Condones en precampaña

Serralaitz
Serralaitz, el seudónimo usado por el autor en atención a su lugar de nacimiento, es un localismo que corresponde al nombre dado en la zona a una sierra riojana: la Sierra de la Hez, un conjunto de montañas en el corazón de La Rioja, entre las comarcas de Rioja Baja y Alto Cidacos-Alhama y Cameros y a una altura superior a los mil metros. Desde esa altura, cuando no hay niebla, las cosas se aprecian de una forma muy especial.

Era un tibio atardecer del Día Mundial contra el Sida, y para calentar motores, los agitadores de la campaña electoral de un partido de cuyo nombre no me acuerdo se echaron a la calle con una octavilla conmemorativa de los destrozos del sida y camuflado dentro de ella un condón.

El obsequio, tal vez por lo inusual, tal vez por las simpatías con que cuenta entre la población de todas las edades y de ambos sexos, tal vez por el «morbo» y tufo de «pecado» que conlleva, fue muy bien recibido por la mayoría de los viandantes de aquel pueblo del norte de cuyo nombre tampoco quiero acordarme.

Porque, al parecer, el reparto se llevó a cabo en toda la geografía española, en la cual de momento incluimos a las naciones o nacionalidades históricas. La bandada de agitadores en precampaña sobrevoló una plaza con su parque infantil lleno de niños autóctonos, magrebíes y subsaharianos, y escoltado por mamás de todos los colores, atavíos, velos y peinados importados de otros continentes. Los niños hijos de emigrantes entraban a sus clases de apoyo organizadas por el ayuntamiento para acelerar su integración lingüística en el euskera y el castellano. Otros jugaban en una sala acristalada vigilados por los padres y madres desde el exterior.

Era la alegría de vivir, la vida y la España y las naciones de España del futuro, más morenas que las anteriores, más variopintas, más pluriculturales, plurireligiosas, más dialogantes, fruto de un mundo globalizado y de un esfuerzo por integrar a todos en el mundo y la cultura en que les va a tocar vivir, en esta España y estas naciones del Estado español que se están haciendo día a día.

Eran los jóvenes agitadores en precampaña pregonando su apuesta por la vida, por la esperanza, por ganarle la batalla al sida, y al calentamiento global, y a la contaminación asfixiante en que estamos metidos un día sí y otro también…

Era la réplica a las escenas de terror y de muerte, de chalecos explosivos que se llevan por delante personas, casas, todo lo que encuentran al paso, en París, en Beirut, en Estambul. Con una sola arma, tal vez condenada por los predicadores de no pocas religiones, tal vez abominada por personas timoratas y estrechas de mentalidad, tal vez denunciada como invento del diablo para pervertir a la juventud y destruir el matrimonio y la familia: regalando condones al personal.

Y en el pueblo que llenaba las calles a la hora tibia de un tibio atardecer del Día Mundial contra el Sida, el personal no llevaba velas ni flores ni caras largas ni lágrimas, solo sonrisas, y la palabra gracias a flor de labios.

Es la vida que se rebela contra la adversidad, la vida que sobrevive al filo de la navaja de tantas yihad, CO2, calentamientos globales y contaminaciones que la asedian…

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