El fin del mundo

Juan Laguna
Por
— P U B L I C I D A D —

El momento y a forma en que el planeta Tierra desaparecería y con él toda la vida, ha sido objeto de multitud de teorías, muchas de ellas (por no decir la mayoría) basadas en la ciencia-ficción y en la capacidad imaginativa de sus autores, donde se incluyen científicos que han olvidado que la Ciencia está basada en hechos, no en predicciones o simulaciones más o menos orientadas con sesgos de intereses de todo tipo.

Cuando desde la UE se nos prepara para una guerra con un enemigo inexistente, para justificar un nuevo gasto de 800.000 millones de euros que saldrán (como siempre) del sufrido contribuyente, se siguen propagando (de “propaganda”) los malos augurios para una sociedad que (con excepciones) ha hecho dejación de su dignidad intelectual, para tragarse “noticias” cada vez más terribles sobre el futuro que nos espera.

Hace no mucho tiempo se recogía una noticia publicada en “Science” en la década de los 60, donde “un grupo de científicos.. (siempre empiezan así) había pronosticado la fecha en que se produciría el fin del mundo: 26 de noviembre de 2026. Tal cosa se produciría – al parecer- por un “colapso de la Humanidad”. Nuevamente por culpa de los malditos seres humanos. Se ignora si los autores de tales predicciones se quitaron de en medio, por sentirse parte culpable de tal colapso.

Hoy mismo, un periódico deportivo español se hacía eco de lo mismo: “Un superordenador pone fecha a la extinción del ser humano”. Según el mismo patrón es siempre un “super” artefacto preparado “para elaborar modelos predictivos” el que establece en 250 millones de años lo que nos quedaría de vida en el planeta, ya que la deriva de las placas tectónicas continentales, darían lugar a un solo supercontinente llamado Pangea Ultima”. Como vemos, el ser humano actual, en un alarde de previsión, ya lo ha bautizado. En el mismo “las condiciones extremas de temperatura (50ºC) crearían un ambiente insoportable para la vida terrestre”. Parece que el “calentamiento” va despacito y lo que se preveía en las “agendas 2030 o 2050” parece algo exagerado…. No digamos del CO2 “peligrosísimo”. La descripción del fenómeno publicada es: “la mayor parte de la Tierra, quedaría cubierta por una vasta extensión de tierra (valga la redundancia), separada de los océanos (sería un sólo océano alrededor del nuevo supercontinente, digo yo…) donde las condiciones extremas de temperatura y la frecuente actividad sísmica, podrían hacer que la Tierra fuera inhabitable para los mamíferos (terrestres se supone)”.

Estas “supertonterías” pseudocientíficas pueden servirnos de muestra gratuita del nivel en que discurre el conocimiento y las ciencias actuales (con las importantes excepciones de siempre) donde se mezclan teorías más o menos sólidas y serias, con la interpretación mediática-política que convenga. Hace mucho tiempo que es conocida la deriva continental o la movilidad de la corteza terrestre flotando sobre el magma, cabalgando sobre placas tectónicas que se rozan, que se entrechocan, que cabalgan unas sobre otras y que forman fallas o grietas, en relación con la actividad volcánica que, incluso, forma corteza o se la engulle (como se puede apreciar en los casos más conocidos).

Ya en el año 1858 el francés A. Snider, basándose en las formas de los continentes actuales, planteó la teoría de que los mismos habían formado parte de un verdadero “supercontinente” llamado Pangea, separado mucho más tarde en dos a los que se conoce como Gondwana ( hemisferio sur) y Laurasia ( hemisferio norte), donde ya se configuraban América del Sur, Africa, India, Australia y Antártida (de una parte) y América del Norte, Groenlandia y Eurasia respectivamente en el Mesozoico, separados por el mar de Tethys (una de las cuestiones más importantes es la conservación del volumen total de agua a través de los tiempos). A partir de ese momento Gondwana se rompería en diversas unidades que empezaron a separarse en unos casos y a unirse en otros, según las diversas hipótesis. Entre ellas la de Alfred L. Wegener que ya entre 1915 y 1929 formuló la más conocida de ellas que provocó la polémica correspondiente ( tal como debe ser la Ciencia). Pues bien, según tal teoría la “tendencia” actual sería la contraria: la aproximación de los bloques continentales para la “Pangea última”.

Pero volvamos a ese mundo mediático-político en que la Ciencia se ha convertido. Así, en el mismo diario deportivo y en el mismo día, surgía otra información recogida -al parecer- de otro medio o agencia: “Un grupo de científicos (mismo patrón) y la NASA, se reúnen y establecen una fecha para la extinción total y completa de la Tierra” (hay que señalar que los planetas no se extinguen, sino que se transforman). Pues bien, “de acuerdo con los cálculos matemáticos realizados con ayuda de supercomputadoras (estamos en lo mismo), será dentro de 999.999.996 años (desde el momento actual)”. Otras cifras más fiables y rigurosas establecen 8.000.000.000 años, relacionándola con la edad del Sol. Nada porqué preocuparse por el momento, aunque, por mantener un cierto alarmismo, se alude a las “tormentas geomagnéticas solares que en mayo del pasado año provocaron gran número de erupciones solares y eyecciones de masa coronal, dando lugar a la tormenta más fuerte en dos décadas”. La intención de crear noticia de la nada es evidente para los que seguimos la actividad solar diaria desde hace años.

Pues bien, como vemos, siguen creyendo que están tratando con analfabetos e ignorantes, en la estrategia político-mediática de sembrar miedo, confusión y sometimiento. Vamos desde la fecha más próxima del final de los tiempos (26 de noviembre de 2026), hasta otras que rebasan la edad de la Tierra desde su formación planetaria hasta la actualidad. El “colapso”, la “lucha”, la “resiliencia” o la “emergencia” (términos alarmistas) de cualquier tipo, sirven para amedrentar a los que no quieren saber ni quieren aprender, hipnotizados por los “juguetes” que cada cual esgrime en su mano y que les hace creerse los “amos” del Universo. Sólo que los “putos amos” parecen ser otros.

Y, además, nos cambian las horas…

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