«Los pueblos democráticos que han introducido la libertad en la esfera política, al mismo tiempo han aumentado el despotismo en la esfera administrativa»
Alexis de Tocqueville
Se dice que, cuando el presidente ruso Gorbachov visitaba Europa y sus instituciones, hizo un comentario: “Son ustedes más soviéticos que nosotros”. Y tenía razón. La cada vez mayor y asfixiante esfera administrativa, estaba llevándose por delante las libertades que se suponían en democracias reales, para establecer un sistema paternalista, proteccionista totalitario, que se encarga de someter al “demos” (a la verdadera soberanía) y al Estado en que se basa, en meros comparsas de rituales caprichosos de quienes se han erigido en “poder absoluto», en cualquiera de los ámbitos institucionales.
La base de esta situación es la creencia (interesada) de que la soberanía es delegada por el pueblo en organizaciones y grupos de poder (partidos), que son garantía de una supuesta democracia con diversidad de ideas, proyectos, opiniones y comportamientos, apoyados por la mayoría de la sociedad. Nada más lejos de la realidad, tal como se ha venido comprobando a través de la Historia, donde la perversión democrática ha convertido a la soberanía nacional en un trampantojo donde el sistema clientelar (con cargo a los presupuestos), la propaganda subsiguiente y las coerciones sociales, se han encargado de someter ideas, actitudes, críticas e incluso el debido control del soberano sobre sus administradores.
La realidad es la imposición de ese “despotismo (o totalitarismo) democrático” de que advertía Tocqueville en su “Democracia en América”, cuando tuvo ocasión de conocer, estudiar y analizar en directo el funcionamiento institucional de la nación considerada “modelo” de democracia a pesar de sus muchos fallos. La convocatoria electoral (cuando conviene a los gobernantes), queda así establecida como base del poder de unos sobre los otros. Como base de sistemas legislativos y administrativos totalitarios, donde la separación real de poderes (Montesquieu) quedó perdida en la pura Filosofía Política y el “demos” (el pueblo) se mantenía sometido a dictadura o despotismo de quien se erigía como una especie de “dictador” avalado por un número de votos muy cuestionable por el sistema en que se conseguían.
La sociedad, sin darse cuenta, fue llevada por el camino de la sumisión, la resignación y la obediencia, distraída con juguetes banales preparados para tal ejercicio (el lenguaje imperativo en las tecnologías no es nada inocente) y unos patrones sociales infantiloides que, durante generaciones, se han preparado en el mundo de la ingeniería social, la psicología de las masas y la publicidad del régimen. Y, como tales “niños”, debíamos estar sometidos a vigilancia, control y orientación vital. Cada paso, cada gesto, cada opinión, cada acto… está sujeto a control de quienes mandan en la realidad mundial. Es más. se nos ha hecho cómplices involuntarios y responsables de tal sumisión, con la coerción política y administrativa que emana de las instituciones y de las leyes irracionales.
Se han multiplicado los sistemas de control social, hasta el punto de que se tache de “mal ciudadano” a quien presente alguna posición crítica o diferente a los dogmas establecidos, mientras que se plantean unas visiones más laxas o privilegiadas para quienes son parte del “sistema” político imperante: un totalitarismo revestido de la legitimidad otorgada por los votos de los ciudadanos, donde lo más importante no son tales votos, sino quienes se van a encargar de “contarlos” con el sesgo apropiado, tal como se ha venido conociendo a lo largo de los años, en diferentes circunstancias y en distintos sistemas políticos.
Así, el nazismo, el comunismo, el maoísmo, el fascismo y demás sistemas totalitarios, se erigieron sobre sociedades acomodadas, obedientes y, sobre todo víctimas de una propaganda basada en la simple publicidad mediática, sin cuestionarse siquiera la parte moral o ética de sus consecuencias. En los juicios montados por los vencedores en Nüremberg a los jueces del régimen nazi, se planteaba la dificultad de responsabilidad personal de quienes simplemente eran unos “mandados” en la Administración de Justicia que obedecían y aplicaban las leyes de acuerdo con su obligación institucional. Unos se acomodaron a lo que convenía. Otros pocos, muy pocos, se quedaron aparte mantenidos por sus principios y valores y lo pagaron con creces.
El totalitarismo es la prostitución de las democracias. Allí donde lo que importa por encima de todo es la consecución del poder despótico personal por los medios que haga falta; allí donde se convierte en comparsa la “soberanía” de los pueblos por el sistema clientelar abundantemente regado por dinero público; allí donde la representación política de los ciudadanos puede ser sesgada por sistemas discriminatorios legales, estaremos asistiendo a una representación escénica democrática, pero nunca a la grandeza de la realidad directa de las soberanías del “demos”. Estaremos ante totalitarismos más o menos encubiertos, más o menos “vestidos” para lo ocasión. más o menos escondidos en el “todo para el pueblo, pero sin el pueblo” donde siempre falta el “demos” y sobra la codicia de poder.
Por ello “totalitarismo democrático” o “despotismo democrático” (Tocqueville) es un oxímoron, un imposible político, una farsa y un atentado a las libertades y derechos que como seres humanos nos corresponden.
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