Tiempos convulsos

Mientras el mundo mira con incredulidad el ataque de Rusia a Ucrania, no debemos olvidar que en el Sahel, nuestro patio trasero, Putin también empieza a jugar una partida ahí.

Tiempos convulsos
Por
— P U B L I C I D A D —

Escribo estas líneas con una profunda preocupación, en el momento en que todos los ojos del mundo se giran hacia Ucrania y Rusia y nos embarga un miedo justificado al ver extenderse una nueva guerra en suelo europeo. Mientras la ofensiva rusa se despliega en términos muchísimo más contundentes de los que prácticamente nadie pensaba hace pocos días, el ambiente nos devuelve a los tiempos en que el mundo era bipolar y frío. Me entristece mucho ver cómo, cuando parece que empezamos a percibir la luz al final del túnel de la pandemia, regresa la incertidumbre a nuestras vidas, esta vez de la mano de una guerra que nunca debía haberse producido.  

Las consecuencias de este conflicto —además de las evidentes muertes, trauma y pérdidas materiales en Ucrania— están aún por verse, pero a nuestros ojos está más claro que nunca que Rusia ha dejado de ser un vecino incómodo para convertirse en una amenaza real a nuestra seguridad y bienestar. Este golpe tan grande al tablero geopolítico mundial que acaba de dar el presidente ruso Vladimir Putin acarrea consecuencias en gran cantidad de sectores importantes para nuestra vida diaria: lo vemos en el incremento del precio de los combustibles con la repercusión negativa en la alimentación y en el consumo en general.  

En estos días, divido la atención entre lo que pasa en la frontera oriental europea y mi interés permanente en África y confieso que —sin desconectar de la realidad que nos aterra en Ucrania— me apena ver que la atención hacia nuestros vecinos africanos, que revivía hace nada en la cumbre entre UE y UA que acaba de celebrarse, pasa, una vez más, a un último plano. Y me duele especialmente porque esa Rusia que vemos tan amenazadora en el este de nuestro continente se está implantando, de una forma más sutil, en África occidental y por extensión, el resto del continente africano, y eso significa que debemos preocuparnos por el Sahel y África igual que nos preocupamos por Ucrania.  

El Sahel es la banda de territorio que separa el Sáhara de las sabanas del sur del continente africano y va desde la costa atlántica de África, en nuestros vecinos Mauritania y Senegal, hasta el Mar Rojo, incluyendo entre sus fronteras a países como Mali, Nigeria y Sudán. Está a un tiro de piedra de España y específicamente, de Canarias, un territorio geográficamente africano, igual que Ceuta y Melilla, clavadas en la costa mediterránea de ese continente. Cuando las cosas le van mal al Sahel, nos van mal a nosotros. De entrada, porque muere y se desplaza mucha gente, las armas circulan generosamente, los tráficos ilegales se multiplican, los pueblos vecinos sufren y, en última instancia, porque llegan hasta nosotros barcas cargadas con personas que, como los ucranianos hoy, buscan una salida y mueren, en muchas ocasiones, en el océano.    

Por todos esos motivos y porque Rusia también está penetrando en el área, a través de una empresa militar de mercenarios, Wagner, que está ocupando el espacio que deja libre la Unión Europea, creo que este momento es vital para no perder el paso en el Sahel. Es imperativo seguir de cerca lo que sucede en la región, conocerla mejor y aportar nuestro conocimiento, nuestra empatía y nuestros recursos para que la zona pueda estabilizarse y prosperar.  

En este sentido y como primera medida, considero que es muy necesario hacer autocrítica y preguntarnos los motivos por los que un país como Mali y su junta militar han pedido la salida inmediata de su territorio de las tropas europeas, parte de las operaciones Barkhane y Takuba, que llevaban años ayudándoles a luchar contra el yihadismo. Iría aún más allá: es obligatorio comprender por qué crece el sentimiento en gran parte de la población de África occidental de que la Unión Europea es parte de los problemas que la aquejan y no de la solución y por qué prefieren asociarse a un poder turbio, como Rusia, para solventar las dificultades de seguridad en el área.  

Un reciente informe del prestigioso Institute of Security Studies sudafricano (ISS) explicaba recientemente que las principales deficiencias en el enfoque comunitario en el Sahel se localizan en la falta de inversión en esfuerzos preventivos, especialmente en cuestiones socioeconómicas, de cohesión social y en los frentes político, de justicia y de gobernanza. En la misma línea: otro problema es que la atención se ha centrado en el aspecto militar de la derrota de los grupos terroristas mediante la «neutralización» de sus líderes, sin un plan para abordar las preocupaciones de las poblaciones locales, que los grupos utilizan para el reclutamiento. Forjar alianzas con grupos armados no estatales, estigmatizar a determinadas comunidades y no dar prioridad a la protección de los civiles son errores costosos que no deberían repetirse en el futuro, según este documento del ISS. En definitiva, resumo, es fundamental escuchar a la población local y contar con sus propias soluciones y capacidades, diversificar la cooperación desde lo militar a otros aspectos que se centren en el bienestar de las comunidades y contribuir a la paz y la prosperidad desde diferentes ámbitos, poniendo a las gentes del Sahel siempre en el centro. 

Ampliaría este análisis con palabras del acreditado periodista José Naranjo, experto en la zona que retrata la situación, sobre el terreno y con ecuanimidad y datos. Los yihadistas del Sahel —dice él— han sabido aprovechar las debilidades de los Estados sahelianos, su incapacidad para atender las necesidades y demandas de su población, sobre todo en las zonas rurales alejadas de la capital, los problemas de gobernanza y legitimidad de los propios gobiernos, en definitiva, la crisis sistémica de un modelo de democracia. Naranjo explica que la UE se queda corta a la hora de convertir el Sahel en un área segura para sus habitantes, igual que tampoco llega con la cooperación al desarrollo y que la solidaridad en tiempos de pandemia ha dejado mucho que desear. Señala que China y Rusia están ampliando su influencia en un territorio que, a pesar de las declaraciones y las inversiones, a veces no parece prioritario para la Unión Europea si nos atenemos a los hechos.  

Si la estrategia china se queda en infraestructuras y préstamos, útiles y necesarios, pero limitados, y la rusa se restringe al ámbito de la cooperación militar y de seguridad, parece obvio que —de nuevo— las necesidades y aspiraciones de la población del Sahel quedan desatendidas, los problemas no se solucionan y de hecho, existe la posibilidad evidente de que la inestabilidad política, la violencia y los desplazamientos se incrementen.  

Lejos de flagelarnos por cómo se complica el escenario en el Sahel y de que lo que sucede en Ucrania nos absorba de tal manera que dejemos el resto de la vida en suspenso, creo que es conveniente reflexionar, dialogar con nuestras contrapartes sahelianas (especialmente, con las sociedades civiles), buscar soluciones en común y poner más ahínco que nunca en atender nuestro vecindario inmediato: África.  

En Casa África estamos preparando un encuentro relativo al Sahel con expertos y autoridades de la Unión Europea y de países africanos en este inminente mes de marzo. Es una muestra palpable del interés del gobierno de España y de nuestra acción exterior en influir de manera positiva y constructiva en nuestro entorno. Seguiremos pensando en Ucrania y trabajando en la resolución de esta crisis, pero también seguiremos trabajando, al mismo tiempo, en prevenir crisis y solucionar problemas comunes en otras partes del mundo, como África en general y el Sahel en particular.   

Hoy, más que nunca, creo necesario reafirmar nuestro compromiso con el mundo en el que nos ha tocado vivir, construir en vez de destruir y pensar alternativas que nos unan frente a los desafíos de nuestro tiempo. Bastante tenemos ya con pandemias, cambio climático y otros factores externos para no aprender a trabajar juntos, por fin, y dejar de crear más amenazas y extender el dolor, la pobreza y el sufrimiento. 

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