¿Contrato social?

Antonio Imízcoz
Por
— P U B L I C I D A D —

Mira que podían esperarse cosas buenas de esos nuevos políticos que venían de la universidad y se ofrecían a regenerar la política, los políticos y nuestra vida toda en aras de mayor libertad, mejor situación económica para tutti li mondi, igualdad social y demás grandes palabras que, como los anuncios de detergentes, nos llaman a todos y concitan simpatías de todos los colores.

Y ha bastado la malhadada undécima (legislatura, digo, no Copa de Europa, aunque haya sido tan decepcionante como aquella), para que asomaran la patita y se les viera clara la jeta de rancios bolchevistas, de “caspa” frente a “casta” y esas maneras populistas que defraudan a los ilusos en cuanto abren la boca y tienen que gestionar ni esto.

Porque estos estudiosos de la política, teóricos del perroflautismo, parece que en su sesudo investigar en la historia del pensamiento no llegaron más allá de Marx, (Carlos, no Groucho, que otro gallo nos cantara). Y así, no parece que llegaran al inspirador “Contrato social” que Jean Jacques Rousseau definiera en 1762.

Como sabemos todos los que hemos estudiado, aunque sólo fuera hasta COU, la obra del filósofo francés trata principalmente sobre la libertad e igualdad de los hombres bajo un Estado instituido por medio de un contrato social, mediante el cual, en aras de su igualdad y protección, el individuo decide vivir en sociedad, por lo que necesita del Estado de Derecho que asegure las libertades para poder convivir.

Pues bien, para garantizar libertad, igualdad y convivencia es precisamente para lo que el Estado dota a algunos de sus miembros, de manera organizada y bajo su vigilancia, de la fuerza que permitirá evitar que unos individuos dominen, conculquen los derechos y sometan a otros.

Y eso la izquierda radical, los populismos, la mal llamada progresía, que no lo es porque su discurso nos retrotrae a las cavernas, no lo puede soportar, salvo que esas fuerzas estén dominadas por ellos y a su servicio exclusivo.

Por eso se entienden las actitudes de Ada Colau en Barcelona, que llama a no sé qué proporcionalidad en el uso de esa fuerza destinada —no lo olvidemos— a garantizar libertades e igualdad, frente a quienes utilizan tácticas de guerrilla, apedrean agentes y usurpan locales.

Por eso Doña Rojelia —ya saben, la Carmena— habla ahora de crear no sé qué órgano de control para las acciones de la policía municipal de Madrid, a la que ya desarmó para que no molestaran mucho a sus amigos antisistema en sus festivas algaradas.

Lo que pasa es que el español normal, estadísticamente entendido, no se pasea con mochilas llenas de piedras, ni intenta quemar coches con policías dentro, ni se cuela a montar su chiringuito en locales y viviendas ajenas. La desigualdad, hoy, la provocan quienes se arrogan mayores derechos, más libertad y, claro, toda la razón, frente a la mayoría de sus vecinos; y lo hacen además con la protección de quienes deberían hacer velar a su fuerza, a esa fuerza protectora, no sólo por sus conmilitones sino por todos los que participamos en este contrato que es la sociedad.

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