Catarsis nacional

Juan Laguna
Por
— P U B L I C I D A D —

Si hace unos días el presidente del gobierno se refería a la corrupción política y social en que ha vivido España como un fenómeno escaso en comparación con el número de habitantes, dos días más tarde una redada de la policía procedía a detener a otras cincuentena de personas relacionadas con esta lacra donde se mezclan de nuevo los intereses económicos, desde la política o desde el dinero y le llevaban a pedir perdón a los españoles.

Es sintomático que, mientras hablamos con escándalo de la corrupción en otros países (la paja en el ojo ajeno) soslayásemos nuestra propia viga que se agudizó con el cambio de régimen político, como si hubiese una corrupción “democrática” aceptable frente a la corrupción (mucho más escasa) del régimen anterior.

La llamada “picaresca” con que se suele identificar a España entre otros paises del Mediterráneo, parece nacer de la necesidad de sobrevivir cuando todo en el entorno resulta desfavorable. Goza incluso de una cierta simpatía social la figura del pícaro o del vividor capaz de salir adelante con la trampa o el engaño para conseguir el pan de cada día o arañar algo que pueda sobrar. El problema es que, como ejemplo, puede llegar a magnificarse y llevarse hasta las altas finanzas, los cargos públicos o las elites sociales y corporativas.

En España la Transición Política no sólo suponía unas libertades políticas basadas en un sistema democrático (todavía imperfecto), sino que, al socaire del mismo, llegaron una multitud de personas que confundieron lo público con sus intereses políticos o privados, desde la oportunidad que les brindaba eso de “mandar”. El viejo y ancestral caciquismo se vestía de ropajes democráticos para seguir perpetuando sus esencias bajo aspectos formales más presentables, pero con el mismo resultado: el poder y el dinero.

Mientras la legislación se cebaba inflexible sobre las actividades privadas, las públicas o corporativas han gozado de una laxitud total. Es más, se podían hacer normas favorables a determinados intereses (estoy recordando la fusión de dos bancos allá por el “felipismo” aclamada como de “interés nacional” con los beneficios fiscales correspondientes) o por el contrario, normas que apretaban las tuercas sobre una población supuestamente representada en el legislativo. El sarcasmo es evidente.

Hemos vivido el crecimiento imparable de las AA.PP. para dar cabida a los compromisos varios, el auge de nacionalismos pagados con impuestos de todos, el cambio de vida (a mejor siempre) de quienes optaron por estar en la pomada en lugar de ser unos honestos “pringaos” y, no sólo hemos mirado para otro lado, sino que nos han ejemplarizado demostrando que todo es ponerse a ello. Todo ha consistido en las “buenas relaciones” entre las diferentes caras del poliédrico sistema. Las organizaciones sociales que vivían -o viven- de subvenciones públicas son barnizadas como “sociedad civil” participativa y sirven de coartada para una forma de vida que hunde sus raíces en la picaresca a que aludíamos. Las personas “excelentes” -como proclamaba en su día la Sra. Aguirre- parece que le han salido “ranas” a lo largo de un gobierno de varios años, sin que ella se enterase a pesar de su actual dedicación a la caza de talentos. Las personas “honradas” que luchaban por los intereses de los trabajadores sin más interés que su defensa frente a los “patronos” malos, iban recogiendo dinero amañado con “eres” y cursos falsos. Por su parte los grandes empresarios y las corporaciones han asistido al espectáculo de la condena penal de algunos de sus más conocidos miembros, salvándose otros por los pelos. Hasta las ONGs más prestigiosas han sido sacudidas por el escándalo de la “picaresca”. Los partidos políticos que deberían ser el ejemplo más transparente de funcionamiento, no se sorprendían de las “donaciones” interesadas. Finalmente los gobiernos de todos tipo (nacionales, autonómicos o municipales) tampoco han sido capaces de darse cuenta de las muchas irregularidades administrativas o contables que planeaban sobre sus servicios de contratación y gasto público a pesar de los controles que (en teoría) deberían haberse ejercido por los órganos correspondientes.

Esta compra de voluntades y de corrupción -desgraciadamente- no viene de ahora, en que parecen aflorar los casos. Bastaría con una auditoría rigurosa de los expedientes administrativos de gran parte de los servicios públicos, para darse cuenta de cuanto han tenido de “servicios personales” extendidos como mancha de aceite para que nadie tuviera queja. Atrás quedaron otros muchos casos perdidos en la nebulosa de su instrucción y salvados por la campana de la prescripción algunos de los concernidos que pegaron su “pelotazo” particular.

Ha sido necesario un movimiento de indignación ciudadana, asqueado de todo lo que ocurría ante sus narices, materializado en su día en el 15M y demostrado en las últimas elecciones, para que el “sistema” intente rehacer la imagen y mantenerse en sus posiciones, pero ya nada será igual. La situación política y social ha estallado en forma globalizada y los ciudadanos se han hartado de sus administradores desleales. Sólo así es entendible el fenómeno “Podemos” que, salvo cortedad de miras, puede entenderse como la única forma de regeneración social y política. La única -por ahora- tabla a la que asirse para salvarse de muchos ciudadanos. Los resultados del último sondeo parecen colocarlo ya como segundo partido en España, con tendencia a ir creciendo. Bastarán unos cuantos escándalos más para que se convierta en una opción de gobierno legítima. De momento están siendo el revulsivo eficaz de una catarsis nacional exportable a otras latitudes.

Atrás quedan muchas responsabilidades políticas, administrativas -e incluso penales- que dilucidar por una Administración de Justicia, disgregada y politizada en muchos casos, que durante mucho tiempo no ha sido la garantía de los débiles frente a los poderosos sino la que, obligada por leyes injustas, ha sufrido también el rechazo de los ciudadanos en el sistema de “despotismo democrático” (que diría Tocqueville) en el que hemos vivido, donde las formas han sustituido al fondo y a la esencia de la realidad.

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