El fracaso de la democracia representativa

Juan Laguna
Colaborador de Fundación Emprendedores.

Cuando el término “democracia” puede ser definido y adjetivado según convenga en cada momento y en cada circunstancia a gusto del usuario, nos encontramos ante un grave problema del propio concepto y su uso frívolo por intereses parciales que acaban por pervertir su esencia. Todos “somos” demócratas mientras que nuestras ideas e intereses se vean fortalecidos, pero dejamos de serlo cuando ocurre lo contrario y debemos respetar la opinión de los demás.

Desde hace siglos, la democracia ha sido objeto de debates como forma política de gobierno y por sí misma ha llenado páginas y páginas de textos académicos, ensayos y trabajos de toda índole, generando una polémica que sigue sin dejar resuelta la cuestión más allá de entender que es el mejor sistema de convivencia social pero…¿qué ocurre cuando los individuos son egoístas, insolidarios, interesados y poco dados a aceptar la voluntad de los demás? Pues se produce el conflicto entre lo bueno para la sociedad y lo bueno para las personas individuales. Las libertades de unos invaden las de los otros y los intereses se entrecruzan hasta que gana el más poderoso, el que puede “imponer” su forma de democracia a los demás.

Una forma de encauzar tales intereses o al menos de que puedan canalizarse en forma conjunta han sido los partidos políticos y su base ideológica más o menos definida, donde la llamada “lucha de clases” ha sido en realidad una pugna de intereses sociales diferentes. El egoísmo de unos frente al egoísmo de los otros en una competición por el dominio del poder. A eso le llamamos en una alarde de eufemismo “democracia representativa” y ha sido durante mucho tiempo la manera de erigir unos muros de contención social en un sistema que tiende a la dispersión intelectual o al nihilismo cómodo mas absoluto.

Los partidos políticos han sido sacralizados por ello y, en realidad, podrían haber jugado un gran papel en la sociedad si no hubiese sido por su deriva desde la verdadera representación de los ciudadanos, hasta la mera defensa de sus propios intereses como organización. En lugar de portavoces sociales se erigieron en “creadores de opinión” y de la responsabilidad ante sus representados, pasaron a la endogamia irresponsable de sus “partidarios”.

Por esta razón la democracia representativa empezó a percibirse hace muchos años como una impostura. Como una forma de manipulación de las gentes para obtener parcelas de poder aprovechando su comodidad, su cobardía o su ignorancia, todo ello en forma paralela a la indefinición ideológica o su cambio por lo “políticamente correcto”. El pensamiento único iba conformando una especie de movimiento internacional diseñado y pilotado, no por la sociedad en su conjunto, sino por las representaciones ficticias de la misma en forma de poder político cuyo porcentaje de apoyo social ha ido cayendo en picado en los últimos años del siglo pasado en la mayor parte de los países occidentales. De esta forma nos encontramos con “poderes ilegítimos” desde el punto de vista democrático, donde unas minorías privilegiadas pueden imponerse a unas mayorías sometidas por la fuerza de dicho poder ilegítimo. No hace falta hablar de las muchas formas de “captura” y “compra” de voluntades que vienen a demostrar lo dicho. El “clientelismo” se sale de su marco mercantil para abundar en el mundo de las ideas políticas convertidas en mercancía.

La cuestión es que dicha representatividad ilegítima alcanza a la mayor parte de los pilares del sistema: corporaciones, sindicatos, organizaciones de todo tipo, medios de comunicación, asociaciones profesionales, etc. etc. donde la impotencia ante las “nomenklaturas” creadas artificialmente, ha dado paso a una abstención activa e indignada contra las reglas tramposas que mantienen el tinglado del poder. Unas reglas que el propio poder establece a su conveniencia, donde la “letra pequeña” puede ser retorcida y sesgada para el perjuicio de las mayorías y el beneficio de las minorías (de “listos”).

La verdadera participación de los ciudadanos en las cuestiones públicas ha alcanzado las mayores cotas de manipulación por las nuevas tecnologías y éstas son usadas torticeramente en las llamadas “democracias directas”. Quien controla el sistema de consulta es siempre quien tiene el poder de imponerla y desde luego nadie va a controlar la forma en que se aceptan o rechazan las opiniones. Es más, como está ocurriendo en algunos ayuntamientos, las consultas se realizan sobre la desinformación o falta de formación de la mayoría social, lo que además de impostura es una vulgar estafa política.

Los partidos políticos se han convertido en lo que se conoce como “partidos-cártel” , en clara alusión a su carácter oligopólico, que permite las prácticas de corrupción política, económica y social que vamos conociendo y donde sólo el mantenimiento de las situaciones de sus dirigentes, se concibe como objetivo electoral. Ni los militantes (cada vez más escasos), ni los posibles “simpatizantes” (también en claro descenso), pintan nada en el que debía ser un debate continuo social y, en cualquier caso, se los utiliza para los aplausos bobalicones con que arropar a los líderes de turno. Todo sea por la obtención de un pequeño cargo o un simple “selfie” del que alardear después.

De todas esas aguas van a nacer unos “lodos” que se tragarán posiblemente a los partidos políticos tal como están concebidos, por mucho que se hable de las “democracias representativas” y de su función social que no han sabido llevar a cabo en esa tendencia de la imposición egoísta de unos pocos sobre los demás. Será preciso ir pensando en nuevas formas de representación real de los ciudadanos que ya se están dando en forma de foros, plataformas, asociaciones, etc. e ir analizando sus posibilidades reales de formación del Estado más acordes con los nuevos tiempos.

Los partidos políticos al uso, no sólo están lastrados por una regulación que los uniformiza y les hace clónicos empobreciendo su funcionamiento y desarrollo, sino que los convierte a veces en verdaderas “sectas” donde los intereses particulares dominan los generales, donde los enfrentamientos por controlar el aparato dicen mucho de la calidad “democrática” de su organización y donde el pensamiento colectivo está subordinado al “liderazgo” y otras figuras de cartón-piedra.

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