en muchos casos, se han depreciado a la misma velocidad de las “preferentes”; hemos visto cómo, -desde el mundo institucional público y privado-, el ansia por destacar o “epatar” era motivo de un verdadero despilfarro económico a cuenta del contribuyente, de la deuda o de los accionistas. Eso sí, muchas veces asesorados por ese variopinto mundo de “expertos” que se llevaban sus buenas comisiones. Todo valía en un sistema inflado artificialmente. Desde las operaciones de ingeniería financiera, hasta la compra de los grandes formatos de supuestos genios artísticos. Había medios y formas de hacerlo: medios de comunicación, críticos bien remunerados, influencias sociales y politicas…

Por otra parte ¡es tan fácil hacer eso que se llama arte! ¿Quien osaría decir que la mayor parte de los productos artísticos de las bienales reconocidas internacionalmente, son más de lo mismo? ¿Quien sería capaz de enfrentarse a los poderes económicos, mediáticos y culturales que han promocionado a sus artistas preferidos? La burbuja ha ido creciendo de manera exponencial, más por su interés de negocio que por su interés artístico o cultural. Se construían edificios (burbuja inmobiliaria) con créditos y deudas concedidos por las cajas o bancos con los consejos infiltrados de políticos y sindicalistas (burbuja financiera) procedentes de operaciones de alto riesgo con productos tóxicos. El resultado: activos y pasivos fuera de la realidad, deudas en cadena a los proveedores que también inflaban sus servicios.

Tanto el comprador del Gauguin, como el del Cézanne como el del Picasso que comentamos, deben saber que han puesto el listón muy alto. Quizá demasiado. Que, al igual que esos pisos por los que algunos se entramparon para toda la vida y se encuentran ahora que no valen ni el tercio de su deuda o el caso de esos inversores en productos financieros tóxicos que han visto reducido su patrimonio a la décima parte, el mercado del arte está sufriendo una inflación exagerada en sus pretensiones económicas y puede -no muy tarde- dar un susto (los chinos ya han empezado a retirarse una vez conseguidos sus objetivos de colocar a los suyos al frente de las listas tanto en artistas como en focos de negocio). En todo caso hablamos de artistas que hacen arte pero ¿qué ocurre con lo que se conoce como arte contemporáneo consistente en “instalaciones”? Hace unos días se vendía la obra “Triple Elvis” del pretendido iconoclasta Warhol por 65,7 millones de euros y su cuarteto de “Brandos” sólo conseguía 55,8 millones. Las cifras son exageradas tratándose de lo que se trata: de unas simples serigrafías impresas. Otros artistas han ido más allá produciendo obras “provocadoras” para asegurar su emergencia artística y que, como no, precisan de la explicación conceptual correspondiente (si la tienen). Los conocidos tiburones de Hirts o las ocurrencias de Cattelan, han llegado a cifras millonarias también que se suman al cúmulo de despropósitos económicos.

Quizá fuera bueno entender que el arte, como el fútbol o las acciones bancarias millonarias ha tocado techo. Que las obras de arte valen el interés de los coleccionistas reales, no el de los inversores o especuladores; que un futbolista es un simple deportista al que se ha elevado (artificialmente en muchos casos) al mito de quienes los han hecho sus modelos; que las acciones preferentes no garantizan nada si las entidades quiebran o son objeto de una gestión pésima para los clientes y muchas veces muy rentables para los gestores; que un cantante vale tanto como su promoción y difusión en un mundo embobado por la imagen y lo superficial y que, todos ellos juntos, no justifican la desaparición de las economías realmente productivas, de la investigación aplicada a la creación de empleo y de bienes reales, de los miles de pequeños empresarios y autónomos que no han podido crear esas burbujas falsas con las que lucrarse y cuyas manos sólo están manchadas dignamente del producto de su trabajo.

Quizás “El sueño” y los demás puedan convertirse en una desagradable pesadilla a la hora de rentabilizarlos más adelante.

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