En la inopia

En la inopia
Antonio Imízcoz
Periodista.

Disculpe que le despierte. Estará usted como los cuarenta y siete millones de españoles que mantenemos, ordenados, resignados, disciplinados, solidarios y responsables, el confinamiento que el Gobierno determinó hace ya treinta días como mejor medio para combatir contra la pandemia que desoyeron e ignoraron.

Estará usted, como todos, adormecido con los febles arrullos de las televisiones, comprometidas en pintarnos una Arcadia feliz siguiendo fielmente las consignas del Gobierno, repitiendo ad nauseam los mantras que valen tanto para los sermones del Abad Sánchez, como para las “promos” de los canales generosamente subvencionados, o los anuncios de las grandes empresas: mensajes como “saldremos juntos”, “unidos vencemos”, “somos un gran país”, “nadie va a quedar atrás”, “los niños contarán que quedándose en casa salvaron miles de vidas”, “ el número de curados asciende ya a”… Consignas todas diseñadas para mantenernos en un estado de feliz inopia, de conciencias anestesiadas, no vaya a ser que nos demos cuenta de cuánto nos están mintiendo, cómo nos están ocultando la realidad, de qué manera aprovechan el estado de alarma para implementar las políticas populistas que no colarían en una situación normal.

Un ejemplo reciente, el contenido de un informativo a mediodía de una cadena nacional: cómo se están repartiendo mascarillas (después de que dijeran que no servían para nada); la necesidad de poner una caja a la puerta de casa para dejar zapatos, llaves, bolso, cuando se viene de fuera (después de ya treinta días de confinamiento); ya hay un centenar de fallecidos menos (seguían siendo más de setecientos, pero qué más da, ¿no?); el dolor de los sanitarios de un hospital de Madrid por el fallecimiento de un compañero (sin nombre, apellido ni filiación del resto); otro grupo de sanitarios bailando por los pasillos para celebrar el alta a unos ancianos (que me parece muy bien que tengan esos momentos de alegría, pero…); la cuota de apelación al miedo con un pormenorizado recuento de gente a la que se ha multado mucho por saltarse el confinamiento, asquerosos insolidarios… Ah y la niña que andaba en bicicleta alegremente y, de pronto se reencuentra con su madre enfermera, a la que no veía hace tres semanas. En Turquía, claro, porque aquí la niña no podría ir andando en bicicleta por ahí.

Y así, en cualquier canal: niños que aprenden a cocinar, deportistas que nadie conoce entrenándose como mejor ingenian (genial el del triatleta en el pozo de su madre), músicos que hacen canciones contra el coronavirus y donan los derechos a estos o aquellos (que cobrarán si acaso cuando ésto sea, espero, historia), policías que felicitan cumpleaños, barrios enteros que se montan fiestas desde los balcones, bingos comunales por internet… Los Mundos de Yuppie.

Todo es bonito, todo es alegría, los españoles somos la caraba en bicicleta, no tenemos mayor preocupación que reconocer en el vecino un igual que participa en la ovación vespertina a los mismos sanitarios que empiezan ya a mostrar su tristeza, su amargura, su cabreo más allá de los aplausos. Y el lenguaje bélico que le ha dado por utilizar al felón (Sánchez, digo), no sé si para acojonar o para que nos creamos todos unos héroes en la trinchera a la que su incompetencia nos ha confinado.

Hay casi dieciocho mil muertos (serán más cuando usted lea estas líneas) de los que no sabemos nada más que su número y la media de edad, porque las estadísticas van muy bien como nube de humo. Y solo la Comunidad de Madrid ha tenido la decencia de declarar luto oficial. Que, mire, no es gran cosa: simplemente que las banderas ondeen a media asta en los edificios oficiales que no verán más que los que vivan enfrente, pero son el recordatorio para todos de que sí hay, muchos, que se están quedando atrás, que la unidad y la solidaridad no evita las lágrimas de quienes pierden a seres queridos sin despedirlos, sin velarlos, sin expresar su duelo.

Perdonen que les despierte, pero es que estoy ya muy harto de que nos mantengan sedados como sociedad, anestesiados como ciudadanos.

CLAIM: EN LA INOPIA. Estará usted, como todos, adormecido con los febles arrullos de las televisiones, comprometidas en pintarnos una Arcadia feliz siguiendo fielmente las consignas diseñadas para mantenernos en un estado de feliz inopia, de conciencias anestesiadas

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