¿A quién beneficia la pandemia?

¿A quién beneficia la pandemia?
Por
— P U B L I C I D A D —

Es tal el éxito de mi bar favorito que su dueño ha decidido comprar un dron autónomo para reforzar el equipo formado por los androides ANDREA (ANDRoide Español Autónomo) y SAM (Spanish Automated Machine). Fabricado en Francia, PAAF (Projet d’Automate Aérien Français) ya revolotea acogiendo a los clientes, dándoles una mesa, cerciorándose de que todo el mundo está satisfecho y facilitando el trabajo de ANDREA y SAM que lo ven casi como si fuese su hijo: “Ten cuidado con los árboles”, le recomienda ANDREA. “No dejes que los perros se te acerquen demasiado”, le aconseja SAM. PAAF nos da la bienvenida a mi sobrino Evaristo y a mí y nos instala. “Aquí tienen su mesa habitual”, precisa amablemente el dron galo en español con un ligero acento francés. Ignoramos si ello es un toque de originalidad o un fallo de los ingenieros franceses que lo diseñaron…

—Hace unos días, me dice Evaristo, la socióloga y politóloga Belén Barreiro, experta en sondeos políticos, concluía, tras analizar un estudio de su instituto 40dB para EL PAÍS, que tras la COVID-19 hay una demanda de certidumbre.

 —Explícate mejor.

Tras dos años de pandemia mundial, de catástrofes naturales por todo el globo terráqueo y de crisis económicas con sus correspondientes incertidumbres, lo que desearía la mayoría de los ciudadanos es volver a la normalidad previa a la pandemia, no forzosamente a una “nueva realidad”.

—¿Algo más?

—Si. El deseo de certidumbre tendrá sus consecuencias, según Barreiro, en los comportamientos sociales, económicos y políticos.

—Muy conservador suena todo eso, le digo.

—A saber…

—Explícate…

—¿Cómo quieres que lo haga?

 —Partido a partido.

—Pues empecemos por Nadia y Yolanda, decide Evaristo.

“Cuanta familiaridad la suya, Don Evaristo, al referirse a estas dos Vicepresidentas del Gobierno”, interviene con sorna ANDREA al traer nuestras bebidas.

—Es verdad, señalo, siguiendo el hilo provocador de la ginoide. Aunque es cierto, prosigo, que es más fácil mencionar a estas dos importantes mujeres por sus nombres de pila. Con ciertas personas, esa familiaridad refleja más bien una admiración intimista como cuando a Felipe Gonzalez se le identifica solo por su nombre de pila.

—Gracias por acudir al rescate de tu sobrino, me dice sarcásticamente Evaristo.

—Entonces…

—En las elecciones de 2008, Solbes le ganó en buena medida los comicios a Zapatero en su debate contra Pizarro que era el hombre elegido por Rajoy para llevar la economía si el gallego hubiera alcanzado la Moncloa. Solbes ganó su debate claramente mientras que el de Zapatero y Rajoy fue más igualado.

—¿Quién prevalecería, pues, entre Nadia y Yolanda?, pregunto.

Creo que Nadia.

—¿Y eso?

—Calviño representa una ortodoxia económica tranquilizadora para más gente que las ambiciones sociales de Díaz, aunque estas son objetivos tentadores.

—Sin embargo, señalo, los sueños son siempre muy atractivos…   “I have a dream…”, decía Martin Luther King.

—Me has pedido mi opinión y te la he dado, refunfuña Evaristo: el realismo de Nadia atraerá a más electores que las promesas sociales de Yolanda. Para repartir hay antes que acumular.

 —Vieja cuestión, le comento, si bien, con referencia a la reciente disputa intragubernamental sobre la “derogación” de la Reforma Laboral de Rajoy, buena parte de los comentaristas políticos consideran que Yolanda se llevó los titulares y Nadia la letra pequeña, que sería lo importante, pues, de lo que se trataría es de establecer una normativa laboral al día. La propia Yolanda ha admitido, luego, que “técnicamente” no se puede derogar esa reforma. Como dice su compañero de partido y gobierno, Garzón, hablar de derogación solo tiene sentido políticamente.

“¡Sorprendente!”, exclama atónita ANDREA mientras pasa corriendo al lado nuestro.

—¿Y entre Sánchez y Casado?, pregunto a Evaristo.

 —Dos tenistas. Uno zurdo y el otro diestro. Uno con experiencia de gobierno y el otro virgen. Un combate desigual.

—Con ventaja, pues, para Sánchez, aventuro.

 —No creas. Los partidos de tenis entre zurdos y diestros pueden ser sorprendentes. A veces caen gobiernos que piensan que lo han hecho bien. Por ejemplo, Churchill, vencedor de la Segunda Guerra Mundial perdió las primeras elecciones generales tras la victoria aliada.

—Un ejemplo que no tiene por qué ser relevante ahora, señalo, pero entiendo lo que apuntas: los electores no siempre son agradecidos. Algunos sondeos parecen ir, por ahora, en esa dirección…

—A veces, gusta cambiar por cambiar, se defiende Evaristo.

“Se están ustedes enzarzando”, interviene SAM, con una bandeja hasta los topes para otra mesa. “Yo lo zanjaría con un posible empate entre Sanchez y Casado”.

—Te traiciona tu subconsciente, le digo al Androide.

—¡Como va a tener subconsciente un robot! exclama Evaristo indignado.

—¿No hay más partidos?, pregunto para cambiar de tercio.

—Bueno, Sánchez contra Diaz y Casado contra Abascal.

—¿Igualados?“

–    Más bien imbuidos de aversión fraternal”, responde por su cuenta SAM, mientras nos repone las bebidas y deja unos montados de jamón con tomate: “lo que no contabilicen los partidos mayoritarios se lo llevarán sus versiones radicales”.

—¿Igualados?, insisto.

“Si hablamos, como Barreiro, de certidumbres”, responde esta vez ANDREA que, de nuevo, pasa junto a nosotros, “debieran tranquilizar a más electores los originales tradicionales que las copias extremistas”.

—¿Y en el partido de dobles, izquierda contra derecha?, vuelvo a inquirir.

Preguntas demasiado, responde, malhumoradamente, Evaristo.

—Es que estás metiendo muchas trolas, le acuso para pincharle.

—Quizás, señala Evaristo, pero, la reflexión de Barreiro está bien razonada: la búsqueda de certidumbres puede ser determinante en el electorado de cara a unas próximas elecciones.

—Sin duda, sin duda, pero como interpretarlo puede ser un misterio incluso el día de los comicios, respondo para contrarrestar su juvenil prepotencia.

PAAF revolotea mientras nos vamos, deseándonos toda clase de parabienes y un pronto retorno. Evaristo se ríe antes de separarnos y exclama: “¡Un mayordomo volador!”.

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